Ya no hay mariposas, ni quedan ilusiones, ni flotan en el aire dudas sin respuesta.
Ya no hay nada de aquellos planes de futuros construídos en pasado.
Y no puedo hacer nada más que sonreír tristemente y fingir que no duele saber que se ha acabado.
Creí... Dios, no sé qué creí, ni por qué empecé a creer, ni por qué no me vienen a la cabeza más verbos que "creer" cuando lo que hice fue "ser imbécil".
Odio tener que admitir que construir una vida a base de mentiras no es posible, y odio no saber fingir que no sé que estaba equivocado, y odio sentir odio porque implica que tampoco pude eliminar de mi corazón los sentimientos.
Y tengo la horrible sensación de que los pulmones no se me llenan de aire, sino de plomo, y siento que en vez de agua lo que baja por mi garganta es aceite hirviendo.
Tengo ganas de correr, de huir, y de sentir por una vez en la vida que soy libre y que puedo librarme de la presión que trata de aplastarme contra el suelo.
Tengo ganas de quitarme de la cara, y de dejar de ser de hielo.
Pero, una vez congelados, los tejidos no se reconstruyen con tanta facilidad.
Y si ya me cuesta afrontar este dolor constante, aún con morfina en mis venas en lugar de sangre, no sé cuánto tiempo me llevaría recuperarme del deshielo.
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