martes, 30 de agosto de 2016

S

Soy tonto.
Lo reconozco, pero no lo acepto.
Soy tonto porque soy incapaz de decirte a mi corazón que se calle cuando me dices "hola".
Soy tonto porque soy incapaz de decirte que me gustas.
Soy tonto por no saber vivir sin recibir al menos una mirada tuya.
Soy tonto por no saber ser feliz sin tus palabras indiscretas.
Soy tonto, tonto, tonto de remate.
Pero tú también lo eres.
O al menos de eso intento convencerme.
Porque para mí es tan evidente que te quiero que me parece antinatural que no te des cuenta.
¿O es que no quieres darte cuenta?
Quizás prefieres seguir pensando que yo estoy bien sin ti.
O quizás simplemente prefieres callarte para no confirmar nada.
O quizás...
Hay tantos "quizas" que no podría contarlos.
Pero, ¿qué quieres que te diga?
Por hoy, por lo menos por hoy, seguiré guardando este secreto a gritos.
El único secreto que no me veo capaz de confesarte.

Y jugar con mi vida...

Hasta cansarme del juego...

domingo, 28 de agosto de 2016

Recostado en su sillón de terciopelo, copa de vino en mano, observaba a través de la ventana. A lo lejos, la montaña cubierta de verde y blanco; más cerca, el lago teñido de plata por el reflejo de la Luna.

¿Cuánto llevaba sentado en aquel sillón? ¿Horas? ¿Días? ¿Semanas?
No le importaba.
La copa derramaba lentamente su contenido sobre la moqueta roja.
Tampoco le importaba.
La había visto salir de la mansión con lágrimas en los ojos desde aquel mismo sillón, y no dudaba de que la esperaría, aunque sabía que ella nunca volvería.
No tenía nada mejor que hacer.
En la oscuridad insondable únicamente se oía el silencio, jamás roto desde que ella se fuera.

¿Cuánto llevaba sentado en aquel sillón? ¿Meses? ¿Años? ¿Milenios?
No le importaba.
La copa derramaba lentamente un líquido negro y espeso.
Su sangre.
Tampoco le importaba...

Silence

Silencio de nuevo, pero ya está acostumbrado.
Ese silencio es su única compañía desde hace tiempo, y se deja acariciar por las notas invisibles de su melodía inaudible, sintiéndose seguro.
Las palabras, como bien ha comprobado, hacen daño, y por eso prefiere la fría hipotermia del silencio que la ardiente pira del ruido. Porque son bellas y afiladas, calmantes e hirientes, dulces a la par que agrias; pero al final, en su memoria solo quedan los recuerdos de aquellas que consiguieron atravesarle el corazón con su ofensiva dureza. Y resulta que tiene el corazón plagado de cicatrices.
Mentiría si dijese que está orgulloso de ellas. Preferiría tener un corazón en perfectas condiciones, ajeno al paso del tiempo, inalterable. Querría uno de metal, pero no de oro o plata, demasiado maleables; querría uno de titanio, o de acero inoxidable, algo que el mundo no pudiese destrozar con su giro incesante.
Y vuelve a suspirar, dejándose engañar un instante por la paz de su aislada existencia, lejos de su cuerpo doliente y medio muerto. Se permite dejar de sentir ese pedazo de huesos y carne como suyos, y se aleja flotando de él, más libre de lo que nadie podría sentirse jamás.
Pero la libertad dura poco, menos que la de nadie, y poco a poco recupera el dolor, y las cicatrices, y ese estúpido cuerpo imperfecto esculpido por el azar.
Vuelve a abrir los ojos para ver el mundo real a pie de tierra. Preparado para sentir en la lejanía al resto del mundo, silencioso a la distancia adecuada, frío, acerado. Un lugar que no está hecho para corazones de blando tejido muscular.
Volverá a irse, y volverá a volver, y el dolor permanecerá a su lado cuando su libertad expire de nuevo.
Pero, poco a poco, su cuerpo estará cada vez más distante de su propia consciencia, hasta que un día se rompa el reloj que cronometra sus instantes de paz.
Y el médico dará una fecha de defunción que dista varios años de ser correcta.

Máscaras y Mentiras

Tengo secretos.
Qué tontería, ¿no? Todo el mundo tiene secretos, pequeñas cosas que preferimos que no se sepan: sentimientos rotos, noches borrosas en camas ajenas, pecados recubiertos de placer...
Pero no es eso a lo que me refiero.
Esos secretos te pueden quitar el sueño, pero los míos te quitan la vida.
Te asfixian. Te incendian. Te devoran.
Quizás sería más acertado decir que ellos son los que me tienen a mí, y no al revés.
Y supongo que tiene su gracia, que ni siquiera pueda recordar en qué momento empezaron a ser más fuertes que yo. ¿Cuándo se complicó tanto esta farsa? Hay tantas mentiras que mantener en pie, y es tan grande el personaje del que me he disfrazado...
Siento que ya no soy yo mismo; que, incluso a solas, sigo siendo esa persona, ese actor que mira sin mirar desde el otro lado del espejo, que se deja la piel por ser lo que los demás quieren que sea. Y es curioso, porque ni siquiera así deja de sentirse solo, y triste, y abandonado. Traicionado, pero esta vez por sí mismo. Por mí.
A veces no soy capaz de sostenerle la mirada.
A veces, duele demasiado.
Quiero dejar de sentirme así. Quiero salir de este enorme bosque lleno de sombras en el que me he metido, en el que estoy perdido desde hace tanto tiempo. Pero no puedo, no sé hacerlo solo.
¿Y confiar? Confiar no es una opción. Entre las penumbras de este infierno de madera es imposible distinguir a los lobos de los hombres. Hay demasiadas fieras disfrazadas de personas.
Solo quería un final feliz, ¿sabes? Cuando empecé con todo esto, digo.
Las mentiras eran una forma de mantener mi mundo en pie hasta alcanzarlo, un escudo contra la aplastante realidad. Solo eran una herramienta, hasta que se empeñaron en ser en algo más.
Ahora... Ahora lo son todo. Los secretos se multiplican, y la única de mantenerlos ocultos y que no me destruyan es seguir mintiendo.
Seguir enredándome en esta telaraña.
Últimamente he empezado a desear que algo pase, que alguien me descubra. Bastaría un error, una mentira mal colocada, y todo este laberinto se caería sobre sí mismo. Puede que así me liberase por fin; puede que así me destruyese de una vez. En el fondo creo que ya me da igual.
Pero soy demasiado buen mentiroso; si no, ¿cómo habría llegado hasta aquí? Mis gestos, mi voz, mis palabras... Están medidas al milímetro, cortadas con la precisión de quien sabe bien cómo improvisar un parche para arreglar una realidad desagradable.
Debo aceptar que nadie va a liberarme, que pasaré el resto de mi existencia encerrado en la prisión en la que se ha convertido mi cuerpo, que nunca encontraré la salida de esta arboleda desordenada. Que nadie sabrá jamás cuántas noches me he enfrentado desnudo y desarmado a la soledad, y al frío, y al miedo.
Porque, a ti no tengo que mentirte, siento un miedo atroz que se me atraganta, y ni siquiera puedo compartirlo porque el personaje que interpreto nunca siente pánico.
Irónico, teniendo en cuenta que todo esto es consecuencia de haber sido un cobarde.
Me estoy hundiendo. Me hundo día a día, segundo a segundo, y me temo que no tengo remedio.

miércoles, 24 de agosto de 2016

Consejos

Alguien me dijo que no me hiciera ilusiones.
No me acuerdo de quién, pero debo decirle "hij@ de puta".
Porque precisamente por no hacerme ilusiones es por lo que nunca fui capaz de abrirme del todo a ti. Porque, por su culpa, cada vez que me emocionaba "demasiado" por estar contigo me acordaba de sus palabras y me encargaba de demolerlas por completo.
¿Y quién le dio permiso para meterse en mi vida? ¿Y si yo prefería hacerme ilusiones y que me las rompieran?
Cualquier dolor que me hubiese tragado sería mucho más soportable que quedarme con estas dudas dentro.
Porque las heridas cicatrizan y se olvidan, pero estas dudas se enquistan y nunca se borran.

miércoles, 17 de agosto de 2016

Suicidio a largo plazo

La tristeza se asienta en cada una de las células de su cuerpo, y no parece tener ganas de irse.
Corre por las calles, buscando algún lugar donde esconderse del dolor sin darse cuenta de que este viaja con él, escondido en su sombra.
No puede evitar pensar que no hace nada bien, que nada le sale a derechas... Y sus pies cogen un giro inesperado en un cruce cualquiera, tratando de huir de esos pensamientos que le rompen el alma.
Mete las manos en los bolsillos y se moja las manos de lágrimas. ¿Cuándo las guardó ahí?
Y, de pronto, se ve de nuevo en el lugar donde comenzó todo, en lo alto del oscuro y afilado precipicio.
Vuelve a dudar, como tantas veces ha hecho. ¿Tirarse y terminar con todo o seguir huyendo de su pasado?
Finalmente, y como hace siempre, se sienta con las piernas colgando y saca un cigarro de la chaqueta, encendiéndolo con el calor de sus emociones incendiarias. Mira la ciudad con desprecio y suelta el humo, tratando de esconder sus luces brillantes bajo la capa de ceniza y dióxido de carbono.
El dolor y la tristeza se asoman detrás de él, pero no terminan de acercarse. Le observan con lástima, preguntándose la razón de su propia existencia, y ni siquiera la misma soledad se atreve a estar a su lado.
Poco a poco, al ritmo que su cigarro se consume y el humo se pierde en el aire de la noche, se deja sorprender por un momento de dulce somnolencia, lejos del mundo, de su pasado, lejos de sí mismo.
Y, por solo un instante, se permite sonreír sin sentir el cadáver del amor presionando sus dientes.

Alone

Cuando tienes miedo, miedo de verdad, lo único que realmente quieres es que alguien te abrace. Que alguien te diga que no estás solo, y que esa oscuridad acabará yéndose.
Pero, desgraciadamente, no siempre puede ser así. A veces el dolor te consume en soledad, te quema lentamente y te destroza.
Y curiosamente, lloras solo cuando tienes a alguien que te abrace. Estando solo no lloras.
No, no lloras, porque si empiezas no puedes parar.
No es que la soledad te haga fuerte, solo te hace duro; te enseña a tragarte cualquier emoción, a soportar lo que te caiga encima. No te enseña a vivir, sino a sobrevivir.
Por eso... Por eso, no dejes que los demás se alejen sin intentar evitarlo. Porque una vez el proceso ha finalizado, una vez estás solo de verdad, es imposible recuperar ese calor en el estómago que sentías con solo un abrazo. Solo sientes un vacío enorme, un vacío antinatural que te define como un monstruo y del que escapa un viento gélido y cruel.
Y no importa con qué intentes llenarlo: conocimientos, mentiras, retazos de vidas que no te pertenecen... Es un vacío demasiado grande, tanto que acabas viviendo a su sombra, convertido en un espectro de lo que fuiste en su momento.
-¿Qué haces?
-Pensar-responde, dándole una calada a su cigarrillo.
-¿Y sobre qué piensas?
-Sobre nada en concreto. Sobre todo, supongo.
-Odio que vayas de filósofo moderno cuando tu vida es maravillosa, pero dame un cigarro y sigue hablando, que me gusta tu voz.
-Toma-contesta, pasándole la pitillera plateada y el encendedor-. Me preguntaba por qué, siendo tan diferentes tú y yo, me gusta tanto estar contigo.
-Porque soy encantadora, evidentemente-responde al tiempo que enciende su cigarro-. No, hablando en serio, es algo que yo tampoco me explico. ¿Has llegado a alguna conclusión?
-No, igual que siempre. En cuanto empiezo a pensar en ti se me va el santo al cielo y pierdo el hilo de mis pensamientos.
-Podrías haberte ahorrado todo este rollo y haberme dicho que me quieres. Pero así también me gusta cómo suena...
'-¿Acaso tú no tienes miedo?
-Joder, ¡pues claro! Pero te quiero demasiado como para dejar que eso me detenga'

lunes, 15 de agosto de 2016

Un millón de nadas

Hoy no soy yo.
No, no soy yo, porque hoy no soy nada ni nadie.
Hoy soy una sombra, una tormenta de tinta negra, el primer rayo de sol de un amanecer violeta. Soy un secreto susurrado a media voz, una mentira andante, soy el grito agónico de las hojas marrones arrastradas por el dios que vive en el viento. Soy una idea, un sueño, el reflejo de una vela moribunda en un espejo empañado. Soy el frío que trepa por tus piernas y te muerde la piel, y el viento que se enreda en tu pelo, y el esbozo de una ilusión. Soy las tres primeras notas de una canción de amor.
Curioso, ¿verdad? Que siendo nada, sea tantas cosas.
Parece incongruente, una incoherencia sin sentido de una mente delirante. Pero no lo es. La nada no es menos nada por no ser absoluta, y si hoy no soy nada es porque soy un millón de vacíos pequeñitos, ausencias en miniatura, que se juntan englobadas en una nada mayor y más profunda. Soy, pues, el silencio de las palabras no dichas, la silueta de una caricia nunca dada y el crujido lastimero de una casa abandonada que sabe que se muere, el último escalón que desaparece cuando lo posas, y también la vida que no llega a empezar. Soy todas las cosas que pudieron ser, pero no fueron. Lo innecesario, lo superfluo, lo prescindible.
No me gusta no ser nada. No, no me gusta, porque no ser nada es estar lleno de vacíos sin fondo, y los vacíos saben a lágrimas amargas, a soledad y a miedo, y a caricias apagadas, y a las miradas frías de unos ojos muertos, y al tic-tac de un reloj cansado. No ser nada es la cosa más agotadora y triste del mundo, porque nadie piensa en lo que no es salvo los poetas y los locos, que son gente triste. Y los poetas locos, que lo son más.
No, no me gusta no ser nada. No me gusta ser el espectro de esas palabras que no me atreví a decirte, ni esa lucha feroz de tus labios contra los míos que nunca llegó a suceder, ni los cadáveres de mil cartas de amor que jamás decidí escribir. No me gusta ser el nosotros que nunca fuimos. Y no me gusta porque duele, y duele mucho, como un millón de suspiros estallándome en el corazón.
Quiero volver a ser algo, aunque ese algo sea yo.
Pero hoy no me será concedido mi deseo.
Hoy seguiré siendo el resplandor de las estrellas que nunca lograron nacer, el amor que asfixié bajo la almohada y el monstruo que no vivía debajo de mi cama. Seguiré siendo un millón de vacíos pequeñitos absorbidos por un vacío mayor que es mi alma. Y lo seguiré siendo mucho tiempo, atrapado en este momento efímero con aspiraciones a ser eterno en cuya infinitud no deja de rebotar una pregunta apenas susurrada que me rompe los oídos y me quema el alma: ¿quién soy yo?

viernes, 12 de agosto de 2016

Storm

Necesito una tormenta.
Necesito que llueva, que llueva durante horas, y que el agua se lleve toda la suciedad que llena esta ciudad rebosante de las cenizas de tres millones de espectros que fingen ser personas cuando no son más que la sombra de un concepto frío y gris.
Necesito que el aire sople fuerte, muy fuerte, y que me levante por encima de este mundo gris y consumido abocado a pudrirse y convertirse en nada; un viento que arrastre consigo la melancolía de mis sonrisas y miradas y me llene los pulmones de algo que no sea gélido polvo de muerte.
Necesito relámpagos que iluminen este lugar desolado y triste, que despedacen los jirones de sombra adheridos al hormigón que juegan a volverse infinitos y llenarlo todo de miedo y soledad, y truenos furiosos llenos de fuerza que hagan temblar hasta los cristales de todas las ventanas y desmigajen los restos del silencio que se esconden en cada esquina.
Necesito, ¡dios!, necesito un cambio. Un estallido de vida, una explosión tan poderosa, tan grande, tan fuerte, que el mundo pueda parecer aunque solo sea por un instante algo más que un pozo de negrura que desborda vacíos imaginarios.
Y, al mismo tiempo que lo necesito, lo temo.
Lo temo porque, después de tanto tiempo viviendo entre sombras, ¿no es posible que me haya contagiado? ¿No es posible que a estas alturas yo también sea un monstruo de papel en blanco? Si así fuera, con la llegada de la luz, del fuego, de la vida, el mundo me devoraría, me arrancaría la piel, la carne, los huesos... hasta que de mí no quedase nada más que el eco lejano de un recuerdo impreciso.
Pero no puedo seguir así, ya no aguanto más.
Da igual si al final yo también me desvanezco, porque cualquier cosa es mejor que esta ficción opresiva que me desgarra el alma y me aprieta el corazón con sus afiladas garras de acero y diamante. Cualquier cosa es mejor que este restallar constante de la quietud indiferente al estrellarse contra las agujas de un reloj moribundo. Cualquier cosa es mejor que observar este cielo apagado mientras el tiempo se consume al ritmo que marca el humo al escapar de mis entrañas.
Este mundo de mentiras susurradas a media voz tiene que acabar de una vez, y ya no me importa si yo acabo con él, porque este sangrado constante que me llena la boca de óxido carmesí y arrastra mi consciencia por los cenagales de la antesala a la muerte ya no duele, ya no quema, ya no me hace sentir nada.
Siento el frío corriendo por mis venas, congelándome los músculos mientras la niebla que empieza a cubrir mis ojos convierte mis lágrimas en pequeños cristales afilados. Siento cómo la nada me inunda y me consume a toda prisa, cómo cada respiración amenaza con ser la última y la vida se me escapa con cada suspiro.
Me muero, me muero sin remedio. Muero por haber sido demasiado distinto, desangrándome en un callejón oscuro mientras la ciudad sigue viva, y lo único que necesito, lo único que realmente necesito, es una maldita tormenta que lleva todo el día amenazando con caer sin terminar de cumplir sus promesas.
¡Dios!, cuánto necesito esa tormenta...
Cierro los ojos, escucho el tintineo de las gotas de carmín contra el asfalto y trago aire una última vez.
Esta sí es la última, lo sé. Intento contener el aire en mis pulmones todo el tiempo que puedo, ignorar el dolor que me produce al morderme el corazón, estirar este último instante mientras la muerte termina de llevárseme.
Y entonces siento las gotas de lluvia golpeándome con su caricia acuosa, limpiándome la cara, arrastrando mi sangre por el suelo de este callejón infecto. Desde detrás de la niebla puedo ver el resplandor cegador de un relámpago y, justo cuando suelto mi último suspiro, siento el trueno intentando romperme los tímpanos.
Sonrío.
Y nada más.

Demasiado

No soy feliz. Ni siquiera sé si lo he sido alguna vez.
Supongo que es por mi culpa, por haberme callado tantas cosas que quería decir y haber dicho otras tantas que preferiría haber callado.
¿Cuántos “te quiero” me habré guardado para protegerme el corazón? ¿Cuántas veces habré convertido un “quédate conmigo” en un “adiós” en el último momento? Hace mucho tiempo que perdí la cuenta, y me da demasiado miedo enfrentarme a mi maltrecho corazón para contar sus cicatrices.
Porque estoy roto, muy roto, aunque me guste fingir que no lo sé.
Estoy roto de tanto sonreír cuando solo quiero gritar, de fingir que todo va bien cuando el mundo intenta aplastarme con su fuerza arrolladora, roto de recalentar en la chimenea sentimientos caducados para no morir de hambre.
Ahora mismo soy poco más que un puzle andante, un millón de pedacitos muy pequeños que no terminan de encajar y luchan por separarse mientras yo intento mantenerlos unidos. Porque sé que si me caigo, si me desmorono, no podré recomponerme de nuevo; si la vida me pone otra piedra en el camino, esa será la última.
Y, sin embargo, a veces me sorprendo pensando si no será mejor dejarlo ya, si no debería rendirme. Llevo mucho tiempo peleando solo con el universo, he renunciado uno a uno a todos los aliados que me quedaban; ¿no me merezco descansar? Quizá debería ponerle un punto y final a esta historia interminable.
Dios, cuánto desearía saber cómo terminar con todo...
Pero tampoco puedo hacerlo, porque no sé aceptar la derrota. No sé admitir que me equivoqué, que he perdido, que, intentando protegerme de que me partieran el corazón, me lo he acabado partiendo yo. No sé reconocer que si te hubiese dicho que te quería cuando tuve la oportunidad todo habría sido diferente.
Y duele, por supuesto que duele.
La soledad es una pésima compañera, letal y afilada, y nunca desaprovecha la oportunidad de apuñalarme con su mudez imperturbable que me recuerda que si tú no estás para ahuyentarla es por mi culpa.
Pero ya es tarde para arreglarlo.
No puedo volver atrás y recuperar ese momento, ese instante en el que tú me miraste a los ojos y me obligaste a elegir si te quería o no, y yo, demasiado cobarde para arriesgarme, decidí mentir y dejarte marchar, trazando el surco de la primera de muchas cicatrices.
Así que sigo adelante, siempre con la misma sonrisa de imitación y la mirada supuestamente alegre, respondiendo a preguntas prefabricadas con palabras que, de tanto repetirlas, ya no significan nada para mí.
Y cada día que pasa, siento que el mundo está un poco más lejos.

x

Sometimes someone hurts you so bad, it stops hurting at all.
Until something makes you feel again, and then it all comes back...
every word, every hurt, every moment.
My past defines me, this is who i am.
I am unseen, unheard, unwanted, that is what i am.. if even I am anything.
Deeper and deeper i fell within myself, and nothing could show me out.
How could you ever understand where i come from. Even if you ask, even if you listen. You do not really hear, or see, or feel.
You don´t remember my story. You haven´t walked my path. You haven´t seen what I´ve seen.
Trapped in the misery of my life. Lost in the sorrow of my soul. Nothing was how it suppose to be.
And a heavy sadness filled my soul. And maybe you wonder why, but mostly you try not to think about it, and try to survive....
I wish someone would tell me it´s gonna be okay. That one day, maybe ... I´ll feel normal.
That i´ll have a parents, who will hug me, and be strong for me.
I know I´m helpless.
I can´t do it all by myslef.