Cuando tienes miedo, miedo de verdad, lo único que realmente quieres es que alguien te abrace. Que alguien te diga que no estás solo, y que esa oscuridad acabará yéndose.
Pero, desgraciadamente, no siempre puede ser así. A veces el dolor te consume en soledad, te quema lentamente y te destroza.
Y curiosamente, lloras solo cuando tienes a alguien que te abrace. Estando solo no lloras.
No, no lloras, porque si empiezas no puedes parar.
No es que la soledad te haga fuerte, solo te hace duro; te enseña a tragarte cualquier emoción, a soportar lo que te caiga encima. No te enseña a vivir, sino a sobrevivir.
Por eso... Por eso, no dejes que los demás se alejen sin intentar evitarlo. Porque una vez el proceso ha finalizado, una vez estás solo de verdad, es imposible recuperar ese calor en el estómago que sentías con solo un abrazo. Solo sientes un vacío enorme, un vacío antinatural que te define como un monstruo y del que escapa un viento gélido y cruel.
Y no importa con qué intentes llenarlo: conocimientos, mentiras, retazos de vidas que no te pertenecen... Es un vacío demasiado grande, tanto que acabas viviendo a su sombra, convertido en un espectro de lo que fuiste en su momento.
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