Silencio de nuevo, pero ya está acostumbrado.
Ese silencio es su única compañía desde hace tiempo, y se deja acariciar por las notas invisibles de su melodía inaudible, sintiéndose seguro.
Las palabras, como bien ha comprobado, hacen daño, y por eso prefiere la fría hipotermia del silencio que la ardiente pira del ruido. Porque son bellas y afiladas, calmantes e hirientes, dulces a la par que agrias; pero al final, en su memoria solo quedan los recuerdos de aquellas que consiguieron atravesarle el corazón con su ofensiva dureza. Y resulta que tiene el corazón plagado de cicatrices.
Mentiría si dijese que está orgulloso de ellas. Preferiría tener un corazón en perfectas condiciones, ajeno al paso del tiempo, inalterable. Querría uno de metal, pero no de oro o plata, demasiado maleables; querría uno de titanio, o de acero inoxidable, algo que el mundo no pudiese destrozar con su giro incesante.
Y vuelve a suspirar, dejándose engañar un instante por la paz de su aislada existencia, lejos de su cuerpo doliente y medio muerto. Se permite dejar de sentir ese pedazo de huesos y carne como suyos, y se aleja flotando de él, más libre de lo que nadie podría sentirse jamás.
Pero la libertad dura poco, menos que la de nadie, y poco a poco recupera el dolor, y las cicatrices, y ese estúpido cuerpo imperfecto esculpido por el azar.
Vuelve a abrir los ojos para ver el mundo real a pie de tierra. Preparado para sentir en la lejanía al resto del mundo, silencioso a la distancia adecuada, frío, acerado. Un lugar que no está hecho para corazones de blando tejido muscular.
Volverá a irse, y volverá a volver, y el dolor permanecerá a su lado cuando su libertad expire de nuevo.
Pero, poco a poco, su cuerpo estará cada vez más distante de su propia consciencia, hasta que un día se rompa el reloj que cronometra sus instantes de paz.
Y el médico dará una fecha de defunción que dista varios años de ser correcta.
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