lunes, 21 de agosto de 2017

¿Por qué el mundo no deja de moverse?
Empiezo a marearme. ¿Qué ha pasado con el aire? Necesito sentarme, relajarme y pensar diez segundos, pero el tiempo va demasiado rápido y las manecillas del reloj que cuelga en la pared amenazan con salir disparadas sin rumbo alguno.
¿Adónde voy? Mis pies se mueven solos. Un pensamiento estalla en mi cabeza. CORRE. Debo alejarme, pero no tengo adónde ir. En el asfalto, duro y frío bajos mis pies descalzos, las gotas de rocío reflejan la luz de las farolas.
El camino se termina, ya solo queda bosque. Oigo pisadas tras de mí, y la voz en mi cabeza sigue gritando. HUYE. No lo pienso. De un salto, entro en la maleza, dispuesto a seguir corriendo. Las ramas me cortan la cara, pero yo ya no lo siento. Ahora solamente tengo miedo. ¿Por qué? No lo sé.
De pronto, una luz. ¿Es el cielo? Nuevas voces salen de ella, y el tiempo se detiene. Ahí están ellos, pero ¿quiénes son? El mundo se para en seco, mientras mi corazón no para de latir, desbocado, retumbando en mis oídos. Siento un terror profundo, casi instintivo, que sale interminable de algún lugar de mi corazón.
Mi cabeza chilla VETE, pero mi cuerpo no responde. La luz me ciega, pero no puedo dejar de mirarla. Las sombras avanzan hacia mí.
Y de pronto, oscuridad. El eco distante de una melodía triste se ahoga lentamente en mi interior, mientras yo...

viernes, 11 de agosto de 2017

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Ayer volví al mismo bar donde te conocí.
No sé por qué, ni cómo mis pies aún recordaban el camino, y tampoco por qué al abrir la puerta y no verte dentro sentí como si me apuñalasen el estómago.
Había olvidado a qué sabe la melancolía, ¿sabes? Ese dulzor que solo dura un segundo, y luego ese sabor desagradable, amargo, denso, que no termina de irse aunque bebas hasta convertir el mundo en una masa de luces y sombras.
Me habría gustado llorar. Puede que lo hiciera, no estoy seguro. Llovía demasiado para distinguir una lágrima de una gota de agua corriente.
¿Por qué ayer? ¿Por qué no mañana? ¿Por qué no dentro de diez años? Quién sabe. La tristeza es un virus macabro y cruel, vuelve cuando quiere y se va cuando le place, pero nunca mata del todo. Reabre heridas, dibuja cicatrices y reduce a polvo cuanto encuentra a su paso para luego, saciada, irse a hibernar.
Aún no sé por qué te fuiste. No tuviste tiempo para explicármelo, o no quisiste tenerlo. La última vez que te vi fue a través del cristal de aquel tren mientras te alejabas de mí.
Recuerdo que me lo advertiste, ¿no es cierto? A ti siempre te gustaron las tragedias