Se fue.
Y no lo hizo de golpe, no, sino a poquitos. Dejó de mirarme, de
suplicarme con cada suspiro que la besase, de crear encuentros
"aleatorios" para poder devorarnos con una sonrisa. Dejé de chocar con
su mirada, de entender el lenguaje secreto de sus labios mudos, de
perderme por la ciudad para cruzarme con ella. Y a base de decepciones,
dejamos de ser el uno para el otro.
Se marchó ‒la dejé irse‒ tan poco a poco, y me di cuenta tan tarde de que (también) ella se marchaba...
Pero en el fondo eso da igual, ¿sabes? Me da igual.
Lo que me duele, lo que me cabrea, lo que me retuerce el corazón, es que no eras tú.
¡Estaba tan convencido de que por fin te había encontrado...! Creía que
era la correcta de todo corazón, y de todo corazón me equivoqué.
Dios, cómo me equivoqué.
Y tú sigues ahí fuera, quién sabe dónde, en algún lugar de esta enorme canica azul que cada día está más llena de personas. Personas que cada día están más vacías.
¿Acaso me buscas como yo te busco a ti? ¿O juegas al escondite como si
no me fuese la vida en esta caza del tesoro? ¿Me esperas tal vez en una
tumba porque llego demasiado tarde?
No hay respuesta. Nunca la hay.
Empiezo a preguntarme si algún día lograré alcanzarte, o si merecerá la
pena. Si no será mejor aprender a conformarme con este amor envasado que
la vida se empeña en lanzarme a la cara.
Sí, me estoy volviendo ‒me estás volviendo‒ escéptico, y empiezo a
sospechar que el final de los cuentos de hadas es una tontería, y que
para mí solo hay hambre y tristeza conjugada en singular al final de
esta historia sin argumento.
Y, sin embargo, cuanto más dudo, cuanto más intento aceptar que tú no
existes, más te busco sin querer, y a mi corazón acelerado se le saltan
los puntos y se le reabren cicatrices olvidadas, y no puedo evitar
pensar en lo mucho que he amado, y en lo poco que me han querido.
¡Qué vida más estúpida!
¡Y qué estúpido es el amor!
Basta con probarlo una vez, aunque esté caducado y te deje un regusto amargo en los labios, para saber que volverás a caer ‒que nunca volverás a levantarte‒. Que seguirás buscando el de verdad,
ese que se deja adivinar en los amaneceres de sábanas revueltas y
caricias inocentes y se pierde con una puñalada disfrazada de "siempre
podemos seguir siendo amigos".
Qué claras se ven las cosas entonces, ¿eh? Con qué convicción afirmamos
que jamás dejaremos de luchar, que no nos fallarán las fuerzas, que
encontraremos a alguien que no nos deje la lengua manchada de soledad y
tristeza y miedo.
Pero luego pasan los años, que pesan cada vez más, y llegan la
desilusión y las despedidas incompletas, y seguimos buscando solo para
convencernos de que tantas heridas no son fruto del más ridículo
masoquismo.
Al final ya no creemos en el amor porque queramos hacerlo, sino porque necesitamos creer en algo, aunque ese algo sea una fuerza maligna que se divierte envenenándonos desde dentro.
¡Y me cuesta tanto no desconfiar últimamente! ¡Resulta tan difícil escuchar el timbre de la puerta e imaginar que serás tú!
Se nos acaba el cuento, lo presiento, y la princesa sigue sin aparecer, a
mí se me ha desteñido el azul y ya no se me ocurre cómo hacer para que
mi corazón siga esperándote cuando en secreto cada vez tengo más claro
que no existes.
Pronto volveré a encontrarte ‒o a creer que te encuentro, ¿qué más da?‒, y no estoy seguro de si esta vez me molestaré en comprobar que realmente eres tú.
Así que, si vas a aparecer, hazlo pronto. Y si no...
...
Tú solo aparece.
Por favor.
Aparece.
miércoles, 24 de abril de 2013
Sobre la felicidad y otros sueños imposibles
Seguimos levantándonos.
Día a día, nos arrastramos fuera de
nuestras camas, nos disfrazamos de personas decentes y salimos al
mundo dispuestos a seguir luchando.
Sin preguntas, sin dudas, sin reflexión
de ningún tipo.
Luchar y sobrevivir,
eso es lo único que importa. Los dos principios básicos que rigen
nuestra existencia, grabados en lo más profundo de nuestro ser.
No somos más que animales.
Pero somos optimistas, ¿eh? Que
conste. Y aunque sepamos que solo somos tributos, vírgenes inocentes
condenadas a ser devoradas por esa bestia omnipresente que es la
muerte, nos empeñamos en buscarle el lado bueno a esta vida de
perros.
Así que, de vez en cuando, nuestro
abotargado cerebro nos inunda con una oleada de elementos químicos
que ingenuamente llamamos felicidad, y durante unas cuantas horas
podemos percibir, aunque difuminado, un pedazo de ese paraíso que
todas las religiones prometen.
Y, no sé, como que el cielo es menos
gris, ¿verdad?, y la miel sabe más dulce, y el frío en los ojos de
la gente no nos hiere tan profundo. Y puedes pasarte veinte minutos
seguidos sentado en un banco, contemplando cómo dos pájaros juegan,
cantan, se persiguen...
Esos días dejamos de ser engranajes
dentro de una máquina que ni alcanzamos a comprender y somos algo
más, aunque solo sea por unos instantes. Nos convertimos en
espectadores de esta obra de teatro sin presupuesto y descubrimos
que, vista desde fuera, la vida es más majestuosa de lo que parece
mientras giramos en la posición que nos corresponde.
Es verdad que esa alegría no dura
demasiado. Que de pronto parpadeas y los cerezos en flor vuelven a
parecerte una tontería, y los coches dejan de ser escarabajos
metálicos de fantasía, y el frío de esta ciudad te abraza y se te
clava hasta las entrañas.
Pero supongo que eso también es parte
de su encanto, ¿no? Y que tal vez la felicidad vale tanto porque
apenas tarda en irse de nuevo, y nunca avisa de cuándo va a volver.
Porque, si siempre fuésemos felices,
¿qué distinguiría un segundo del siguiente? ¿Qué llenaría de
magia un bol de cereales? ¿Qué haría que un beso, un atardecer,
una mañana de un verano cualquiera en el parque fuesen especiales?
No, la vida tiene más sentido así,
siendo infelices. Soñando con que la felicidad vuelva a llamar a
nuestra puerta en cualquier momento. Alimentándonos del recuerdo de
la última vez que lo hizo.
Vivimos con la esperanza de que, en
cualquier momento, el aire volverá a llenarse de canciones, y el sol
nos calentará la piel, y respirar no nos llenará los pulmones de
humo.
Y eso está bien.
Así tenemos una razón para, día a
día, arrastrarnos fuera de nuestras camas, disfrazarnos de personas
decentes y salir al mundo a seguir luchando.
Así tenemos una razón para seguir
levantándonos.
domingo, 21 de abril de 2013
La importancia de lo que no es importante
Lo más importante del mundo es lo que a mí me resulta importante en este momento,
quizá ayer me daba igual y mañana ya lo haya olvidado,
pero ahora mismo lo más importante del mundo es lo que a mí me resulta importante en este momento.
No quiero un consejo y, sobre todo, no quiero que me digan que no es para tanto,
ya llegaré a esa conclusión yo solito cuando toque.
Sé que hay asuntos muchísimo más urgentes
y que ahí fuera debe de haber miles de millones de personas enfrentándose a situaciones enormemente más complejas, delicadas o peligrosas;
pero yo no soy ellos, yo soy yo
y ahora mismo lo más importante del mundo es lo que a mí me resulta importante
[en este momento.]
Si lloro porque tengo seis años y he colado una pelota en un tejado,
si lloro porque mi novio de quince años se ha liado con otra;
si lloro porque me siento incomprendido o porque ha perdido mi equipo,
no te quedes con el motivo, quédate con que estoy llorando...
y estoy llorando porque estoy dolido.
No me mires con condescendencia, no te burles y no me digas que es ridículo,
porque cuando para ti sea importante lo que para mí no lo sea, no querrás que te mire con condescendencia, ni que me burle, ni que te diga que es ridículo.
Nada es importante si no tiene que ver contigo,
porque todos los días niños cuelan pelotas en tejados, novias se sienten engañadas y hombres y mujeres se sienten incomprendidos.
Todos los días mueren padres, y madres, y parejas e hijos,
todos los días a alguien le diagnostican cáncer, a alguien le piden matrimonio y miles de mujeres dan a luz a miles de niños.
¿Es importante?
Para ti no... mientras no tenga nada que ver contigo,
pero al final todos sufrimos en nuestras carnes
la importancia de lo que no es importante.
Escarcha en las alas
Observaba a los pájaros volar desde el pupitre, antes de que supiera realmente que es estar triste De fondo las palabras vacías del profesor, Me hacía sentir bien imaginar su visión desde el cielo,
Hubiera cambiado hasta el baloncesto por ser como ellos, pocas veces vi al aburrimiento tan bello.
Sus migraciones llegando el invierno me recordaban que yo tambien tendría que irme lejos. siempre envidie
Su libertad, si me reencarnara Para ser un ave, donde no hay estupidez humana
Yo no se hasta que punto una golondrina puede estar triste, pero si que en su mundo el dinero no existe.
Crecí durante un tiempo, no les hice caso, no fuera que su trinar dejara muy mal estos cantos, no fuera que recordara lo distinto que era todo a como lo imaginé en aquella aula hace milenios..
Me dijeron que no hay nostalgia peor que añorar, lo que jamás sucedió ya que aquel día olvidé como volar
Con la tentación de olvidar las alturas siendo normal, mi hogar se lleno de buitres que devoraron las mariposas de mi estomago, ya solo habitaban gusanos que cada día me provocaban nauseas y arcadas y aguantar el peso de amores absurdos aun menos me elevaba.
Sin más nido que el pico podrido de un negro cuervo, Fui un Cuento de Alan Poe pero de final abierto, Hasta que ella llego y me dio clases de vuelo, a veces de vértigo tiemblo, pero logra que pase del miedo.
Aparco mis desfases y hago las paces con el tiempo, Los cerdos siguen en el suelo y yo desde arriba vuelvo a observar sin dolor extremo a las golondrinas ,ellas migran y aunque yo siga en esta cloaca, un día batiré las alas hasta sacarme la escarcha, donde no halla una prisión ni jaulas en cada esquina y volar no sea una libertad prohibida......
jueves, 4 de abril de 2013
IV
Me pregunto qué es lo que se rompe. Qué
provoca el cambio de la más absoluta inconsciencia a la repentina
comprensión de nuestra posición en el mundo. Del drama que nos rodea. En
qué momento exacto dejamos de creer.
Mi madre siempre habla mucho. Como si tuviese una desesperada necesidad de rellenar cada espacio de silencio. Como si, al no hacerlo, existiese la posibilidad de tener que saldar algo consigo misma.
Si cierro los ojos me veo, pero no alcanzo a recordar. Qué sentía. Qué pasó. Qué perdí. La constante impresión de que una parte de mí, me protege de la otra.
Mi madre siempre habla mucho. Como si tuviese una desesperada necesidad de rellenar cada espacio de silencio. Como si, al no hacerlo, existiese la posibilidad de tener que saldar algo consigo misma.
Si cierro los ojos me veo, pero no alcanzo a recordar. Qué sentía. Qué pasó. Qué perdí. La constante impresión de que una parte de mí, me protege de la otra.
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