miércoles, 24 de abril de 2013

Sobre la felicidad y otros sueños imposibles

Seguimos levantándonos.
Día a día, nos arrastramos fuera de nuestras camas, nos disfrazamos de personas decentes y salimos al mundo dispuestos a seguir luchando.
Sin preguntas, sin dudas, sin reflexión de ningún tipo.
Luchar y sobrevivir, eso es lo único que importa. Los dos principios básicos que rigen nuestra existencia, grabados en lo más profundo de nuestro ser.
No somos más que animales.
Pero somos optimistas, ¿eh? Que conste. Y aunque sepamos que solo somos tributos, vírgenes inocentes condenadas a ser devoradas por esa bestia omnipresente que es la muerte, nos empeñamos en buscarle el lado bueno a esta vida de perros.
Así que, de vez en cuando, nuestro abotargado cerebro nos inunda con una oleada de elementos químicos que ingenuamente llamamos felicidad, y durante unas cuantas horas podemos percibir, aunque difuminado, un pedazo de ese paraíso que todas las religiones prometen.
Y, no sé, como que el cielo es menos gris, ¿verdad?, y la miel sabe más dulce, y el frío en los ojos de la gente no nos hiere tan profundo. Y puedes pasarte veinte minutos seguidos sentado en un banco, contemplando cómo dos pájaros juegan, cantan, se persiguen...
Esos días dejamos de ser engranajes dentro de una máquina que ni alcanzamos a comprender y somos algo más, aunque solo sea por unos instantes. Nos convertimos en espectadores de esta obra de teatro sin presupuesto y descubrimos que, vista desde fuera, la vida es más majestuosa de lo que parece mientras giramos en la posición que nos corresponde.
Es verdad que esa alegría no dura demasiado. Que de pronto parpadeas y los cerezos en flor vuelven a parecerte una tontería, y los coches dejan de ser escarabajos metálicos de fantasía, y el frío de esta ciudad te abraza y se te clava hasta las entrañas.
Pero supongo que eso también es parte de su encanto, ¿no? Y que tal vez la felicidad vale tanto porque apenas tarda en irse de nuevo, y nunca avisa de cuándo va a volver.
Porque, si siempre fuésemos felices, ¿qué distinguiría un segundo del siguiente? ¿Qué llenaría de magia un bol de cereales? ¿Qué haría que un beso, un atardecer, una mañana de un verano cualquiera en el parque fuesen especiales?
No, la vida tiene más sentido así, siendo infelices. Soñando con que la felicidad vuelva a llamar a nuestra puerta en cualquier momento. Alimentándonos del recuerdo de la última vez que lo hizo.
Vivimos con la esperanza de que, en cualquier momento, el aire volverá a llenarse de canciones, y el sol nos calentará la piel, y respirar no nos llenará los pulmones de humo.
Y eso está bien.
Así tenemos una razón para, día a día, arrastrarnos fuera de nuestras camas, disfrazarnos de personas decentes y salir al mundo a seguir luchando.
Así tenemos una razón para seguir levantándonos.

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