lunes, 28 de julio de 2014

Sweet dreams

Soñé que todo era diferente.
Soñé que el odio bullente en mi interior se evaporaba, que nunca había existido. Soñé que no necesitaba ser insensible para seguir viviendo. Soñé que no era una sombra, que no estaba incompleto, roto como un juguete viejo.
Soñé que era feliz.
¿Te lo imaginas? Felicidad.
Hacía tanto que ni siquiera pensaba en ella que había olvidado su sabor.
Soñé con aire puro y limpio, con rosas que no huelen a invernadero, con una pequeña ciudad bañada solo por la luz de la luna y las estrellas, y soñé que corría, que volaba por sus calles desiertas, sin el pesado cadáver de una vida atado a mis talones.
Soñé que el peso del mundo, de mi mundo, no se apoyaba únicamente en mis hombros. Soñé que sabía confiar.
Siempre me han gustado los sueños.
Dentro de mi existencia marcadamente racional, sin hueco para la debilidad o la emoción, puede resultar contradictorio. Los sueños son libres, no se sujetan a ninguna regla, no se dejan dominar. Son un caballo desbocado guiado por su instinto.
Y supongo que por eso me gustan.
Despierto, consciente, todo tiene que ser perfecto. No hay hueco para errores de ningún tipo, nada inferior a lo excepcional es válido.
Expectativas, expectativas, expectativas.
Siempre manteniendo la máscara, siempre único, siempre haciendo malabares sobre la cuerda floja.
Despierto, consciente, las apariencias van primero. Las emociones son innecesarias, un entretenimiento estúpido, una debilidad; fingirlas, por el contrario, es todo un arte del que me considero maestro.
Pero dormido... Dormido, todo es posible.
Dormido puedo permitirme ser yo, ser libre.
Dormido no necesito una máscara, porque no hay nadie que me vea; puedo ser débil, porque nadie puede herirme.
Dormido, bajo la premisa de solo hacerlo dormido, puedo sentir, vivir, ser real.
Dormido no necesito certezas, pues me sobra con mis ilusiones y sueños.
Selene me da libertad para ser idiota, para ser normal, con la única condición de que sea un secreto entre nosotros. Y mientras de cara a Helios siga cumpliendo con el papel que se me ha dado en esta obra de teatro, ¿a quén le importa?

viernes, 25 de julio de 2014

Demasiado rápido (y demasiado mal)

¿Cómo sabes la primera vez que lo que sientes es amor?
Cuando uno no sabe de sentimientos, esa pregunta no parece importante hasta que lo parece.
Nunca había tenido nadie, todos le habían traicionado, y los que no lo hicieron fueron los traicionados. Cuando te crías entre tiburones acabas volviéndote uno de ellos.
Sin embargo con ella era diferente.
Ella no se rendía.
No importaba cuánto luchase por alejarla, destrozando sus sueños e ilusiones, poniéndole la zancadilla cuando ya había caído, ella siempre volvía la mañana siguiente con fuerzas renovadas y otro castillo de arena nuevo.
Y él no sabía cómo reaccionar.
Aprendió a querer demasiado rápido (y demasiado mal).

miércoles, 23 de julio de 2014

In the shadows

Pum pum.
El latido lejano de un corazón despierto.
Con los ojos entornados, escuadriñando la oscuridad, buscando al vivo que se atreve a adentrarse en tierra de muertos. ¿No sabe que, a este lado de la sala, los sentimientos están prohibidos?
Pum pum.
Demasiado cerca, y cada vez suena más claro.
Es un corazón vivo, muy vivo, y en su resonar se presienten las cicatrices que deben surcarlo. Pero las tinieblas protegen al desconocido que se atreve a entrar en esta zona, donde ninguno queremos ser felices para evitar sufrir luego.
Pum pum.
¿Quién podría querer entrar?
Aquí todos hemos caído por obligación. O por no tener ganas de estar vivos ni muertos del todo.
Pum(pum) pum(pum).
¿Qué ha sido ese eco? ¿Es, quizá, un corazón enfermo que viene aquí a morir?
Pum(pum) pum(pum)
Un escalofrío. Eso no es un eco; es otro corazón. Débil, pero vivo.
Que conste, desconocida, que es tu culpa el renacer de este corazón cansado.

En este teatro, mentir está justificado (siempre que lo llames actuar)

Quería deshacerme del dolor.
De esa estúpida fragancia a tristeza que se me había pegado a la piel, y de esa melancolía que se me había adherido a los ojos.
Quise librarme de todo mi pasado.
Y me deshice de él. Lo vendí, lo regalé, se lo cambié al primero que encontré, ¿qué más da?
Desde ese momento, empecé a notar que de pronto era espectador y no actor de esa obra que es la vida.
Era indescriptible, era sentir que... ¿Qué?
Sentir que no sentía nada.
Que me había caído de la tarima, me había abierto la cabeza y ni siquiera había llegado a sentir dolor.
Pensé en coger todas mis fuerzas y volver al escenario, pero sabía que eso ya no era posible. Aún hoy estoy seguro de ello, y eso que nunca lo he llegado a intentar.
Así que creo que lo que toca es quedarme aquí y, por lo menos, disfrutar de la obra.
Al fin y al cabo, si tú estás bajo el foco, no perderé el interés.

martes, 22 de julio de 2014

Nunca retrocedió (ignorando los muros que la vida le plantase en el camino)

Llevaba años manteniendo las apariencias ante el resto.
Sí, lo hacía, mentía a todo aquel que se acercaba un poco a él, y únicamente le mostraba la parte de sí mismo de la que no se avergonzaba. Una parte que, en definitiva, no era ni el uno por ciento de su verdadera personalidad.
Sin embargo, tras muchas ocasiones en las que sus mentiras le arrastraron en su caída, había aprendido que, consigo mismo, tenía que ser sincero.
Así que, por la noche, antes de cerrar los ojos y dormir hasta el amanecer, conversaba consigo mismo, en voz muy baja para que nadie le oyese.
Se confesaba todas aquellas cosas que, a su entender, el resto del mundo no merecía saber, y sentía que el peso a sus espaldas disminuía lo suficiente como para poder dormir tranquilo durante un tiempo.
Muchos dirán que era un cobarde, que tomó la solución fácil, que no pudo hacer nada tan malo como para tener que esconder el secreto bajo todas aquellas llaves. Yo solo creo que, a la hora de elegir, escogió el camino que le pareció el correcto.
Y que, al contrario que los demás, decidió seguir con su elección hasta el final sin importar las consecuencias.

I Don´t trust myself

Quizá sea verdad.
Quizá, pretendiendo alejarme del mundo, me alejé de mi pasado y me construí uno nuevo.
Pensé que sería más fácil, y al principio fue así. Sí, mis ojos se apagaron y mis sonrisas dejaron de ser sinceras, pero al menos no me dolía al respirar ni me pesaban los sentimientos a la espalda.
Desde entonces, sin embargo, las cosas han dejado de ser divertidas progresivamente.
Ahora me cuesta hasta recordar un instante cualquiera de hace uno o dos años, no digamos ya de mi infancia. Los rostros de mi pasado se han deformado en mi memoria, y a veces me sorprendo mirando fotos durante horas, preguntándome quiénes serán los pequeños que aparecen en ellas.
La cabeza me juega malas pasadas, me mareo, me caigo, o me quedo embobado durante horas mirando al infinito, como buscando la respuesta a una pregunta que ni siquiera he formulado. Ya apenas puedo dormir, acosado por sueños vacíos de pasados moribundos que, definitivamente, no puedo considerar míos. Me revuelvo, envuelto en sábanas empalagosamente cálidas que huelen a nada, muriéndome de frío en lo más profundo del infierno. Salgo a la calle con sudadera en pleno julio, o en manga corta en diciembre, y mi cuerpo, estable, niega las temperaturas que el termómetro marca.
Se me escapan los segundos, los minutos y horas, el tiempo se pierde en una enorme vorágine oscura y me deja con la amarga sensación de que no podré recuperarlo nunca, sin importar cuán rápido camine, tratando de ahorrar algún precioso segundo que, al final, siempre acaba cayendo al agujero.
Quiero llorar y, literalmente, no puedo; deseo enamorarme, pero mi corazón consume el sentimiento; ansío volver a confiar, pero la realidad no deja de ser cruel y destructiva. Y ni siquiera puedo sentir envidia de aquellos que lo ven todo en rosa, pues pronto veo que, mientras ellos caminan con los ojos cerrados, caen una y otra vez.
Durante un instante, siento la imperiosa necesidad de sentir algo, pero el instante que le sigue proclama que el anterior nunca existió, y mi memoria, corrompida por las promesas de no cargar con recuerdos dolorosos proferidas por mi corazón de hielo, le cree.
No importa cuántos años me queden. No importa si vivo hasta los cincuenta, los cien o los tres mil. Si solo recuerdo un mes de mi vida, no se me quitará de encima la sensación de estar muriendo joven.