Oh, vamos. ¿En serio?
Es ver que ya no eres el centro de mi universo y coges tu carroza-calabaza para presentarte en mi corazón para reclamar tu puesto.
¿Pero a ti qué más te da?
Te pasas la vida pidiéndome que no te quiera y que te olvide, que sea feliz (ojo, me pides pero no lo quieres así, lo tuyo es hacer daño pero quedar bien), y en cuanto empiezo a hacerlo cambias de opinión.
Pero claro, también es culpa mía.
Debería haber cerrado las puertas de mi castillo y reforzar los muros con todo ese dolor que me ha surgido de la nada, aprovechando que estabas fuera.
Evidentemente, estas divagaciones son absurdos sinsentidos.
Al fin y al cabo, aunque no quiera admitirlo, ocupar mi corazón con amor muerto es mejor que llenarlo de dolor enquistado.
miércoles, 26 de julio de 2017
No puedo dar marcha atrás
Echo de menos ser el que era siempre.
Despreocuparme de las cosas, permitirme a mí mismo ser feliz sin pensar que a lo mejor eso no te hace feliz, dejarme pensar que las cosas saldrán bien y darle permiso a mi corazón par hacerse ilusiones.
Echo de menos ser aquel niño que aún no había recibido la de palos que este mundo me ha ido dando con el tiempo, echo de menos ilusionarme cada vez que conocía a una persona nueva, echo de menos tener el corazón abierto sin miedo a que me lo rompan, no porque sea de hielo, sino porque no creía que nadie pudiera intentarlo.
Necesitaría olvidarme por un momento de todas esas dudas, no tener que pensar cada acción una y mil veces, poder hacer lo que me apetece realmente sin pensar si eso afectará a la felicidad de otros, olvidarme la vergüenza en el metro y bailar sobre mis ilusiones derretidas y rotas.
Pero no puedo.
Ese no soy yo
Yo soy el chico del corazón que se enfrió por fuera y se quedó fundido por dentro.
Despreocuparme de las cosas, permitirme a mí mismo ser feliz sin pensar que a lo mejor eso no te hace feliz, dejarme pensar que las cosas saldrán bien y darle permiso a mi corazón par hacerse ilusiones.
Echo de menos ser aquel niño que aún no había recibido la de palos que este mundo me ha ido dando con el tiempo, echo de menos ilusionarme cada vez que conocía a una persona nueva, echo de menos tener el corazón abierto sin miedo a que me lo rompan, no porque sea de hielo, sino porque no creía que nadie pudiera intentarlo.
Necesitaría olvidarme por un momento de todas esas dudas, no tener que pensar cada acción una y mil veces, poder hacer lo que me apetece realmente sin pensar si eso afectará a la felicidad de otros, olvidarme la vergüenza en el metro y bailar sobre mis ilusiones derretidas y rotas.
Pero no puedo.
Ese no soy yo
Yo soy el chico del corazón que se enfrió por fuera y se quedó fundido por dentro.
martes, 11 de julio de 2017
En tus redes
Creí que sería fácil, ¿sabes? Que si me alejaba de ti y me convencía de que no te necesitaba acabaría olvidándote. Que tus recuerdos se los llevaría el viento, tu nombre lo borraría la lluvia y tu sonrisa la incineraría el sol. Siempre había sido así antes, ¿por qué esta vez habría de ser diferente?
Así que, cuando llegaste con el oro de tus ojos y tus cabellos sedosos, oscuros como una noche sin luna, no me molesté en contenerme. Sí, te amé desde el primer momento y con todo mi ser, y no hice nada por remediarlo. Dejé que una mitad de mí se regodease en tu existencia, jugando a imaginar una vida juntos, diseccionando cada mirada, gesto o sonrisa que me dirigías. ¿De qué tenía que preocuparme? Mientras la otra mitad, la pragmática racional acostumbrada al desamor fuese la dominante, daba igual si una pequeña parte de mí se dedicaba a componerte poesías.
Pero te empeñaste en ser diferente, ¿no es cierto? Quisiste demostrar que se podía entrar en mi corazón, que había algún pasadizo secreto directo a mi alma.
“No pienso irme” dijiste. “Esperaré el tiempo que sea necesario”.
Y cumpliste tu palabra. No te importaron el dolor que te causé ni mis intentos por alejarte; permaneciste ahí, día tras día, recordándome con cada respiración que me amabas tanto como yo pudiera amarte. Hiciste lo que yo nunca me atreví a hacer: te entregaste a mí, en cuerpo y alma, sin dudarlo un instante y sin buscar garantías. Te arriesgaste a darme tu corazón a sabiendas de que podría destrozarlo en cualquier momento.
Pensé en hacerlo, lo admito. Pensé en cerrar la mano y aplastarlo dentro de mi puño, romperlo y luego dejar que lo recompusieras como un puzle macabro hasta que aprendieses la lección y dejases de entregármelo. Pero no pude hacerlo.
Intenté convencerme de que solo era una buena acción, que intentaba salvarte de convertirte en alguien como yo. Y tú seguías ahí, bien cerca, acariciándome con tus miradas y diciéndome cada cierto tiempo que me querías, como un recordatorio más. Juro que no sé cómo sucedió, ni cuándo. Solo sé que un día me desperté y no podía parar de pensar en ti. Daba igual lo que hiciera, si leía, si intentaba trabajar, si me ahogaba en alcohol... Tus ojos dorados no terminaban de difuminarse.
Y, a medio camino entre la nostalgia y la borrachera, cogí el teléfono y te llamé.
Aquella noche recorrí cada centímetro de tu piel con mis dedos, hice un mapa de tus labios y saboreé cada recoveco de tu boca. Y con cada respiración, con cada grito de placer asfixiado, me fui enredando en esta locura como si fuese una tela de araña hasta que ya no pude salir.
Nos quedamos dormidos abrazados, con tu cabeza apoyada en mi hombro y el retumbar de nuestros corazones componiendo nuestra banda sonora particular. Y cuando desperté te vi así, tan cerca, tan frágil y, al mismo tiempo, tan fuerte...
Supongo que ahí fue cuando me di cuenta de que no quería seguir contemplando el oleaje desde la playa. Quería riesgo, emoción, olas enormes que me encogiesen el estómago y me levantasen hasta casi poder rozar el sol. Quería sufrir, y sonreír de verdad, y ser feliz.
Te despertaste, y clavaste en mí tu mirada, profunda y llena de vida, y sonreíste.
Y comprendí que no quería hacer nada de todo eso si no era contigo.
Así que, cuando llegaste con el oro de tus ojos y tus cabellos sedosos, oscuros como una noche sin luna, no me molesté en contenerme. Sí, te amé desde el primer momento y con todo mi ser, y no hice nada por remediarlo. Dejé que una mitad de mí se regodease en tu existencia, jugando a imaginar una vida juntos, diseccionando cada mirada, gesto o sonrisa que me dirigías. ¿De qué tenía que preocuparme? Mientras la otra mitad, la pragmática racional acostumbrada al desamor fuese la dominante, daba igual si una pequeña parte de mí se dedicaba a componerte poesías.
Pero te empeñaste en ser diferente, ¿no es cierto? Quisiste demostrar que se podía entrar en mi corazón, que había algún pasadizo secreto directo a mi alma.
“No pienso irme” dijiste. “Esperaré el tiempo que sea necesario”.
Y cumpliste tu palabra. No te importaron el dolor que te causé ni mis intentos por alejarte; permaneciste ahí, día tras día, recordándome con cada respiración que me amabas tanto como yo pudiera amarte. Hiciste lo que yo nunca me atreví a hacer: te entregaste a mí, en cuerpo y alma, sin dudarlo un instante y sin buscar garantías. Te arriesgaste a darme tu corazón a sabiendas de que podría destrozarlo en cualquier momento.
Pensé en hacerlo, lo admito. Pensé en cerrar la mano y aplastarlo dentro de mi puño, romperlo y luego dejar que lo recompusieras como un puzle macabro hasta que aprendieses la lección y dejases de entregármelo. Pero no pude hacerlo.
Intenté convencerme de que solo era una buena acción, que intentaba salvarte de convertirte en alguien como yo. Y tú seguías ahí, bien cerca, acariciándome con tus miradas y diciéndome cada cierto tiempo que me querías, como un recordatorio más. Juro que no sé cómo sucedió, ni cuándo. Solo sé que un día me desperté y no podía parar de pensar en ti. Daba igual lo que hiciera, si leía, si intentaba trabajar, si me ahogaba en alcohol... Tus ojos dorados no terminaban de difuminarse.
Y, a medio camino entre la nostalgia y la borrachera, cogí el teléfono y te llamé.
Aquella noche recorrí cada centímetro de tu piel con mis dedos, hice un mapa de tus labios y saboreé cada recoveco de tu boca. Y con cada respiración, con cada grito de placer asfixiado, me fui enredando en esta locura como si fuese una tela de araña hasta que ya no pude salir.
Nos quedamos dormidos abrazados, con tu cabeza apoyada en mi hombro y el retumbar de nuestros corazones componiendo nuestra banda sonora particular. Y cuando desperté te vi así, tan cerca, tan frágil y, al mismo tiempo, tan fuerte...
Supongo que ahí fue cuando me di cuenta de que no quería seguir contemplando el oleaje desde la playa. Quería riesgo, emoción, olas enormes que me encogiesen el estómago y me levantasen hasta casi poder rozar el sol. Quería sufrir, y sonreír de verdad, y ser feliz.
Te despertaste, y clavaste en mí tu mirada, profunda y llena de vida, y sonreíste.
Y comprendí que no quería hacer nada de todo eso si no era contigo.
Me rindo
Antes de conocerte mi vida era más fácil.
Yo solo era uno más, un tipo con un cuaderno y muchas palabras que escribir, una sombra en medio de una ciudad llena de gris a la caza de algún trazo de color. Por aquel entonces cualquier cosa encerraba una historia si la observaba durante el tiempo justo, y las palabras acudían a mi llamada para contarla.
Podía hablar de amor, de felicidad, de noches llenas de estrellas y de amaneceres con tostadas y café y melodías imposibles de pájaros compositores. Podía hablar de princesas que no querían ser rescatadas, y de príncipes sin corona ni reino que solo contaban con el valor de sus palabras, y de miradas que brillaban más que las farolas de neón de toda esta maldita ciudad. ¡Podía hablar de dioses, y creerme uno de ellos, y levantarme cada mañana con la certeza de que siempre sería así!
Y entonces apareciste tú.
Como un huracán, un terremoto, un ataque terrorista a la parte más débil de mi mundo.
Llegaste con tu pelo corto, con tus carcajadas contagiosas, con tus labios que prometían mil aventuras. Saliste de las sombras, y en tu piel encontré un mapa a ninguna parte, y en tus manos una invitación a seguirte que no me atreví a aceptar.
En tus ojos encontré la belleza, la de verdad, y comprendí que todo lo que había escrito, todo lo que me quedaba por escribir, nunca estaría a la altura de tus sonrisas.
Llegaste, y contigo trajiste la vergüenza.
No lo entiendes, ¿verdad? Me destruiste, me robaste todo lo que era, y ni siquiera lo hiciste a propósito. Fue algo espontáneo, sin planificación, sin maldad.
Y, aún así, intenté culparte. Intenté alejarme, recuperarme del impacto y convencerme de que podía odiarte por haberme demostrado lo roto que estaba antes de ti. Por abrirme los ojos.
Pero no pude.
Porque cuanto más me esforzaba en odiarte, cuanto más luchaba contra ti, más se rompían mis defensas. Estabas dentro de mí, y te negabas a salir. Me negaba a sacarte, en realidad.
Así que decidí resignarme. Te amaba, y no podía evitarlo. Mis ojos, mi corazón, las miles de mariposas que vivían en mi estómago... te pertenecían. Pero no mi mente. Cerré cualquier conexión que pudiera haber entre las zonas infectadas y las sanas, separé mi conciencia de mi cuerpo y decidí esperar a que el amor se evaporase.
Por aquel entonces pensaba que nada duraba eternamente, y que te irías tan rápido como habías llegado. Que un día despertaría y tu existencia no significaría nada.
Pero me equivoqué.
Seguí queriéndote.
Sigo queriéndote.
Y, lo admito, he perdido.
Así que me rindo, sin condiciones, sin esperanzas.
Me entrego a ti, desnudo, frágil, más humano de lo que he sido nunca, y tú tienes que decidir si arrancarme la carne a mordiscos como un lobo o reconstruirme con tus besos.
Puedes usarme, torturarme, quererme, jugar conmigo...
Me da igual.
Como ya he dicho, la vida antes de conocerte era más fácil.
Pero también era mortalmente aburrida.
Yo solo era uno más, un tipo con un cuaderno y muchas palabras que escribir, una sombra en medio de una ciudad llena de gris a la caza de algún trazo de color. Por aquel entonces cualquier cosa encerraba una historia si la observaba durante el tiempo justo, y las palabras acudían a mi llamada para contarla.
Podía hablar de amor, de felicidad, de noches llenas de estrellas y de amaneceres con tostadas y café y melodías imposibles de pájaros compositores. Podía hablar de princesas que no querían ser rescatadas, y de príncipes sin corona ni reino que solo contaban con el valor de sus palabras, y de miradas que brillaban más que las farolas de neón de toda esta maldita ciudad. ¡Podía hablar de dioses, y creerme uno de ellos, y levantarme cada mañana con la certeza de que siempre sería así!
Y entonces apareciste tú.
Como un huracán, un terremoto, un ataque terrorista a la parte más débil de mi mundo.
Llegaste con tu pelo corto, con tus carcajadas contagiosas, con tus labios que prometían mil aventuras. Saliste de las sombras, y en tu piel encontré un mapa a ninguna parte, y en tus manos una invitación a seguirte que no me atreví a aceptar.
En tus ojos encontré la belleza, la de verdad, y comprendí que todo lo que había escrito, todo lo que me quedaba por escribir, nunca estaría a la altura de tus sonrisas.
Llegaste, y contigo trajiste la vergüenza.
No lo entiendes, ¿verdad? Me destruiste, me robaste todo lo que era, y ni siquiera lo hiciste a propósito. Fue algo espontáneo, sin planificación, sin maldad.
Y, aún así, intenté culparte. Intenté alejarme, recuperarme del impacto y convencerme de que podía odiarte por haberme demostrado lo roto que estaba antes de ti. Por abrirme los ojos.
Pero no pude.
Porque cuanto más me esforzaba en odiarte, cuanto más luchaba contra ti, más se rompían mis defensas. Estabas dentro de mí, y te negabas a salir. Me negaba a sacarte, en realidad.
Así que decidí resignarme. Te amaba, y no podía evitarlo. Mis ojos, mi corazón, las miles de mariposas que vivían en mi estómago... te pertenecían. Pero no mi mente. Cerré cualquier conexión que pudiera haber entre las zonas infectadas y las sanas, separé mi conciencia de mi cuerpo y decidí esperar a que el amor se evaporase.
Por aquel entonces pensaba que nada duraba eternamente, y que te irías tan rápido como habías llegado. Que un día despertaría y tu existencia no significaría nada.
Pero me equivoqué.
Seguí queriéndote.
Sigo queriéndote.
Y, lo admito, he perdido.
Así que me rindo, sin condiciones, sin esperanzas.
Me entrego a ti, desnudo, frágil, más humano de lo que he sido nunca, y tú tienes que decidir si arrancarme la carne a mordiscos como un lobo o reconstruirme con tus besos.
Puedes usarme, torturarme, quererme, jugar conmigo...
Me da igual.
Como ya he dicho, la vida antes de conocerte era más fácil.
Pero también era mortalmente aburrida.
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