Antes de conocerte mi vida era más fácil.
Yo solo era uno más, un tipo con un cuaderno y muchas palabras que escribir, una sombra en medio de una ciudad llena de gris a la caza de algún trazo de color. Por aquel entonces cualquier cosa encerraba una historia si la observaba durante el tiempo justo, y las palabras acudían a mi llamada para contarla.
Podía hablar de amor, de felicidad, de noches llenas de estrellas y de amaneceres con tostadas y café y melodías imposibles de pájaros compositores. Podía hablar de princesas que no querían ser rescatadas, y de príncipes sin corona ni reino que solo contaban con el valor de sus palabras, y de miradas que brillaban más que las farolas de neón de toda esta maldita ciudad. ¡Podía hablar de dioses, y creerme uno de ellos, y levantarme cada mañana con la certeza de que siempre sería así!
Y entonces apareciste tú.
Como un huracán, un terremoto, un ataque terrorista a la parte más débil de mi mundo.
Llegaste con tu pelo corto, con tus carcajadas contagiosas, con tus labios que prometían mil aventuras. Saliste de las sombras, y en tu piel encontré un mapa a ninguna parte, y en tus manos una invitación a seguirte que no me atreví a aceptar.
En tus ojos encontré la belleza, la de verdad, y comprendí que todo lo que había escrito, todo lo que me quedaba por escribir, nunca estaría a la altura de tus sonrisas.
Llegaste, y contigo trajiste la vergüenza.
No lo entiendes, ¿verdad? Me destruiste, me robaste todo lo que era, y ni siquiera lo hiciste a propósito. Fue algo espontáneo, sin planificación, sin maldad.
Y, aún así, intenté culparte. Intenté alejarme, recuperarme del impacto y convencerme de que podía odiarte por haberme demostrado lo roto que estaba antes de ti. Por abrirme los ojos.
Pero no pude.
Porque cuanto más me esforzaba en odiarte, cuanto más luchaba contra ti, más se rompían mis defensas. Estabas dentro de mí, y te negabas a salir. Me negaba a sacarte, en realidad.
Así que decidí resignarme. Te amaba, y no podía evitarlo. Mis ojos, mi corazón, las miles de mariposas que vivían en mi estómago... te pertenecían. Pero no mi mente. Cerré cualquier conexión que pudiera haber entre las zonas infectadas y las sanas, separé mi conciencia de mi cuerpo y decidí esperar a que el amor se evaporase.
Por aquel entonces pensaba que nada duraba eternamente, y que te irías tan rápido como habías llegado. Que un día despertaría y tu existencia no significaría nada.
Pero me equivoqué.
Seguí queriéndote.
Sigo queriéndote.
Y, lo admito, he perdido.
Así que me rindo, sin condiciones, sin esperanzas.
Me entrego a ti, desnudo, frágil, más humano de lo que he sido nunca, y tú tienes que decidir si arrancarme la carne a mordiscos como un lobo o reconstruirme con tus besos.
Puedes usarme, torturarme, quererme, jugar conmigo...
Me da igual.
Como ya he dicho, la vida antes de conocerte era más fácil.
Pero también era mortalmente aburrida.
Yo solo era uno más, un tipo con un cuaderno y muchas palabras que escribir, una sombra en medio de una ciudad llena de gris a la caza de algún trazo de color. Por aquel entonces cualquier cosa encerraba una historia si la observaba durante el tiempo justo, y las palabras acudían a mi llamada para contarla.
Podía hablar de amor, de felicidad, de noches llenas de estrellas y de amaneceres con tostadas y café y melodías imposibles de pájaros compositores. Podía hablar de princesas que no querían ser rescatadas, y de príncipes sin corona ni reino que solo contaban con el valor de sus palabras, y de miradas que brillaban más que las farolas de neón de toda esta maldita ciudad. ¡Podía hablar de dioses, y creerme uno de ellos, y levantarme cada mañana con la certeza de que siempre sería así!
Y entonces apareciste tú.
Como un huracán, un terremoto, un ataque terrorista a la parte más débil de mi mundo.
Llegaste con tu pelo corto, con tus carcajadas contagiosas, con tus labios que prometían mil aventuras. Saliste de las sombras, y en tu piel encontré un mapa a ninguna parte, y en tus manos una invitación a seguirte que no me atreví a aceptar.
En tus ojos encontré la belleza, la de verdad, y comprendí que todo lo que había escrito, todo lo que me quedaba por escribir, nunca estaría a la altura de tus sonrisas.
Llegaste, y contigo trajiste la vergüenza.
No lo entiendes, ¿verdad? Me destruiste, me robaste todo lo que era, y ni siquiera lo hiciste a propósito. Fue algo espontáneo, sin planificación, sin maldad.
Y, aún así, intenté culparte. Intenté alejarme, recuperarme del impacto y convencerme de que podía odiarte por haberme demostrado lo roto que estaba antes de ti. Por abrirme los ojos.
Pero no pude.
Porque cuanto más me esforzaba en odiarte, cuanto más luchaba contra ti, más se rompían mis defensas. Estabas dentro de mí, y te negabas a salir. Me negaba a sacarte, en realidad.
Así que decidí resignarme. Te amaba, y no podía evitarlo. Mis ojos, mi corazón, las miles de mariposas que vivían en mi estómago... te pertenecían. Pero no mi mente. Cerré cualquier conexión que pudiera haber entre las zonas infectadas y las sanas, separé mi conciencia de mi cuerpo y decidí esperar a que el amor se evaporase.
Por aquel entonces pensaba que nada duraba eternamente, y que te irías tan rápido como habías llegado. Que un día despertaría y tu existencia no significaría nada.
Pero me equivoqué.
Seguí queriéndote.
Sigo queriéndote.
Y, lo admito, he perdido.
Así que me rindo, sin condiciones, sin esperanzas.
Me entrego a ti, desnudo, frágil, más humano de lo que he sido nunca, y tú tienes que decidir si arrancarme la carne a mordiscos como un lobo o reconstruirme con tus besos.
Puedes usarme, torturarme, quererme, jugar conmigo...
Me da igual.
Como ya he dicho, la vida antes de conocerte era más fácil.
Pero también era mortalmente aburrida.
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