Oh, vamos. ¿En serio?
Es ver que ya no eres el centro de mi universo y coges tu carroza-calabaza para presentarte en mi corazón para reclamar tu puesto.
¿Pero a ti qué más te da?
Te pasas la vida pidiéndome que no te quiera y que te olvide, que sea feliz (ojo, me pides pero no lo quieres así, lo tuyo es hacer daño pero quedar bien), y en cuanto empiezo a hacerlo cambias de opinión.
Pero claro, también es culpa mía.
Debería haber cerrado las puertas de mi castillo y reforzar los muros con todo ese dolor que me ha surgido de la nada, aprovechando que estabas fuera.
Evidentemente, estas divagaciones son absurdos sinsentidos.
Al fin y al cabo, aunque no quiera admitirlo, ocupar mi corazón con amor muerto es mejor que llenarlo de dolor enquistado.
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