jueves, 20 de octubre de 2016

Esperando

Estoy aquí, sentado en nuestro sofá, esperando.
No tengo nada mejor que hacer, hace ya tiempo que tu vida se convirtió en mi único motivo para vivir. Apenas como, apenas me muevo, apenas respiro... Apenas vivo.
Sentado con la copa de vino en una mano, espero oír el sonido de tus llaves en la puerta.
¡Qué tontería! Tus llaves están en la bandejita de la entrada...

sábado, 15 de octubre de 2016

¿Por qué mentir?

La felicidad. ¿Un destino o el camino a ese destino?
Cada cual tiene su propia forma de ser feliz, es algo especial para cada persona.
Los hay que necesitan una sonrisa. O un beso.
O un helado, o puestos a pedir, dos.
O todo junto. ¿Qué derecho tiene alguien a decidir cómo puedo ser feliz?
Yo solo pido un buen libro, un bolígrafo y un ca...
¿A qué viene mentir?
Prefiero las palabras cuando salen de tus labios para dibujarlas en mi piel...

Es la hora de brillar, nena

Ya va siendo hora de que te quites los complejos y los suspiros de envidia al ver brillar a la circonita.
Cielo, tú naciste para ser diamante, no te disfraces de mina de lápiz porque vales más que eso.
Y ya llegó el momento de que te pongas debajo del foco para permitir que tus reflejos iluminen los retazos de ese corazón que escondiste entre tinieblas para hacerlo impenetrable.
Es la hora de brillar, nena, y no dudes ni un segundo de que yo estaré a tu lado.


'-¿Sabías que esto sería una cita horrible desde el principio?
-Si no lo hubiese sido por si sola, me habría encargado de que lo fuese.
-Pero... ¿Por qué?
-Porque a pesar de todo sigues a mi lado. Así que, o eres idiota, o me quieres.
-O quizá ambas'

miércoles, 5 de octubre de 2016

Empiezo a pensar que, si me quisieses, solo conseguirías ponerle otro clavo al ataúd del que intento escapar desde que te conozco.
Que no me quieras es fácil, dolorosamente fácil. No hay nada que hacer aparte de desear que los sentimientos se me caigan al suelo, muertos.
Bueno, eso, contener las lágrimas que acuden a mis ojos cada diez segundos y rezar para que no te des cuenta de que mi corazón solo despierta si te acercas demasiado.
Las ilusiones duelen, cierto.
Duele encontrar en cada gesto un amor que mi parte racional niega, y duele sentir que estás cerca y saber que en realidad estás tan lejos que ni siquiera Superman podría saltar el vacío que hay entre nosotros.

lunes, 3 de octubre de 2016

Pride, Fury and Hatred

Su corazón se rompía por enésima vez, convirtiéndose en añicos entre sus dedos, escapándose y cayendo en dirección al suelo.
¿De qué le servían las apariencias cuando estaba solo en la oscuridad?
Solo otra vez... No podía evitar pensar así. El silencio atronador destrozaba sus tímpanos, mientras realidad y recuerdo se fundían, mostrándole los rostros de su presente riéndose con malicia y señalándole con el dedo.
Quiso decir que lo sentía, que sentía existir, respirar, que sentía ser como era, pero las lágrimas ahogaban sus palabras antes de llegar a su garganta.
No pudo evitarlo, estaba triste. No importaba, se le pasaría, porque siempre se le pasaba. En cuanto un rayo de sol se colase por las rendijas de la ventana, delatando su existencia, recuperaría la sonrisa y su corazón se reconstruiría, dispuesto a caerse cuando los ojos durmiesen, pero quedaba una larga noche por delante y las lágrimas que no conseguían surgir le asfixiaban.
Se tapó la cara con las manos. Dios, qué asco daba, autocompadeciéndose de aquella forma.
Por primera vez, Furia, Orgullo y Odio tomaban el relevo, y arrastraban en su implacable movimiento todo sentimiento que encontraban.
Una única lágrima salió de sus ojos, una sola, cargada de recuerdos que nunca quiso tener, y las puertas de su corazón se cerraron con un lastimero crujido.
No era lo suficientemente fuerte para afrontar el mundo, pero eso solo lo sabrían las paredes de su maltrecho órgano, detenido súbita y definitivamente.
Por ahora aún era una apariencia, una imagen. Era una ilusión. Pero aquello cambiaría.
Si era débil, se volvería fuerte, y aplastaría todo lo que tratase de impedírselo.
Con el tiempo, tras reforzarlo todo a fondo, volvió a abrir las puertas de su corazón. Muchas cosas entraron, tratando de destrozarlo todo a su paso, encontrando que ahora era demasiado fuerte. También entró, sigiloso y mortal, el amor y, con fingida cortesía y falsa sonrisa, le invitó a acomodarse en lo más profundo, en la cama de clavos. Si pretendía quedarse, no iba a ser él quien sufriera su presencia.
Los sentimientos desistieron, agotados, y quedaron esparcidos por el suelo. No podían hacerle daño. Antes sí, pero cubría los daños con su máscara de hielo. Ahora sus ataques resbalaban sobre la superficie marmórea de su corazón sin arañarlo.
Furia, Odio y Orgullo le acompañaron en su paseo triunfal entre los pobres sentimientos muertos que habían quedado desperdigados por todas partes, riéndose con él.
Ya no estaba solo: Soledad había huido la primera.



'-Tú la quieres. ¿Por qué te callas?
-Por miedo. Sabes lo que me duele tenerla como amiga; ¿te imaginas cómo sería no tenerla siquiera?'

'-Digamos que me importas, que te quiero. ¿Qué importa eso? ¿Cambia algo? 
¿Vas a corresponderme tú por ello? No, ¿verdad? Entonces, ¿de qué me sirve decírtelo?
 Y no vale responder que para romperme un poco más el corazón, porque eso es evidente'

Adicted

Me enganché a tus sonrisas, a tus palabras amables, a que me dijeses gracias, a tus saludos.
Me hice yonki de ti, de ese amor que encontraba en cada gesto, de esos segundos en los que el tiempo se paraba y el ruido hacía la concesión de desaparecer.
He sido, soy y seré adicto a tus miradas, a la eternidad de tus promesas, al dulzor de tus caricias, al calor de tus abrazos, a tus mil y un cambios de ánimo y a esa risa tuya que es simplemente inolvidable, adicto a tus mudas palabras que dicen tanto, a tus puntos infantiles y a los que no lo son tanto.
No creo que haya una terapia para curarme de esto, y no precisamente por falta de enfermos, sino por falta de cura y de ganas de curarse.
Y, ¿sabes qué? Que a estas alturas me da igual cuantas veces me repitan que no eres más que el producto de mezclar mis sueños e ilusiones con una cuarta parte de tu yo real, porque es algo irreversible.
Así que recuerda que, el día que te vayas, tienes que dejarle un hueco a mi corazón en la maleta. Y que, rotas en pedazos, es más fácil encajar las cosas en espacios pequeños.




'-¿Sigues pensando que te quiere?
-Nunca lo he hecho, siempre he pensado que no es así; pero el corazón tiende a ganarle a la lógica cada vez que hechan un pulso'

domingo, 2 de octubre de 2016

Ella y el mar

El tiempo se detiene, deja de desmigajarse en horas, minutos y segundos perdidos, y solo queda el espacio, una entidad inabarcable y absoluta que todo lo llena. Ya no existen el ahora, el ayer o el mañana, pues todo se funde en una vorágine anárquica donde la barrera del tiempo se resquebraja.
Fue aquí donde la conocí, bella y radiante, como una diosa escapada de las tinieblas insondables de la noche, una muñeca de porcelana inmaculada abandonada en la playa. En la arena se difuminaban sus pasos, las huellas de unos pies desnudos lamidas por el oleaje cadencioso de aquella noche de otoño, mientras ella seguía avanzando, hundiendo en el mar los volantes de su vestido tornasolado. Sus ojos, apenas delineados por el plomizo resplandor que se desprendía de una luna que se sugería fantasmal tras las nubes, eran dos enormes esmeraldas: hermosos, cristalinos, inolvidables... pero fríos y apagados.
Tan dolorosamente hermosos, y al mismo tiempo tan muertos...
Ella seguía caminando, sumergiéndose cada vez más, y el agua ya acariciaba su cintura. Temblaba, puede que de miedo, o de frío, o un poco de ambas, pero no se dejaba detener por un mar que luchaba por empujarla fuera de sí, como queriendo salvarla de sus oscuridades abismales.
No sé por qué tardé tanto en reaccionar.
Tal vez fuera el cansancio acumulado, o ese aire de irrealidad que lo inundaba todo haciéndolo parecer volátil e ilusorio; o quizás fuera esa tristeza tan honda, tan transcendente que se desbordaba de cada uno de sus gestos.
Aquella melancolía... Dudo que jamás alcance a describirla en su totalidad.
Era una tristeza que se componía de muchas tristezas más pequeñas, imbuida de resignación, de nostalgia, de pesimismo, una tristeza que se deshacía en oleadas. Una tristeza que te mordía el corazón y te arañaba el alma, que era inmensa y, sin embargo, cabía en un cuerpo tan pequeño y frágil como el de aquella muñequita inocente. Era una tristeza silenciosa, de las que te horadan por dentro con sigilo dejando el exterior intacto, que se alimentan de palabras calladas y lágrimas contenidas y te consumen a dentelladas.
Aquella tristeza que desprendía por cada poro de su blanca piel, en definitiva, tenía tantos matices que quizá sea más oportuno decir simplemente que era tan tangible como una puñalada de terciopelo, letal y acariciadora, un dolor volátil y agridulce capaz de destilar la más pura melancolía del cuerpo inanimado de la roca más dura, y dejar que cada cual imagine, arranque de esta descripción sombría, indigna e incompleta, sus propias deducciones. Baste decir que aquella melancolía me quitó el aliento y me detuvo el corazón, y que me ató manos y pies, y que por eso me resultó tan difícil empezar a correr.
Correr...
Recuerdo con tanta nitidez aquella carrera trepidante, aquella lucha entre mi corazón, la arena húmeda que devoraba mis pasos y la noche crepitante, aquella contrarreloj por arrancarla de las garras de la muerte, que 
casi parecían arrullarla con su mudo batir de olas... que aún se me acelera el pulso solo de pensarlo.
Fue como un estallido, una explosión, un “Sálvala” imperativo.
Corrí contra las olas, contra el viento, contra el mundo mismo para salvar a aquella muñeca de porcelana que se hundía, y cuando llegué a su lado y volvió hacia mí sus ojos su tristeza me golpeó con más intensidad si cabe. Pero debajo, oculta por aquel velo fluido de melancólica indiferencia, estaba la sorpresa, reflejada en sus labios carnosos abiertos en una mueca de extrañeza.
No renegó de mi abrazo, ni se negó a dejarse arrastrar hacia la orilla. Dócil, obediente como un cachorrillo indefenso, dejó que la sacase del mar y la posase sobre una roca sin emitir más ruido que el dulce compás de sus respiraciones, y entonces, mientras yo resollaba en busca del aliento perdido, se quedó mirándome con aquella sorpresa extrañada, casi contrariada de que alguien hubiera acudido en su rescate.
Sentada sobre la piedra, con el vestido ajustado a su cuerpo por el agua y sus rasgos tenuemente trazados por el resplandor neblinoso de la luna, parecía una auténtica ilusión, una quimera fantasmal evocada por mi imaginación. Fue entonces cuando deseé besarla por primera vez, y ella, como si leyera mis pensamientos, dibujó una sonrisa entre divertida y maliciosa, y sacó de la nada una mirada tan pacífica que terminó de atraparme.
No dijo una sola palabra, pero su cuerpo entero hablaba por ella, advirtiéndome de que, si bien en aquel momento la tenía, perderla era tan fácil como lo había sido ganarla.
Aquella noche la llevé a mi casa. Compartimos mi cama sin decir una sola palabra, sin dormir, solo mirándonos a los ojos. Yo me resistía a caer rendido por miedo a que se desvaneciera entre mis brazos, y ella... Ella parecía evaluarme, analizando si era merecedor de sus atenciones.
Y durante meses la tuve, siempre a mi lado. La llevé a la ópera, al teatro, a dar largos paseos junto a aquel mar que había amenazado con llevársela, a pasear por el parque... Busqué para ella mil razones para no querer separarse de mí. Primero con miedo, con ese temor reverencial a perderla a cualquier instante, tan fuerte que con solo sentirla desaparecida un instante mis ojos corrían a buscarla; y luego con una serenidad alegre, un placer calmado de saberla a mi lado como una extensión más de mi cuerpo.