El tiempo se detiene, deja de desmigajarse en horas, minutos y segundos perdidos, y solo queda el espacio, una entidad inabarcable y absoluta que todo lo llena. Ya no existen el ahora, el ayer o el mañana, pues todo se funde en una vorágine anárquica donde la barrera del tiempo se resquebraja.
Fue aquí donde la conocí, bella y radiante, como una diosa escapada de las tinieblas insondables de la noche, una muñeca de porcelana inmaculada abandonada en la playa. En la arena se difuminaban sus pasos, las huellas de unos pies desnudos lamidas por el oleaje cadencioso de aquella noche de otoño, mientras ella seguía avanzando, hundiendo en el mar los volantes de su vestido tornasolado. Sus ojos, apenas delineados por el plomizo resplandor que se desprendía de una luna que se sugería fantasmal tras las nubes, eran dos enormes esmeraldas: hermosos, cristalinos, inolvidables... pero fríos y apagados.
Tan dolorosamente hermosos, y al mismo tiempo tan muertos...
Ella seguía caminando, sumergiéndose cada vez más, y el agua ya acariciaba su cintura. Temblaba, puede que de miedo, o de frío, o un poco de ambas, pero no se dejaba detener por un mar que luchaba por empujarla fuera de sí, como queriendo salvarla de sus oscuridades abismales.
No sé por qué tardé tanto en reaccionar.
Tal vez fuera el cansancio acumulado, o ese aire de irrealidad que lo inundaba todo haciéndolo parecer volátil e ilusorio; o quizás fuera esa tristeza tan honda, tan transcendente que se desbordaba de cada uno de sus gestos.
Aquella melancolía... Dudo que jamás alcance a describirla en su totalidad.
Era una tristeza que se componía de muchas tristezas más pequeñas, imbuida de resignación, de nostalgia, de pesimismo, una tristeza que se deshacía en oleadas. Una tristeza que te mordía el corazón y te arañaba el alma, que era inmensa y, sin embargo, cabía en un cuerpo tan pequeño y frágil como el de aquella muñequita inocente. Era una tristeza silenciosa, de las que te horadan por dentro con sigilo dejando el exterior intacto, que se alimentan de palabras calladas y lágrimas contenidas y te consumen a dentelladas.
Aquella tristeza que desprendía por cada poro de su blanca piel, en definitiva, tenía tantos matices que quizá sea más oportuno decir simplemente que era tan tangible como una puñalada de terciopelo, letal y acariciadora, un dolor volátil y agridulce capaz de destilar la más pura melancolía del cuerpo inanimado de la roca más dura, y dejar que cada cual imagine, arranque de esta descripción sombría, indigna e incompleta, sus propias deducciones. Baste decir que aquella melancolía me quitó el aliento y me detuvo el corazón, y que me ató manos y pies, y que por eso me resultó tan difícil empezar a correr.
Correr...
Recuerdo con tanta nitidez aquella carrera trepidante, aquella lucha entre mi corazón, la arena húmeda que devoraba mis pasos y la noche crepitante, aquella contrarreloj por arrancarla de las garras de la muerte, que
casi parecían arrullarla con su mudo batir de olas... que aún se me acelera el pulso solo de pensarlo.
Fue como un estallido, una explosión, un “Sálvala” imperativo.
Corrí contra las olas, contra el viento, contra el mundo mismo para salvar a aquella muñeca de porcelana que se hundía, y cuando llegué a su lado y volvió hacia mí sus ojos su tristeza me golpeó con más intensidad si cabe. Pero debajo, oculta por aquel velo fluido de melancólica indiferencia, estaba la sorpresa, reflejada en sus labios carnosos abiertos en una mueca de extrañeza.
No renegó de mi abrazo, ni se negó a dejarse arrastrar hacia la orilla. Dócil, obediente como un cachorrillo indefenso, dejó que la sacase del mar y la posase sobre una roca sin emitir más ruido que el dulce compás de sus respiraciones, y entonces, mientras yo resollaba en busca del aliento perdido, se quedó mirándome con aquella sorpresa extrañada, casi contrariada de que alguien hubiera acudido en su rescate.
Sentada sobre la piedra, con el vestido ajustado a su cuerpo por el agua y sus rasgos tenuemente trazados por el resplandor neblinoso de la luna, parecía una auténtica ilusión, una quimera fantasmal evocada por mi imaginación. Fue entonces cuando deseé besarla por primera vez, y ella, como si leyera mis pensamientos, dibujó una sonrisa entre divertida y maliciosa, y sacó de la nada una mirada tan pacífica que terminó de atraparme.
No dijo una sola palabra, pero su cuerpo entero hablaba por ella, advirtiéndome de que, si bien en aquel momento la tenía, perderla era tan fácil como lo había sido ganarla.
Aquella noche la llevé a mi casa. Compartimos mi cama sin decir una sola palabra, sin dormir, solo mirándonos a los ojos. Yo me resistía a caer rendido por miedo a que se desvaneciera entre mis brazos, y ella... Ella parecía evaluarme, analizando si era merecedor de sus atenciones.
Y durante meses la tuve, siempre a mi lado. La llevé a la ópera, al teatro, a dar largos paseos junto a aquel mar que había amenazado con llevársela, a pasear por el parque... Busqué para ella mil razones para no querer separarse de mí. Primero con miedo, con ese temor reverencial a perderla a cualquier instante, tan fuerte que con solo sentirla desaparecida un instante mis ojos corrían a buscarla; y luego con una serenidad alegre, un placer calmado de saberla a mi lado como una extensión más de mi cuerpo.
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