Su corazón se rompía por enésima vez, convirtiéndose en añicos entre sus dedos, escapándose y cayendo en dirección al suelo.
¿De qué le servían las apariencias cuando estaba solo en la oscuridad?
Solo otra vez... No podía evitar pensar así. El silencio atronador destrozaba sus tímpanos, mientras realidad y recuerdo se fundían, mostrándole los rostros de su presente riéndose con malicia y señalándole con el dedo.
Quiso decir que lo sentía, que sentía existir, respirar, que sentía ser como era, pero las lágrimas ahogaban sus palabras antes de llegar a su garganta.
No pudo evitarlo, estaba triste. No importaba, se le pasaría, porque siempre se le pasaba. En cuanto un rayo de sol se colase por las rendijas de la ventana, delatando su existencia, recuperaría la sonrisa y su corazón se reconstruiría, dispuesto a caerse cuando los ojos durmiesen, pero quedaba una larga noche por delante y las lágrimas que no conseguían surgir le asfixiaban.
Se tapó la cara con las manos. Dios, qué asco daba, autocompadeciéndose de aquella forma.
Por primera vez, Furia, Orgullo y Odio tomaban el relevo, y arrastraban en su implacable movimiento todo sentimiento que encontraban.
Una única lágrima salió de sus ojos, una sola, cargada de recuerdos que nunca quiso tener, y las puertas de su corazón se cerraron con un lastimero crujido.
No era lo suficientemente fuerte para afrontar el mundo, pero eso solo lo sabrían las paredes de su maltrecho órgano, detenido súbita y definitivamente.
Por ahora aún era una apariencia, una imagen. Era una ilusión. Pero aquello cambiaría.
Si era débil, se volvería fuerte, y aplastaría todo lo que tratase de impedírselo.
Con el tiempo, tras reforzarlo todo a fondo, volvió a abrir las puertas de su corazón. Muchas cosas entraron, tratando de destrozarlo todo a su paso, encontrando que ahora era demasiado fuerte. También entró, sigiloso y mortal, el amor y, con fingida cortesía y falsa sonrisa, le invitó a acomodarse en lo más profundo, en la cama de clavos. Si pretendía quedarse, no iba a ser él quien sufriera su presencia.
Los sentimientos desistieron, agotados, y quedaron esparcidos por el suelo. No podían hacerle daño. Antes sí, pero cubría los daños con su máscara de hielo. Ahora sus ataques resbalaban sobre la superficie marmórea de su corazón sin arañarlo.
Furia, Odio y Orgullo le acompañaron en su paseo triunfal entre los pobres sentimientos muertos que habían quedado desperdigados por todas partes, riéndose con él.
Ya no estaba solo: Soledad había huido la primera.
'-Tú la quieres. ¿Por qué te callas?
-Por miedo. Sabes lo que me duele tenerla como amiga; ¿te imaginas cómo sería no tenerla siquiera?'
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