viernes, 25 de diciembre de 2015
Se fue lejos sin alejarse
Poco a poco se fue quedando vacío, fue perdiendo lo que le quedaba dentro.
Dejó que la ilusión y las esperanzas se fueran lejos hace ya mucho tiempo sin despedirse, quedándose a solas con una tristeza tirana y su señor, don soledad.
Permitió que las manecillas del reloj se detuviesen y que el dolor creciese entre sus sentimientos, como una mala hierba, y dejó que las heridas crecieran lentamente sin molestarse en repararlas.
Las mentiras se retorcieron y enredaron alrededor de su corazón, aislándolo del mundo y sumiéndole en un sueño donde tenía su propia vida alejada de la real, de la que se había cansado muy pronto.
Se inventó un lugar donde no había espejos en los que comprobar lo repulsivo que era, donde corazón no tenía nadie, donde las palabras valían más que nada y todos estaban huecos.
Donde no podía sufrir.
Se creó su burbujita y la lanzó a volar lejos de todos aquellos insultos, lejos del asco por lo que era, lejos de aquel lugar donde las sonrisas se pudrían en cada esquina, huyó para no luchar.
Pensaba que así sería libre, que viviría en la Luna, atrás solo dejaba un cuerpo que le daba asco con los ojos llenos de nada y la sonrisa falsa, y aquello no era una pérdida (en su opinión).
De todas formas, no pudo evitar seguir observando aquello que tan poco valoraba, pero desde lejos, como un mero espectador, para evitar que las balas le rozasen.
Muchas veces acabó frente al armario de las medicinas pensando si sería lo correcto, y muchas veces negó con la cabeza y volvió a su papel en el circo.
Pero sus labios nunca lo admitirían por mucho que su mente sí lo hiciese.
Porque no era el niño que había subido en una burbuja a la Luna, él era una estatua de hielo.
Así que callaba, y seguía adelante.
Él se sentía orgulloso al mirarse a los ojos en el espejo; la gente solo sentía lástima.
Y ninguno de los dos hizo nada por cambiar aquella situación.
Dejó que la ilusión y las esperanzas se fueran lejos hace ya mucho tiempo sin despedirse, quedándose a solas con una tristeza tirana y su señor, don soledad.
Permitió que las manecillas del reloj se detuviesen y que el dolor creciese entre sus sentimientos, como una mala hierba, y dejó que las heridas crecieran lentamente sin molestarse en repararlas.
Las mentiras se retorcieron y enredaron alrededor de su corazón, aislándolo del mundo y sumiéndole en un sueño donde tenía su propia vida alejada de la real, de la que se había cansado muy pronto.
Se inventó un lugar donde no había espejos en los que comprobar lo repulsivo que era, donde corazón no tenía nadie, donde las palabras valían más que nada y todos estaban huecos.
Donde no podía sufrir.
Se creó su burbujita y la lanzó a volar lejos de todos aquellos insultos, lejos del asco por lo que era, lejos de aquel lugar donde las sonrisas se pudrían en cada esquina, huyó para no luchar.
Pensaba que así sería libre, que viviría en la Luna, atrás solo dejaba un cuerpo que le daba asco con los ojos llenos de nada y la sonrisa falsa, y aquello no era una pérdida (en su opinión).
De todas formas, no pudo evitar seguir observando aquello que tan poco valoraba, pero desde lejos, como un mero espectador, para evitar que las balas le rozasen.
Muchas veces acabó frente al armario de las medicinas pensando si sería lo correcto, y muchas veces negó con la cabeza y volvió a su papel en el circo.
Pero sus labios nunca lo admitirían por mucho que su mente sí lo hiciese.
Porque no era el niño que había subido en una burbuja a la Luna, él era una estatua de hielo.
Así que callaba, y seguía adelante.
Él se sentía orgulloso al mirarse a los ojos en el espejo; la gente solo sentía lástima.
Y ninguno de los dos hizo nada por cambiar aquella situación.
Confesiones en una noche oscura
No me gusta el sol.
Será, quizá, porque no me gusta la luz. Siento, cuando el brillo del astro rey me ilumina, que cualquiera puede ver en lo más profundo de mi alma y leer aquellas cosas que tanto me esforcé en esconder, que tanto tiempo me llevó ocultar.
Confío más en la noche, en ella y en la luna de pura plata. Ah, sombras, mis fieles compañeras... Con vosotras, cualquier rasgo de imperfección queda oculto y nunca revelado.
Pero últimamente ni siquiera rodeado por vuestra mansa y pasiva negrura me siento seguro. Veo en vosotras el preludio del futuro oscuro que me espera, el dolor que no sabré sentir, las alegrías que no podré disfrutar. Siempre lo quise, fue mi único deseo, mi único capricho. Ser frío como el hielo, resistente como el acero, eterno como el tiempo mismo.
Mas ahora que se acerca el vencimiento del plazo, ahora que terminan de encajarse las piezas y mi corazón comienza a detenerse, he de confesar que siento miedo. ¿Miedo de qué? De todo y nada a un tiempo.
Pero veo que se acerca el alba y debo callar. Todo termina, y al mismo tiempo comienza, hoy. Despídete del mundo corazón. Decid adiós, sentimientos. Y, por fin, en un único acto de valentía, afronto el miedo de no saber cómo será vivir sin vosotros y os destruyo.
Será, quizá, porque no me gusta la luz. Siento, cuando el brillo del astro rey me ilumina, que cualquiera puede ver en lo más profundo de mi alma y leer aquellas cosas que tanto me esforcé en esconder, que tanto tiempo me llevó ocultar.
Confío más en la noche, en ella y en la luna de pura plata. Ah, sombras, mis fieles compañeras... Con vosotras, cualquier rasgo de imperfección queda oculto y nunca revelado.
Pero últimamente ni siquiera rodeado por vuestra mansa y pasiva negrura me siento seguro. Veo en vosotras el preludio del futuro oscuro que me espera, el dolor que no sabré sentir, las alegrías que no podré disfrutar. Siempre lo quise, fue mi único deseo, mi único capricho. Ser frío como el hielo, resistente como el acero, eterno como el tiempo mismo.
Mas ahora que se acerca el vencimiento del plazo, ahora que terminan de encajarse las piezas y mi corazón comienza a detenerse, he de confesar que siento miedo. ¿Miedo de qué? De todo y nada a un tiempo.
Pero veo que se acerca el alba y debo callar. Todo termina, y al mismo tiempo comienza, hoy. Despídete del mundo corazón. Decid adiós, sentimientos. Y, por fin, en un único acto de valentía, afronto el miedo de no saber cómo será vivir sin vosotros y os destruyo.
Rip
¿Que quién le mató?
Nadie lo sabe, más todos lo sospechan.
Fueron, quizá, las expectativas elevadas que todos pusieron en él.
Se imagina cómplices a los errores nunca perdonados, a los fallos nunca consentidos, a los defectos siempre criticados.
Otras teorías apuntan a la soledad que se le impuso al obligarle a ser, a todos los efectos, perfecto, y a las lágrimas que nunca pudo verter para no demostrar sus debilidades.
Mas, ¿por qué han de importarnos los culpables ahora?
El delito es ya antiguo, pues aunque su cuerpo se moviera, su corazón estaba en su pecho parado desde hace años, y ya ha prescrito. Esta era, simplemente, la consecuencia final que todos esperaban, la muestra de flaqueza que todos ansiaban ver.
Dejemos descansar en paz a los difuntos y no busquemos las razones que llevaron a rodear su cuello con aquella endemoniada soga, pues si lo hacemos todos nos sabremos culpables de la muerte que se ha dado.
Nadie lo sabe, más todos lo sospechan.
Fueron, quizá, las expectativas elevadas que todos pusieron en él.
Se imagina cómplices a los errores nunca perdonados, a los fallos nunca consentidos, a los defectos siempre criticados.
Otras teorías apuntan a la soledad que se le impuso al obligarle a ser, a todos los efectos, perfecto, y a las lágrimas que nunca pudo verter para no demostrar sus debilidades.
Mas, ¿por qué han de importarnos los culpables ahora?
El delito es ya antiguo, pues aunque su cuerpo se moviera, su corazón estaba en su pecho parado desde hace años, y ya ha prescrito. Esta era, simplemente, la consecuencia final que todos esperaban, la muestra de flaqueza que todos ansiaban ver.
Dejemos descansar en paz a los difuntos y no busquemos las razones que llevaron a rodear su cuello con aquella endemoniada soga, pues si lo hacemos todos nos sabremos culpables de la muerte que se ha dado.
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