Poco a poco se fue quedando vacío, fue perdiendo lo que le quedaba dentro.
Dejó que la ilusión y las esperanzas se fueran lejos hace ya mucho tiempo sin despedirse, quedándose a solas con una tristeza tirana y su señor, don soledad.
Permitió que las manecillas del reloj se detuviesen y que el dolor creciese entre sus sentimientos, como una mala hierba, y dejó que las heridas crecieran lentamente sin molestarse en repararlas.
Las mentiras se retorcieron y enredaron alrededor de su corazón, aislándolo del mundo y sumiéndole en un sueño donde tenía su propia vida alejada de la real, de la que se había cansado muy pronto.
Se inventó un lugar donde no había espejos en los que comprobar lo repulsivo que era, donde corazón no tenía nadie, donde las palabras valían más que nada y todos estaban huecos.
Donde no podía sufrir.
Se creó su burbujita y la lanzó a volar lejos de todos aquellos insultos, lejos del asco por lo que era, lejos de aquel lugar donde las sonrisas se pudrían en cada esquina, huyó para no luchar.
Pensaba que así sería libre, que viviría en la Luna, atrás solo dejaba un cuerpo que le daba asco con los ojos llenos de nada y la sonrisa falsa, y aquello no era una pérdida (en su opinión).
De todas formas, no pudo evitar seguir observando aquello que tan poco valoraba, pero desde lejos, como un mero espectador, para evitar que las balas le rozasen.
Muchas veces acabó frente al armario de las medicinas pensando si sería lo correcto, y muchas veces negó con la cabeza y volvió a su papel en el circo.
Pero sus labios nunca lo admitirían por mucho que su mente sí lo hiciese.
Porque no era el niño que había subido en una burbuja a la Luna, él era una estatua de hielo.
Así que callaba, y seguía adelante.
Él se sentía orgulloso al mirarse a los ojos en el espejo; la gente solo sentía lástima.
Y ninguno de los dos hizo nada por cambiar aquella situación.
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