Hoy no soy yo.
No, no soy yo, porque hoy no soy nada ni nadie.
Hoy soy una sombra, una tormenta de tinta negra, el primer rayo de sol de un amanecer violeta. Soy un secreto susurrado a media voz, una mentira andante, soy el grito agónico de las hojas marrones arrastradas por el dios que vive en el viento. Soy una idea, un sueño, el reflejo de una vela moribunda en un espejo empañado. Soy el frío que trepa por tus piernas y te muerde la piel, y el viento que se enreda en tu pelo, y el esbozo de una ilusión. Soy las tres primeras notas de una canción de amor.
Curioso, ¿verdad? Que siendo nada, sea tantas cosas.
Parece incongruente, una incoherencia sin sentido de una mente delirante. Pero no lo es. La nada no es menos nada por no ser absoluta, y si hoy no soy nada es porque soy un millón de vacíos pequeñitos, ausencias en miniatura, que se juntan englobadas en una nada mayor y más profunda. Soy, pues, el silencio de las palabras no dichas, la silueta de una caricia nunca dada y el crujido lastimero de una casa abandonada que sabe que se muere, el último escalón que desaparece cuando lo posas, y también la vida que no llega a empezar. Soy todas las cosas que pudieron ser, pero no fueron. Lo innecesario, lo superfluo, lo prescindible.
No me gusta no ser nada. No, no me gusta, porque no ser nada es estar lleno de vacíos sin fondo, y los vacíos saben a lágrimas amargas, a soledad y a miedo, y a caricias apagadas, y a las miradas frías de unos ojos muertos, y al tic-tac de un reloj cansado. No ser nada es la cosa más agotadora y triste del mundo, porque nadie piensa en lo que no es salvo los poetas y los locos, que son gente triste. Y los poetas locos, que lo son más.
No, no me gusta no ser nada. No me gusta ser el espectro de esas palabras que no me atreví a decirte, ni esa lucha feroz de tus labios contra los míos que nunca llegó a suceder, ni los cadáveres de mil cartas de amor que jamás decidí escribir. No me gusta ser el nosotros que nunca fuimos. Y no me gusta porque duele, y duele mucho, como un millón de suspiros estallándome en el corazón.
Quiero volver a ser algo, aunque ese algo sea yo.
Pero hoy no me será concedido mi deseo.
Hoy seguiré siendo el resplandor de las estrellas que nunca lograron nacer, el amor que asfixié bajo la almohada y el monstruo que no vivía debajo de mi cama. Seguiré siendo un millón de vacíos pequeñitos absorbidos por un vacío mayor que es mi alma. Y lo seguiré siendo mucho tiempo, atrapado en este momento efímero con aspiraciones a ser eterno en cuya infinitud no deja de rebotar una pregunta apenas susurrada que me rompe los oídos y me quema el alma: ¿quién soy yo?
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