domingo, 29 de noviembre de 2015

Allí se encontraba, sentado entre las sombras, embriagado por los dulces aromas del pasado.
En su mano, temblando peligrosamente, una copa de vino a medio acabar; en la otra, una pistola cargada.
Lenta, muy lentamente, levantó la mano y posó el cañón del arma en su sien derecha.
Y apretó el gatillo.
Ninguna bala salió, sin embargo, de aquella pistola. Sonrió, y dejó caer al suelo el vaso.
Frente a él, tumbada desnuda en la cama, cubierta solo por la fina seda de las sábanas, estaba ella, con el mismo rostro dulce, la misma sonrisa angelical y los mismos ojos amables, de un azul casi transparente, que tantas horas había utilizado en memorizar.
Con un gesto grácil, se levantó y se acercó al hombre, sensual, hipnótica, perfecta.
Se detuvo a escasos centímetros, agachándose hasta poner sus labios a la altura de los del otro, y sonrió.
-La siguiente vez sí que habrá bala...-susurró, con una voz que, aunque era exacta a la suya, no era la suya.
-Lo sé-respondió él, suspirando.
El horrible y desgarrador ruido de una bala rompiendo el aire fue lo último que se oyó antes de que la muerte, disfrazada de amor, le cubriera con su túnica.

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