Los cadáveres descompuestos de recuerdos olvidados le rodean.
Memorias que no son suyas, dolores que no le pertenecen, secretos que nunca debió oír, siguen por la ciudad de las luces a aquel que vive en las sombras.
Él nunca se siente inseguro, él nunca falla, él nunca siente nada. Él siempre muestra una sonrisa al que se la pide, aunque no la sienta nunca, y carga con las penas que no le corresponden sin saber muy bien por qué.
Camina, camina sin parar, sin una sola pausa, llevando consigo un corazón que, por no estar vacío, acepta llevar lo que los demás corazones no quieren tener dentro.
Camina sin rumbo, sin destino, camina mirando al horizonte para ver si encuentra la estrella que le guíe a algún lugar donde el dolor que le pertenece por derecho pueda brotar en silencio. Pero en este mundo contaminado, las estrellas llenas de esperanza no se atreven a asomarse entre el humo de los coches y chimeneas.
Sabe que algún día tropezará, porque para huir de la luz trata de mantener los ojos mirando al cielo, pero ni siquiera ante semejante futuro se siente amenazado, sino que reza por una piedra en su camino que consiga abrirle la cabeza y termine con el suplicio de morir varias veces a diario.
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