martes, 20 de octubre de 2015

Alone in the crowd

Siempre es más fácil sonreír que explicar por qué estás triste.
Solo es necesario ponerse la máscara el tiempo suficiente para que la gente pase de largo, y una vez están todos lejos dejar que las lágrimas te desborden los ojos.
Pero, por contradictorio que suene, duele ver que la gente pasa de largo sin preguntar nada, que se crean tu sonrisa sin dudar un instante. Quizá porque, siéndote tan evidente tu propia tristeza, no comprendes cómo los demás no pueden verla.
Aunque también es cierto que ser humano implica ser contradictorio, ¿no?
En el fondo, al ponernos la máscara, al fingir que las cosas van bien, pretendemos que aparezca alguien que note la diferencia. Que nos conozca lo suficiente para notar cuándo nuestra sonrisa es de verdad y cuándo la esbozamos para no preocupar a nadie.
Anhelamos que se nos acerque, nos mire fijamente a los ojos y nos pregunte por qué estamos tristes, y que insista aunque nos neguemos a contarlo. O, simplemente, ansiamos que nos abrace con fuerza y que no nos diga nada.
Y qué triste es comprobar que, después de tanto tiempo mintiendo, eres tan bueno al fingir que nadie duda de tu sonrisa.

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