martes, 28 de noviembre de 2017
¿Mente o corazón? ¿Tú con qué te quedas?
Una decisión demasiado difícil, ¿no crees? A veces esa batalla entre ‘lo que debo’ y ‘lo que quiero’ se convierte en un debate sin final. El problema es que, casi siempre, la persona perjudicada acabas siendo tú. Me enamoré y me dañaron, y aunque una parte de mí siempre me gritó que me alejase, la otra no podía dejarme hacerlo.
Te dirán que busques el equilibrio entre ambos, pero sabes de sobra que eso no es tan sencillo. Así que piénsalo muy bien… si tuvieras que quedarte con uno… ¿Qué eliges?
martes, 24 de octubre de 2017
Suicidio a largo plazo
La tristeza se asienta en cada una de las células de su cuerpo, y no parece tener ganas de irse.
Corre por las calles, buscando algún lugar donde esconderse del dolor sin darse cuenta de que este viaja con él, escondido en su sombra.
No puede evitar pensar que no hace nada bien, que nada le sale a derechas... Y sus pies cogen un giro inesperado en un cruce cualquiera, tratando de huir de esos pensamientos que le rompen el alma.
Mete las manos en los bolsillos y se moja las manos de lágrimas. ¿Cuándo las guardó ahí?
Y, de pronto, se ve de nuevo en el lugar donde comenzó todo, en lo alto del oscuro y afilado precipicio.
Vuelve a dudar, como tantas veces ha hecho. ¿Tirarse y terminar con todo o seguir huyendo de su pasado?
Finalmente, y como hace siempre, se sienta con las piernas colgando y saca un cigarro de la chaqueta, encendiéndolo con el calor de sus emociones incendiarias. Mira la ciudad con desprecio y suelta el humo, tratando de esconder sus luces brillantes bajo la capa de ceniza y dióxido de carbono.
El dolor y la tristeza se asoman detrás de él, pero no terminan de acercarse. Le observan con lástima, preguntándose la razón de su propia existencia, y ni siquiera la misma soledad se atreve a estar a su lado.
Poco a poco, al ritmo que su cigarro se consume y el humo se pierde en el aire de la noche, se deja sorprender por un momento de dulce somnolencia, lejos del mundo, de su pasado, lejos de sí mismo.
Y, por solo un instante, se permite sonreír sin sentir el cadáver del amor presionando sus dientes.
Corre por las calles, buscando algún lugar donde esconderse del dolor sin darse cuenta de que este viaja con él, escondido en su sombra.
No puede evitar pensar que no hace nada bien, que nada le sale a derechas... Y sus pies cogen un giro inesperado en un cruce cualquiera, tratando de huir de esos pensamientos que le rompen el alma.
Mete las manos en los bolsillos y se moja las manos de lágrimas. ¿Cuándo las guardó ahí?
Y, de pronto, se ve de nuevo en el lugar donde comenzó todo, en lo alto del oscuro y afilado precipicio.
Vuelve a dudar, como tantas veces ha hecho. ¿Tirarse y terminar con todo o seguir huyendo de su pasado?
Finalmente, y como hace siempre, se sienta con las piernas colgando y saca un cigarro de la chaqueta, encendiéndolo con el calor de sus emociones incendiarias. Mira la ciudad con desprecio y suelta el humo, tratando de esconder sus luces brillantes bajo la capa de ceniza y dióxido de carbono.
El dolor y la tristeza se asoman detrás de él, pero no terminan de acercarse. Le observan con lástima, preguntándose la razón de su propia existencia, y ni siquiera la misma soledad se atreve a estar a su lado.
Poco a poco, al ritmo que su cigarro se consume y el humo se pierde en el aire de la noche, se deja sorprender por un momento de dulce somnolencia, lejos del mundo, de su pasado, lejos de sí mismo.
Y, por solo un instante, se permite sonreír sin sentir el cadáver del amor presionando sus dientes.
Kingdom of dreams
Ella pensaba que era amor, pero se equivocaba. Todo el tiempo que gastó pensando en él, queriendo su atención... Estaba convencida de que era amor verdadero. Él era el protagonista de cada sueño que soñó, y ella era siempre la princesa esperando en la torre. Pero antes de poder besarla, ella solía romper su corazón. Su amor era imposible, sin importar la situación: solos en el mundo, juntos en la multitud... La respuesta siempre era "No".
Y un día, de pronto, se dio cuenta de que ella no quería querer. Su única obsesión era ser querida. No le importó por qué quería eso, pero lo quería. Ansiaba romper su corazón, romper el corazón de todos.
Él salió de sus sueños, pero no se sintió sola. Empezó a soñar sobre un mundo donde cada palabra que decía era importa, donde todo el mundo la amaba, donde ella era la única y verdadera diosa. Sus dueños se volvieron reales mientras dormía, pero cuando el sol aparecía todo se rompía.
Así que simplemente eligió dormir para siempre y, sonriente, dejó este mundo y se ahogó en el otro.
Y un día, de pronto, se dio cuenta de que ella no quería querer. Su única obsesión era ser querida. No le importó por qué quería eso, pero lo quería. Ansiaba romper su corazón, romper el corazón de todos.
Él salió de sus sueños, pero no se sintió sola. Empezó a soñar sobre un mundo donde cada palabra que decía era importa, donde todo el mundo la amaba, donde ella era la única y verdadera diosa. Sus dueños se volvieron reales mientras dormía, pero cuando el sol aparecía todo se rompía.
Así que simplemente eligió dormir para siempre y, sonriente, dejó este mundo y se ahogó en el otro.
martes, 10 de octubre de 2017
This is the end
Es el fin del mundo, cariño.
El fin del mío, al menos.
Y no hay tsunamis, ni meteoritos, ni una noche eterna sin estrellas, sino un enorme agujero negro en lo más profundo de mi alma que devora con ansia los añicos de los sentimientos que me has roto, las ganas de quererte de toda una vida.
Hace tiempo que estoy cansado de intentarlo, de escarbar en lo más profundo de tus miradas para encontrar un resquicio de amor imaginario que apenas me da fuerzas para seguir adelante, y hoy, después de tantos años luchando contra la realidad, se me han acabado las fuerzas.
Supongo que es lo normal, que tendría que haberlo previsto, pero de algún modo creo que siempre pensé que mi amor por ti sería siempre suficiente para suplir tu indiferencia.
Así que ahora tengo que convencerme de que no me quieres, de que nunca lo harás y de que, tal vez, nunca lo has hecho. Y si lo hiciste... Si lo hiciste, es obvio que hace tiempo que aquel tren partió, dejándome solo en esta estación cuajada de hielo y cristales rotos.
Y es por eso que se acaba mi mundo, un mundo que era para los dos, cosido día a día con retales de ilusiones y sueños de una vida juntos. Ahora que ya no me quedan más jirones de alegría para tapar los agujeros de una fantasía que viene haciendo aguas desde que comenzó solo me queda contemplar cómo se hunde en la nada para siempre.
Quiero creer que es mejor así, que en la vida real un romance como el que yo había imaginado para los dos es imposible. Que es mejor esto que la decepción que habría supuesto un amor incompleto de los que te dejan el corazón manchado de melancolía. Pero una parte de mí grita en silencio que juntos habríamos sido perfectos y no sé cómo acallarla.
¿Sabes? Te he querido mucho, de verdad que sí, y te habría querido más de haber tenido la oportunidad. Mi corazón está surcado por las cicatrices de todas las veces que se me ha roto el corazón pensando en ti, tantas que ya no puedo distinguir unas de otras, y sé que ellas se asegurarán de que nunca te olvide del todo. Pero ahora ya no puedo amarte, ya no sé cómo hacerlo.
Y tus sonrisas, tus suspiros, tu forma de cruzar las piernas, ya no significan nada.
Cosas que antes me hubieran cortado la respiración ahora me dejan indiferente, y no puedo evitar pensar que este nuevo frío, el frío de de la desilusión y el desencanto, es mejor que aquel que me abrazaba cuando, buscando entre tus gestos, no lograba encontrar un mísero resquicio de amor para calentarme.
Porque este tacto gélido que me tritura los huesos duele, pero por lo menos el dolor significa que sigo vivo.
Sí, definitivamente es el fin de mi mundo, pero también sé que de sus cenizas nacerá uno nuevo y más perfecto, lleno de nuevos sueños e ilusiones. El pasado, lo sé, llegará a ser dulce en mi memoria algún día, cuando el tiempo borre los malos momentos y solo queden los buenos, y por eso te doy las gracias, pero no puedo seguir anclado a él.
Tengo que seguir adelante y volver a empezar de cero.
El fin del mío, al menos.
Y no hay tsunamis, ni meteoritos, ni una noche eterna sin estrellas, sino un enorme agujero negro en lo más profundo de mi alma que devora con ansia los añicos de los sentimientos que me has roto, las ganas de quererte de toda una vida.
Hace tiempo que estoy cansado de intentarlo, de escarbar en lo más profundo de tus miradas para encontrar un resquicio de amor imaginario que apenas me da fuerzas para seguir adelante, y hoy, después de tantos años luchando contra la realidad, se me han acabado las fuerzas.
Supongo que es lo normal, que tendría que haberlo previsto, pero de algún modo creo que siempre pensé que mi amor por ti sería siempre suficiente para suplir tu indiferencia.
Así que ahora tengo que convencerme de que no me quieres, de que nunca lo harás y de que, tal vez, nunca lo has hecho. Y si lo hiciste... Si lo hiciste, es obvio que hace tiempo que aquel tren partió, dejándome solo en esta estación cuajada de hielo y cristales rotos.
Y es por eso que se acaba mi mundo, un mundo que era para los dos, cosido día a día con retales de ilusiones y sueños de una vida juntos. Ahora que ya no me quedan más jirones de alegría para tapar los agujeros de una fantasía que viene haciendo aguas desde que comenzó solo me queda contemplar cómo se hunde en la nada para siempre.
Quiero creer que es mejor así, que en la vida real un romance como el que yo había imaginado para los dos es imposible. Que es mejor esto que la decepción que habría supuesto un amor incompleto de los que te dejan el corazón manchado de melancolía. Pero una parte de mí grita en silencio que juntos habríamos sido perfectos y no sé cómo acallarla.
¿Sabes? Te he querido mucho, de verdad que sí, y te habría querido más de haber tenido la oportunidad. Mi corazón está surcado por las cicatrices de todas las veces que se me ha roto el corazón pensando en ti, tantas que ya no puedo distinguir unas de otras, y sé que ellas se asegurarán de que nunca te olvide del todo. Pero ahora ya no puedo amarte, ya no sé cómo hacerlo.
Y tus sonrisas, tus suspiros, tu forma de cruzar las piernas, ya no significan nada.
Cosas que antes me hubieran cortado la respiración ahora me dejan indiferente, y no puedo evitar pensar que este nuevo frío, el frío de de la desilusión y el desencanto, es mejor que aquel que me abrazaba cuando, buscando entre tus gestos, no lograba encontrar un mísero resquicio de amor para calentarme.
Porque este tacto gélido que me tritura los huesos duele, pero por lo menos el dolor significa que sigo vivo.
Sí, definitivamente es el fin de mi mundo, pero también sé que de sus cenizas nacerá uno nuevo y más perfecto, lleno de nuevos sueños e ilusiones. El pasado, lo sé, llegará a ser dulce en mi memoria algún día, cuando el tiempo borre los malos momentos y solo queden los buenos, y por eso te doy las gracias, pero no puedo seguir anclado a él.
Tengo que seguir adelante y volver a empezar de cero.
Set me free
Desearía que las cosas fuesen más fáciles.
Poder odiarte, o quererte, y no tener que debatirme entre dos emociones que, con sus envites, se empeñan en erosionar mi cordura y mi ilusión; saber qué palabras decir para robar tu corazón, o cómo hacerlo para que las que se retuercen en el mío se diluyan entre mis lágrimas y dejen de arañarme la garganta.
Pero es imposible para mí salir de este ciclo viciado, de este círculo sin fin de odio y amor que sabe bien cómo hacerme daño para, sin romperme del todo, aplastarme el alma.
Y esas palabras que siempre he deseado decirte -palabras que, tal vez, tú siempre has querido oír- son tan hábiles en dejarme los labios manchados de escarcha... No recuerdo cuándo fue la última vez que desperté sin sentir al instante ese frío amargo en la punta de la lengua, y creo que nunca nadie alcanzará a comprender lo difícil que es encontrar un resquicio de ilusión al que abrazarme en una casa llena del hielo de tus ausencias, de espectros de una vida que hace equilibrios entre la existencia y la nada, que se adhieren a mi piel y me asfixian poco a poco.
Dios, ¡cuánto desearía, al menos, poder olvidarte!
Pero ni sé cómo hacerlo, ni tu pareces dispuesta a que lo haga, porque cada vez que lo intento sabes lanzarme una mirada, directa a lo más hondo de mi alma, que me hace temblar como una hoja al viento, y no puedo evitar volver a caer de rodillas.
Y lo peor es que no entiendo por qué no te decides a terminar con mi agonía.
Podría sobrevivir al dolor de tu rechazo, retirarme y coserme las heridas, arreglar de alguna forma lo que me quedase de corazón. Con el dolor, qué triste es admitirlo, ya sé lidiar..
Pero la duda... la duda me destruye, me mata desde dentro. Me sonríes, me ignoras, tus labios susurran mi nombre, dándome alas para soñar con un futuro juntos, y entonces me abates con tus flechas para que me estrelle contra el suelo.
Si es un juego, por favor, explícame las reglas y déjame jugar a mí también; y si no lo es, entonces, por favor, acaba con esto de una vez, te lo ruego, porque yo ya no puedo más. Estoy tan cansado de luchar...
Solo necesito que me des una señal, solo una.
Dime si merece la pena seguir a tus pies. Dime si el amor que he creído encontrar en tus ojos es real, si alguna vez lo fue. Dime si he perdido el tiempo enamorándome de ti.
Dime... ¡no sé!, lo que sea.
Yo ya he perdido, ya me he rendido. He renunciado a cualquier posibilidad de escapar de esta prisión sin barrotes en la que me tienes preso.
Así que ahora es cosa tuya.
Mátame o libérame.
Yo lo único que te pido es que termines pronto
lunes, 9 de octubre de 2017
Wolf
Sara se tumbó sobre la hierba, a apenas unos metros del forastero, y dejó que sus ojos, como los de él, resbalasen por las nubes sin detenerse en ninguna. El verano se acababa, y las flores, que habían empezado a marchitarse, llenaban el campo con el empalagoso aroma de la muerte.
-Va a anochecer-murmuró: las primeras estrellas ya empezaban a asomar por el este. Él no respondió-. Deberías buscar un sitio donde pasar la noche. Hemos tenido problemas con los lobos este último mes.
El muchacho soltó una carcajada amarga y, apoyándose en las palmas de las manos, se incorporó hasta quedar recostado sobre su abrigo. Su caballo, que pacía a unos pasos de distancia, levantó la cabeza para mirar a su dueño, extrañado.
-Los lobos que me preocupan no viven aquí fuera, pequeña.
Sara agachó los ojos, avergonzada, y por un instante pareció que una sombra los atravesaba.
¿Cuántas veces, con los quince años recién cumplidos, había sentido ya en sus carnes el aliento pringoso de aquellos lobos que se alimentaban de la desesperación ajena? Muchas. Demasiadas. Hacía tiempo que había dejado de contarlos, pero sus caras aún volvían de vez en cuando para atormentarla y arrancarle el aire de los pulmones. Y, aunque era imposible que él lo supiera, aquellas palabras eran en cierto modo una acusación.
-En cualquier caso-continuó él, sacudiendo la cabeza al tiempo que se ponía de pie-, seguramente me marche antes de que salga la luna. Aún me queda mucho camino por recorrer, y esta ciudad me pone enfermo.
Mientras se estiraba, de espaldas a ella, Sara aprovechó para observarle en detalle por primera vez, en un sutil intento de desenmarañar aquel rompecabezas andante. Pero cuanto más lo miraba, cuanto más deseaba entender el magnetismo oscuro de aquel desconocido, más espeso se volvía el velo de misterio que envolvía al forastero, y más aumentaba su frustración.
¿Qué era? ¿Qué había en aquel tipo, tan familiar y al mismo tiempo tan... aterrador?
En aquel momento, como si le hubiera leído el pensamiento, el extranjero giró la cabeza y clavó sus ojos en los de ella, y Sara sintió que aquellos ojos, aquellos enormes ojos negros, como los de una bestia o un demonio, amenazaban con devorarla.
Una sola gota de sudor frío le recorrió la espalda, y sus manos empezaron a temblar. Sin embargo, fue él quien, después de apenas un instante, apartó la mirada, como si se avergonzase de algo que acababa de pensar.
-Vuelve a casa, pequeña-murmuró con un hilo de voz-. No soy buena compañía.
¿Volver a casa? Sí, eso sonaba razonable. Ni siquiera sabía por qué le había seguido en primer lugar, y por experiencia sabía que estar allí tan tarde y sola no podía terminar bien. Pero, en lugar de huir como le pedía cada fibra de su ser, Sara se levantó y, temblando como una hoja, se acercó a él. Su instinto de supervivencia le gritaba a cada paso que era un suicidio, que corriese hasta que las piernas le fallasen, que volviese a su zulo húmedo y se olvidase de aquel desconocido... pero había algo que tenía que comprobar. Había llegado demasiado lejos, y ahora era demasiado tarde.
De pie frente a él, Sara levantó la cabeza para contemplar aquellos ojos que, desde lo alto, le devolvían la mirada sin pestañear, vidriosos y trémulos, afilados como lanzas.
-Llévame contigo-suplicó con la voz rota.
Su mano, agarrotada y entumecida, buscó la cara del extranjero, que recibió la caricia con una mezcla de recelo y voracidad, como si hubieran pasado años desde la última vez y hubiera olvidado el tacto cálido del cariño. Él también, presa de aquel instante agridulce, extendió la mano hacia la mejilla de Sara, y la acarició con una ternura torpe y delicada. En aquel momento, ambos se reconocían como iguales. Como dos muñecos rotos que, con solo mirarse a los ojos, encontraban reflejadas en el otro sus mismas heridas de guerra.
Sara deslizó su mano por la mejilla del extranjero, y siguió descendiendo por su cuello hasta detenerse en su corazón, que latía acelerado. También el suyo, después de tanto tiempo, parecía despertar.
-Llévame contigo-repitió, desconsolada-, y sálvame de los lobos.
viernes, 29 de septiembre de 2017
Suscribirse a:
Entradas (Atom)