La tristeza se asienta en cada una de las células de su cuerpo, y no parece tener ganas de irse.
Corre por las calles, buscando algún lugar donde esconderse del dolor sin darse cuenta de que este viaja con él, escondido en su sombra.
No puede evitar pensar que no hace nada bien, que nada le sale a derechas... Y sus pies cogen un giro inesperado en un cruce cualquiera, tratando de huir de esos pensamientos que le rompen el alma.
Mete las manos en los bolsillos y se moja las manos de lágrimas. ¿Cuándo las guardó ahí?
Y, de pronto, se ve de nuevo en el lugar donde comenzó todo, en lo alto del oscuro y afilado precipicio.
Vuelve a dudar, como tantas veces ha hecho. ¿Tirarse y terminar con todo o seguir huyendo de su pasado?
Finalmente, y como hace siempre, se sienta con las piernas colgando y saca un cigarro de la chaqueta, encendiéndolo con el calor de sus emociones incendiarias. Mira la ciudad con desprecio y suelta el humo, tratando de esconder sus luces brillantes bajo la capa de ceniza y dióxido de carbono.
El dolor y la tristeza se asoman detrás de él, pero no terminan de acercarse. Le observan con lástima, preguntándose la razón de su propia existencia, y ni siquiera la misma soledad se atreve a estar a su lado.
Poco a poco, al ritmo que su cigarro se consume y el humo se pierde en el aire de la noche, se deja sorprender por un momento de dulce somnolencia, lejos del mundo, de su pasado, lejos de sí mismo.
Y, por solo un instante, se permite sonreír sin sentir el cadáver del amor presionando sus dientes.
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