jueves, 7 de enero de 2016

La reconquista

"Reconquista".
Bonita palabra.
Volver a conquistar.
Recuperar lo perdido.
Creo que estoy viviendo una reconquista en mi interior.
El reducto de alegría de mi corazón, tan pequeño, está enfrentándose al régimen de tristeza establecido hace tanto tiempo.
No puedo prometerme la victoria, pero sí que no perderé.
Armadas hasta los dientes, partes de mi alma aún brillantes despegan la sombra adherida a mi corazón.
Van a luchar.
Y mi mente, tan comúnmente neutral, esta vez va a luchar por lo que es justo.
Esta vez la luz volverá a mí.
No importa cuánto me cueste. No importa qué me cueste.
Voy a entregarle a sus verdaderos propietarios, a los "sentimientos primarios", lo que les pertenece y que la tristeza tomó por la fuerza.
Voy a volver a llenar mis sonrisas de entusiasmo puro y no de esa fría seudoalegría creada para contentar a los demás.
Voy a ser feliz.

lunes, 4 de enero de 2016

Lejos de aquí

Quiero sentir tus dedos recorriendo cada centímetro de mi cuerpo, acariciando cada cicatriz mientras nuestros labios se enfrentan buscando conquistarse mutuamente.
Quiero notar tu respiración agitada sobre mí y aplastar tu cuerpo contra el mío hasta ser la mitad de un algo perfecto, indescriptible.
Quiero un instante de éxtasis absoluto, un estallido de placer que se lleve la soledad y desmigaje las cenizas de este universo hueco y apagado.
Quiero sentirme vivo.
No te confundas conmigo, por favor.
Nunca va a pasar nada entre nosotros, ni siquiera si fueras algo más que la silueta de una ilusión enterrada en lo más profundo de mi mente.
De vez en cuando me permito soñar contigo, me concedo unos momentos de falsa realidad y finjo que soy algo más que una estatua de hielo. Unos momentos jugando a ser débil y vulnerable antes de volver a dejarme arrastrar por el embriagador efecto anestésico de la gélida morfina que corre por mis venas.
Aún no sé por qué lo hago, la verdad. Por qué me permito seguir creyendo que soy un humano de verdad, aunque solo sea a veces.
Mi teoría es que me encantaría serlo siempre, que en lo más profundo de mi ser deseo ser como los demás y no un robot que navega por este océano de insensibilidad, pero a la vez me da miedo el dolor que eso generaría.
Si solo permito que las emociones me dominen un instante y luego me dejo envolver por la seguridad de esta neblina narcótica no hay riesgo de hacerme daño. Puedo sentir un instante de romanticismo, como una descarga de felicidad directa al corazón, y luego regresar a la calma y la estabilidad con mis sentimientos intactos.
Sé que es algo cobarde, ¿para qué mentir? Cuando no aguanto más el tedio de la tranquilidad plena hago una apuesta sin riesgo y consigo la cantidad justa de emoción para convencer a mi corazón de dejarse invadir por la anestesia. Y, para más seguridad, esa emoción procede de una ilusión que únicamente existe en algún lugar recóndito en lo más profundo de mi imaginación.
¿Que podría ser más feliz si me arriesgase? Lo sé, lo sé perfectamente. Sé que, en comparación con la felicidad de verdad, este chute de alegría ficticia no es más que una mota de polvo sin valor. Pero también sé que mi tristeza se reduce a una leve melancolía fácilmente ignorable, y que la de verdad es como una montaña gigantesca que se te cae encima y te aplasta los huesos, te rompe el alma y se lleva todo como un huracán furioso. Sé que hay gente que nunca se recupera de eso.
Y a lo mejor fue eso lo que me pasó, aunque no lo recuerde. Tal vez un día desperté y había llegado al límite, y ya no quería sentir más. Quizás decidí que era preferible no sentir nada a sentir demasiado. O puede que naciera siendo un monstruo, no lo sé.
Lo único que tengo claro es que, por ahora al menos, me basta con esto. ¿Por qué intentar arreglar algo que no está estropeado?

viernes, 25 de diciembre de 2015

Y así es como mi vida sigue, siempre igual, siempre amarga. De una oscuridad a otra, y de vuelta a la primera, con la tristeza como una constante en la ecuación de mi existencia. Siempre superando las ganas de morir del todo, de terminar con el dolor. Siempre reprimiéndome, siempre viviendo.

Se fue lejos sin alejarse

Poco a poco se fue quedando vacío, fue perdiendo lo que le quedaba dentro.
Dejó que la ilusión y las esperanzas se fueran lejos hace ya mucho tiempo sin despedirse, quedándose a solas con una tristeza tirana y su señor, don soledad.
Permitió que las manecillas del reloj se detuviesen y que el dolor creciese entre sus sentimientos, como una mala hierba, y dejó que las heridas crecieran lentamente sin molestarse en repararlas.
Las mentiras se retorcieron y enredaron alrededor de su corazón, aislándolo del mundo y sumiéndole en un sueño donde tenía su propia vida alejada de la real, de la que se había cansado muy pronto.
Se inventó un lugar donde no había espejos en los que comprobar lo repulsivo que era, donde corazón no tenía nadie, donde las palabras valían más que nada y todos estaban huecos.
Donde no podía sufrir.


Se creó su burbujita y la lanzó a volar lejos de todos aquellos insultos, lejos del asco por lo que era, lejos de aquel lugar donde las sonrisas se pudrían en cada esquina, huyó para no luchar.
Pensaba que así sería libre, que viviría en la Luna, atrás solo dejaba un cuerpo que le daba asco con los ojos llenos de nada y la sonrisa falsa, y aquello no era una pérdida (en su opinión).
De todas formas, no pudo evitar seguir observando aquello que tan poco valoraba, pero desde lejos, como un mero espectador, para evitar que las balas le rozasen.
Muchas veces acabó frente al armario de las medicinas pensando si sería lo correcto, y muchas veces negó con la cabeza y volvió a su papel en el circo.
Pero sus labios nunca lo admitirían por mucho que su mente sí lo hiciese.
Porque no era el niño que había subido en una burbuja a la Luna, él era una estatua de hielo.
Así que callaba, y seguía adelante.
Él se sentía orgulloso al mirarse a los ojos en el espejo; la gente solo sentía lástima.
Y ninguno de los dos hizo nada por cambiar aquella situación.

Confesiones en una noche oscura

No me gusta el sol.
Será, quizá, porque no me gusta la luz. Siento, cuando el brillo del astro rey me ilumina, que cualquiera puede ver en lo más profundo de mi alma y leer aquellas cosas que tanto me esforcé en esconder, que tanto tiempo me llevó ocultar.
Confío más en la noche, en ella y en la luna de pura plata. Ah, sombras, mis fieles compañeras... Con vosotras, cualquier rasgo de imperfección queda oculto y nunca revelado.
Pero últimamente ni siquiera rodeado por vuestra mansa y pasiva negrura me siento seguro. Veo en vosotras el preludio del futuro oscuro que me espera, el dolor que no sabré sentir, las alegrías que no podré disfrutar. Siempre lo quise, fue mi único deseo, mi único capricho. Ser frío como el hielo, resistente como el acero, eterno como el tiempo mismo.
Mas ahora que se acerca el vencimiento del plazo, ahora que terminan de encajarse las piezas y mi corazón comienza a detenerse, he de confesar que siento miedo. ¿Miedo de qué? De todo y nada a un tiempo.
Pero veo que se acerca el alba y debo callar. Todo termina, y al mismo tiempo comienza, hoy. Despídete del mundo corazón. Decid adiós, sentimientos. Y, por fin, en un único acto de valentía, afronto el miedo de no saber cómo será vivir sin vosotros y os destruyo.

Rip

¿Que quién le mató?
Nadie lo sabe, más todos lo sospechan.
Fueron, quizá, las expectativas elevadas que todos pusieron en él.
Se imagina cómplices a los errores nunca perdonados, a los fallos nunca consentidos, a los defectos siempre criticados.
Otras teorías apuntan a la soledad que se le impuso al obligarle a ser, a todos los efectos, perfecto, y a las lágrimas que nunca pudo verter para no demostrar sus debilidades.
Mas, ¿por qué han de importarnos los culpables ahora?
El delito es ya antiguo, pues aunque su cuerpo se moviera, su corazón estaba en su pecho parado desde hace años, y ya ha prescrito. Esta era, simplemente, la consecuencia final que todos esperaban, la muestra de flaqueza que todos ansiaban ver.
Dejemos descansar en paz a los difuntos y no busquemos las razones que llevaron a rodear su cuello con aquella endemoniada soga, pues si lo hacemos todos nos sabremos culpables de la muerte que se ha dado.

domingo, 29 de noviembre de 2015

Allí se encontraba, sentado entre las sombras, embriagado por los dulces aromas del pasado.
En su mano, temblando peligrosamente, una copa de vino a medio acabar; en la otra, una pistola cargada.
Lenta, muy lentamente, levantó la mano y posó el cañón del arma en su sien derecha.
Y apretó el gatillo.
Ninguna bala salió, sin embargo, de aquella pistola. Sonrió, y dejó caer al suelo el vaso.
Frente a él, tumbada desnuda en la cama, cubierta solo por la fina seda de las sábanas, estaba ella, con el mismo rostro dulce, la misma sonrisa angelical y los mismos ojos amables, de un azul casi transparente, que tantas horas había utilizado en memorizar.
Con un gesto grácil, se levantó y se acercó al hombre, sensual, hipnótica, perfecta.
Se detuvo a escasos centímetros, agachándose hasta poner sus labios a la altura de los del otro, y sonrió.
-La siguiente vez sí que habrá bala...-susurró, con una voz que, aunque era exacta a la suya, no era la suya.
-Lo sé-respondió él, suspirando.
El horrible y desgarrador ruido de una bala rompiendo el aire fue lo último que se oyó antes de que la muerte, disfrazada de amor, le cubriera con su túnica.