sábado, 22 de junio de 2013

Inquebrantable

inquebrantable aun en noches como esta, donde aplico sobre mi un inmerecido auto-castigo que arranca un pétalo mas, tal vez esperando a que todo acabe con el te quiero mas insurgente,Pero acabo mordiendo el tallo conforme el amanecer se acerca y mis aullidos se desvanecen con los primeros rayos del sol, para volver a dimitir como humano y contemplar los inmensas cordilleras de basura que eclipsan mi ser.

tal vez no halla mañana y esta insana nana deje de dormirme, tengo un contrato correspondencia-impotencia que ya firmé, olvidando seguir firme,
Seguiré recordando que olvidar noches como esas es como creer que el cielo se abrirá para nosotros absorbiendo todos los atardeceres rotos,
el universo prosigue en su caótico orden y la galaxia que no colisiona y yo preguntando hasta cuando, que jamas llegue el día que las esperanzas estorben y ardan para siempre los sueños que nos están quemando 
y anhelar la felicidad no es delito es un derecho vital que no puedo evitar,cuando quiero me resucito, pero a la muerte nunca le da por avisar 

Inquebrantable y frágil como lagrimas de resistencia entre agujeros negros buscando la estrella que perdí, vuelvo a romper la flor del destino mientras vislumbro jardines a lo lejos, que espero no tener que deshojar, vuelvo a quemar otro poema donde escribí mi redención, arde como el olvido al mínimo contacto con las palabras que no te dije, ahora es aire, tal vez lo respires y se te dilate las pupilas para darte cuenta de todo y yo dejando que el dolor baile, pisándole los pies a mis noches intranquilas, cuantos segundos les robo, en el ultimo escribo este poema, esta vez, ignífugo.

domingo, 16 de junio de 2013

Nada



Nunca llegaremos a ser nada.
Y no sé si echarle la culpa al orgullo, a la cobardía o a las circunstancias, pero duele. Duele mucho.
Duele despertar solo, envuelto en unas sábanas muertas de frío que me susurran tu nombre y me recuerdan que juntos podríamos ahuyentar al miedo.
Duele que mi corazón ruja de hambre cada vez que nos cruzamos  y tener que alimentarlo con las lágrimas de frustración que no me permito llorar.
Duele clavar las uñas en el hormigón hasta sangrar para que no me levantes por los aires con una mirada, solo porque me aterra que luego me dejes caer.
¿Cómo puede ser que algo que empezó como un cuento de hadas vaya a acabar tan mal?
Y lo peor es que ni siquiera intentamos evitarlo.
Aun sabiendo que se nos acaba el tiempo,  ya no nos volveremos a ver y que la distancia acabará por rompernos, seguimos paralizados, esperando a que el otro de el primer paso. A que el otro se trague el miedo y tenga el valor de saltar al vacío.
Pero ninguno lo hará; ninguno correrá el riesgo.
Joder, qué patéticos somos.
Y nos quedaremos atrapados en este ciclo de saludos, miradas y despedidas que no llevan a ninguna parte, de conversaciones triviales cargadas de indirectas demasiado sutiles, demasiado ambiguas, hasta que un día todo esto pierda el poco sentido que tiene y dejemos de buscarnos. Hasta que solo nos queden el arrepentimiento y las palabras que callamos para hacernos compañía.
Qué triste.
Pensar que llegará el día en que tu mirada, capaz de romper el tiempo en pedacitos, ya no signifique nada para mí... El estómago se me encoge solo de pensarlo, y las dudas, que me tienen rodeado, me apuñalan con sus lanzas de papel.
¿Dónde cultivaré mis sueños, si no es en la miel de tus labios?
¿Quién ocupará el enorme vacío que dejarás cuando te vayas?
¿En qué pensaré hasta dormirme cuando el tequila no venza al insomnio?
Y de verdad que odio sentirme así, tan impotente, tan masoquista. Odio dejar que el miedo a lo que pueda pasar me paralice y me haga sentir tan pequeño, y odio pensar que el mañana no logrará imitar lo que el hoy me hace sentir, aunque la experiencia me diga que lo hará.
Pero no sé cambiarlo. No me atrevo a cambiarlo, en realidad. Y tú tampoco lo harás.
Así que esta será nuestra historia, si es que se puede llamar así. Una mala novela de diálogos intrascendentes, de sonrisas que duelen por dentro, de labios llenos de heridas de tanto mordérnoslos para callar lo que queremos decir. De distancias kilométricas comprimidas en apenas un par de metros. De esperas que no se acaban, hasta que se nos acaben las esperas.
¿Y el final? Lo desconozco. Pero no será un final feliz, créeme, porque no nos lo merecemos.
Porque somos cobardes, y orgullosos, y nos sometemos a las circunstancias.
Porque aceptamos el dolor sin confiar en que luego venga algo mejor.
Porque sabemos que podríamos serlo todo
y, en vez de intentarlo,


nos contentamos con no ser nada.

viernes, 7 de junio de 2013

Las mil caras del diablo

Es curioso cómo a veces se busca la calma bailando con el demonio, jugando con el dolor. Quizá sea la tranquilidad del mal conocido, la rutina de una historia de soledad ya conocida.
Y sin embargo, el tiempo se convierte a veces en el peor enemigo, por haber robado la seguridad que daba esa capacidad de destrucción en el momento elegido por culpa de –o gracias a– ese elemento recurrente que ahora a duras penas logra evocar el pasado. Por haber robado esa sensación de saberte, de algún modo, causa de la tormenta y dueña de la catástrofe.

Y, ahora, esa música retumbando en tu cerebro se ha convertido en cenizas. Incluso en vida, tal vez.

¿Y cómo se llama a Lucifer cuando ha cambiado de nombre sin transformar sus iniciales?
¿Cómo se lidera a todo un ejército de ángeles caídos?

Tal vez sucumbiendo a la tentación. Bailando, jugando  y retando al mismo diablo.

domingo, 5 de mayo de 2013

Primera y última Carta


Una vez empiezas a mentir, decir la verdad deja de ser una opción.
Solo puedes seguir adelante, caminando entre el fango buscando a ciegas el camino a seguir.
¿Que duele? ¿Que no puedes seguir? ¿Que sientes que te asfixias? Deja de lamentarte por haber comenzado esta gran farsa, sonríe y salta de charco en charco para cubrir a los demás con la misma porquería que llena tus zapatos.
Porque si no lo haces, porque si los demás no están tan sucios como tú, ¿cómo sentirte superior entonces? Para eso le diste cuerda a esta gran máquina, ¿no es cierto? Por ser mejor que todos.
La verdad, como ya he dicho, no entra en esos planes de grandeza; contarla solo te hundiría más en el barro.
Si no puedes con tu alma, déjala a un lado. Si te pesa el corazón, átale un bloque de cemento y tíralo en este cenagal. Si tienes ganas de llorar... Bueno, si tienes ganas de llorar, llora, pero asegúrate de que nadie pueda verte.
No sirve de nada arrepentirse. Reconoce, pero en voz baja y a solas, tu error, como hicieron en su día todos los que están aquí tras años de enrevesados engaños; pero no te tengas lástima ni intentes desentenderte de todo. Si no puedes hacer nada por arreglar algo, ¿qué sentido tiene lamentarse? Sigue adelante, con la cabeza bien alta y el orgullo en los ojos.
Porque si alguien nota debilidad, si huelen tus heridas, si ven en tu mirada el miedo... entonces todo se habrá acabado para ti. Viviendo entre hienas, entre buitres, entre... entre gente como tú, la piedad no tiene lugar. El juego es simple: cuanto menos te manches y más ensucies al resto, mejor, y si llegas al final de la partida sin que nadie haya sido capaz de tocarte puedes empezar a sentirte un dios.
Querida amiga, debo ahora despedirme tras exponerte la parte de tus pensamientos que ignoras deliberadamente y que yo tan bien conozco; nuevas amistades me requieren y es posible que sepa guiarlas como corresponde en este mundo de sombras y de dudas.

miércoles, 24 de abril de 2013

El tiempo se nos va

Se fue.
Y no lo hizo de golpe, no, sino a poquitos. Dejó de mirarme, de suplicarme con cada suspiro que la besase, de crear encuentros "aleatorios" para poder devorarnos con una sonrisa. Dejé de chocar con su mirada, de entender el lenguaje secreto de sus labios mudos, de perderme por la ciudad para cruzarme con ella. Y a base de decepciones, dejamos de ser el uno para el otro.
Se marchó ‒la dejé irse‒ tan poco a poco, y me di cuenta tan tarde de que (también) ella se marchaba...
Pero en el fondo eso da igual, ¿sabes? Me da igual.
Lo que me duele, lo que me cabrea, lo que me retuerce el corazón, es que no eras tú.
¡Estaba tan convencido de que por fin te había encontrado...! Creía que era la correcta de todo corazón, y de todo corazón me equivoqué.
Dios, cómo me equivoqué.
Y tú sigues ahí fuera, quién sabe dónde, en algún lugar de esta enorme canica azul que cada día está más llena de personas. Personas que cada día están más vacías.
¿Acaso me buscas como yo te busco a ti? ¿O juegas al escondite como si no me fuese la vida en esta caza del tesoro? ¿Me esperas tal vez en una tumba porque llego demasiado tarde?
No hay respuesta. Nunca la hay.
Empiezo a preguntarme si algún día lograré alcanzarte, o si merecerá la pena. Si no será mejor aprender a conformarme con este amor envasado que la vida se empeña en lanzarme a la cara.
Sí, me estoy volviendo ‒me estás volviendo‒ escéptico, y empiezo a sospechar que el final de los cuentos de hadas es una tontería, y que para mí solo hay hambre y tristeza conjugada en singular al final de esta historia sin argumento.
Y, sin embargo, cuanto más dudo, cuanto más intento aceptar que tú no existes, más te busco sin querer, y a mi corazón acelerado se le saltan los puntos y se le reabren cicatrices olvidadas, y no puedo evitar pensar en lo mucho que he amado, y en lo poco que me han querido.
¡Qué vida más estúpida!
¡Y qué estúpido es el amor!
Basta con probarlo una vez, aunque esté caducado y te deje un regusto amargo en los labios, para saber que volverás a caer ‒que nunca volverás a levantarte‒. Que seguirás buscando el de verdad, ese que se deja adivinar en los amaneceres de sábanas revueltas y caricias inocentes y se pierde con una puñalada disfrazada de "siempre podemos seguir siendo amigos".
Qué claras se ven las cosas entonces, ¿eh? Con qué convicción afirmamos que jamás dejaremos de luchar, que no nos fallarán las fuerzas, que encontraremos a alguien que no nos deje la lengua manchada de soledad y tristeza y miedo.
Pero luego pasan los años, que pesan cada vez más, y llegan la desilusión y las despedidas incompletas, y seguimos buscando solo para convencernos de que tantas heridas no son fruto del más ridículo masoquismo.
Al final ya no creemos en el amor porque queramos hacerlo, sino porque necesitamos creer en algo, aunque ese algo sea una fuerza maligna que se divierte envenenándonos desde dentro.
¡Y me cuesta tanto no desconfiar últimamente! ¡Resulta tan difícil escuchar el timbre de la puerta e imaginar que serás tú!
Se nos acaba el cuento, lo presiento, y la princesa sigue sin aparecer, a mí se me ha desteñido el azul y ya no se me ocurre cómo hacer para que mi corazón siga esperándote cuando en secreto cada vez tengo más claro que no existes.
Pronto volveré a encontrarte ‒o a creer que te encuentro, ¿qué más da?‒, y no estoy seguro de si esta vez me molestaré en comprobar que realmente eres tú.
Así que, si vas a aparecer, hazlo pronto. Y si no...
...
Tú solo aparece.
Por favor.
Aparece.

Sobre la felicidad y otros sueños imposibles

Seguimos levantándonos.
Día a día, nos arrastramos fuera de nuestras camas, nos disfrazamos de personas decentes y salimos al mundo dispuestos a seguir luchando.
Sin preguntas, sin dudas, sin reflexión de ningún tipo.
Luchar y sobrevivir, eso es lo único que importa. Los dos principios básicos que rigen nuestra existencia, grabados en lo más profundo de nuestro ser.
No somos más que animales.
Pero somos optimistas, ¿eh? Que conste. Y aunque sepamos que solo somos tributos, vírgenes inocentes condenadas a ser devoradas por esa bestia omnipresente que es la muerte, nos empeñamos en buscarle el lado bueno a esta vida de perros.
Así que, de vez en cuando, nuestro abotargado cerebro nos inunda con una oleada de elementos químicos que ingenuamente llamamos felicidad, y durante unas cuantas horas podemos percibir, aunque difuminado, un pedazo de ese paraíso que todas las religiones prometen.
Y, no sé, como que el cielo es menos gris, ¿verdad?, y la miel sabe más dulce, y el frío en los ojos de la gente no nos hiere tan profundo. Y puedes pasarte veinte minutos seguidos sentado en un banco, contemplando cómo dos pájaros juegan, cantan, se persiguen...
Esos días dejamos de ser engranajes dentro de una máquina que ni alcanzamos a comprender y somos algo más, aunque solo sea por unos instantes. Nos convertimos en espectadores de esta obra de teatro sin presupuesto y descubrimos que, vista desde fuera, la vida es más majestuosa de lo que parece mientras giramos en la posición que nos corresponde.
Es verdad que esa alegría no dura demasiado. Que de pronto parpadeas y los cerezos en flor vuelven a parecerte una tontería, y los coches dejan de ser escarabajos metálicos de fantasía, y el frío de esta ciudad te abraza y se te clava hasta las entrañas.
Pero supongo que eso también es parte de su encanto, ¿no? Y que tal vez la felicidad vale tanto porque apenas tarda en irse de nuevo, y nunca avisa de cuándo va a volver.
Porque, si siempre fuésemos felices, ¿qué distinguiría un segundo del siguiente? ¿Qué llenaría de magia un bol de cereales? ¿Qué haría que un beso, un atardecer, una mañana de un verano cualquiera en el parque fuesen especiales?
No, la vida tiene más sentido así, siendo infelices. Soñando con que la felicidad vuelva a llamar a nuestra puerta en cualquier momento. Alimentándonos del recuerdo de la última vez que lo hizo.
Vivimos con la esperanza de que, en cualquier momento, el aire volverá a llenarse de canciones, y el sol nos calentará la piel, y respirar no nos llenará los pulmones de humo.
Y eso está bien.
Así tenemos una razón para, día a día, arrastrarnos fuera de nuestras camas, disfrazarnos de personas decentes y salir al mundo a seguir luchando.
Así tenemos una razón para seguir levantándonos.

domingo, 21 de abril de 2013

La importancia de lo que no es importante


Lo más importante del mundo es lo que a mí me resulta importante en este momento,
quizá ayer me daba igual y mañana ya lo haya olvidado,
pero ahora mismo lo más importante del mundo es lo que a mí me resulta importante en este momento.

No quiero un consejo y, sobre todo, no quiero que me digan que no es para tanto,
ya llegaré a esa conclusión yo solito cuando toque.
Sé que hay asuntos muchísimo más urgentes
y que ahí fuera debe de haber miles de millones de personas enfrentándose a situaciones enormemente más complejas, delicadas o peligrosas;
pero yo no soy ellos, yo soy yo
y ahora mismo lo más importante del mundo es lo que a mí me resulta importante
[en este momento.]

Si lloro porque tengo seis años y he colado una pelota en un tejado,
si lloro porque mi novio de quince años se ha liado con otra;
si lloro porque me siento incomprendido o porque ha perdido mi equipo,
no te quedes con el motivo, quédate con que estoy llorando...
y estoy llorando porque estoy dolido.

No me mires con condescendencia, no te burles y no me digas que es ridículo,
porque cuando para ti sea importante lo que para mí no lo sea, no querrás que te mire con condescendencia, ni que me burle, ni que te diga que es ridículo.

Nada es importante si no tiene que ver contigo,
porque todos los días niños cuelan pelotas en tejados, novias se sienten engañadas y hombres y mujeres se sienten incomprendidos.
Todos los días mueren padres, y madres, y parejas e hijos,
todos los días a alguien le diagnostican cáncer, a alguien le piden matrimonio y miles de mujeres dan a luz a miles de niños.

¿Es importante?
Para ti no... mientras no tenga nada que ver contigo,
pero al final todos sufrimos en nuestras carnes
la importancia de lo que no es importante.