Es curioso cómo a veces se busca la calma bailando con el demonio, jugando con el dolor. Quizá sea la tranquilidad del mal conocido, la rutina de una historia de soledad ya conocida.
Y sin embargo, el tiempo se convierte a veces en el peor enemigo, por haber robado la seguridad que daba esa capacidad de destrucción en el momento elegido por culpa de –o gracias a– ese elemento recurrente que ahora a duras penas logra evocar el pasado. Por haber robado esa sensación de saberte, de algún modo, causa de la tormenta y dueña de la catástrofe.
Y, ahora, esa música retumbando en tu cerebro se ha convertido en cenizas. Incluso en vida, tal vez.
¿Y cómo se llama a Lucifer cuando ha cambiado de nombre sin transformar sus iniciales?
¿Cómo se lidera a todo un ejército de ángeles caídos?
Tal vez sucumbiendo a la tentación. Bailando, jugando y retando al mismo diablo.
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