domingo, 5 de mayo de 2013

Primera y última Carta


Una vez empiezas a mentir, decir la verdad deja de ser una opción.
Solo puedes seguir adelante, caminando entre el fango buscando a ciegas el camino a seguir.
¿Que duele? ¿Que no puedes seguir? ¿Que sientes que te asfixias? Deja de lamentarte por haber comenzado esta gran farsa, sonríe y salta de charco en charco para cubrir a los demás con la misma porquería que llena tus zapatos.
Porque si no lo haces, porque si los demás no están tan sucios como tú, ¿cómo sentirte superior entonces? Para eso le diste cuerda a esta gran máquina, ¿no es cierto? Por ser mejor que todos.
La verdad, como ya he dicho, no entra en esos planes de grandeza; contarla solo te hundiría más en el barro.
Si no puedes con tu alma, déjala a un lado. Si te pesa el corazón, átale un bloque de cemento y tíralo en este cenagal. Si tienes ganas de llorar... Bueno, si tienes ganas de llorar, llora, pero asegúrate de que nadie pueda verte.
No sirve de nada arrepentirse. Reconoce, pero en voz baja y a solas, tu error, como hicieron en su día todos los que están aquí tras años de enrevesados engaños; pero no te tengas lástima ni intentes desentenderte de todo. Si no puedes hacer nada por arreglar algo, ¿qué sentido tiene lamentarse? Sigue adelante, con la cabeza bien alta y el orgullo en los ojos.
Porque si alguien nota debilidad, si huelen tus heridas, si ven en tu mirada el miedo... entonces todo se habrá acabado para ti. Viviendo entre hienas, entre buitres, entre... entre gente como tú, la piedad no tiene lugar. El juego es simple: cuanto menos te manches y más ensucies al resto, mejor, y si llegas al final de la partida sin que nadie haya sido capaz de tocarte puedes empezar a sentirte un dios.
Querida amiga, debo ahora despedirme tras exponerte la parte de tus pensamientos que ignoras deliberadamente y que yo tan bien conozco; nuevas amistades me requieren y es posible que sepa guiarlas como corresponde en este mundo de sombras y de dudas.

miércoles, 24 de abril de 2013

El tiempo se nos va

Se fue.
Y no lo hizo de golpe, no, sino a poquitos. Dejó de mirarme, de suplicarme con cada suspiro que la besase, de crear encuentros "aleatorios" para poder devorarnos con una sonrisa. Dejé de chocar con su mirada, de entender el lenguaje secreto de sus labios mudos, de perderme por la ciudad para cruzarme con ella. Y a base de decepciones, dejamos de ser el uno para el otro.
Se marchó ‒la dejé irse‒ tan poco a poco, y me di cuenta tan tarde de que (también) ella se marchaba...
Pero en el fondo eso da igual, ¿sabes? Me da igual.
Lo que me duele, lo que me cabrea, lo que me retuerce el corazón, es que no eras tú.
¡Estaba tan convencido de que por fin te había encontrado...! Creía que era la correcta de todo corazón, y de todo corazón me equivoqué.
Dios, cómo me equivoqué.
Y tú sigues ahí fuera, quién sabe dónde, en algún lugar de esta enorme canica azul que cada día está más llena de personas. Personas que cada día están más vacías.
¿Acaso me buscas como yo te busco a ti? ¿O juegas al escondite como si no me fuese la vida en esta caza del tesoro? ¿Me esperas tal vez en una tumba porque llego demasiado tarde?
No hay respuesta. Nunca la hay.
Empiezo a preguntarme si algún día lograré alcanzarte, o si merecerá la pena. Si no será mejor aprender a conformarme con este amor envasado que la vida se empeña en lanzarme a la cara.
Sí, me estoy volviendo ‒me estás volviendo‒ escéptico, y empiezo a sospechar que el final de los cuentos de hadas es una tontería, y que para mí solo hay hambre y tristeza conjugada en singular al final de esta historia sin argumento.
Y, sin embargo, cuanto más dudo, cuanto más intento aceptar que tú no existes, más te busco sin querer, y a mi corazón acelerado se le saltan los puntos y se le reabren cicatrices olvidadas, y no puedo evitar pensar en lo mucho que he amado, y en lo poco que me han querido.
¡Qué vida más estúpida!
¡Y qué estúpido es el amor!
Basta con probarlo una vez, aunque esté caducado y te deje un regusto amargo en los labios, para saber que volverás a caer ‒que nunca volverás a levantarte‒. Que seguirás buscando el de verdad, ese que se deja adivinar en los amaneceres de sábanas revueltas y caricias inocentes y se pierde con una puñalada disfrazada de "siempre podemos seguir siendo amigos".
Qué claras se ven las cosas entonces, ¿eh? Con qué convicción afirmamos que jamás dejaremos de luchar, que no nos fallarán las fuerzas, que encontraremos a alguien que no nos deje la lengua manchada de soledad y tristeza y miedo.
Pero luego pasan los años, que pesan cada vez más, y llegan la desilusión y las despedidas incompletas, y seguimos buscando solo para convencernos de que tantas heridas no son fruto del más ridículo masoquismo.
Al final ya no creemos en el amor porque queramos hacerlo, sino porque necesitamos creer en algo, aunque ese algo sea una fuerza maligna que se divierte envenenándonos desde dentro.
¡Y me cuesta tanto no desconfiar últimamente! ¡Resulta tan difícil escuchar el timbre de la puerta e imaginar que serás tú!
Se nos acaba el cuento, lo presiento, y la princesa sigue sin aparecer, a mí se me ha desteñido el azul y ya no se me ocurre cómo hacer para que mi corazón siga esperándote cuando en secreto cada vez tengo más claro que no existes.
Pronto volveré a encontrarte ‒o a creer que te encuentro, ¿qué más da?‒, y no estoy seguro de si esta vez me molestaré en comprobar que realmente eres tú.
Así que, si vas a aparecer, hazlo pronto. Y si no...
...
Tú solo aparece.
Por favor.
Aparece.

Sobre la felicidad y otros sueños imposibles

Seguimos levantándonos.
Día a día, nos arrastramos fuera de nuestras camas, nos disfrazamos de personas decentes y salimos al mundo dispuestos a seguir luchando.
Sin preguntas, sin dudas, sin reflexión de ningún tipo.
Luchar y sobrevivir, eso es lo único que importa. Los dos principios básicos que rigen nuestra existencia, grabados en lo más profundo de nuestro ser.
No somos más que animales.
Pero somos optimistas, ¿eh? Que conste. Y aunque sepamos que solo somos tributos, vírgenes inocentes condenadas a ser devoradas por esa bestia omnipresente que es la muerte, nos empeñamos en buscarle el lado bueno a esta vida de perros.
Así que, de vez en cuando, nuestro abotargado cerebro nos inunda con una oleada de elementos químicos que ingenuamente llamamos felicidad, y durante unas cuantas horas podemos percibir, aunque difuminado, un pedazo de ese paraíso que todas las religiones prometen.
Y, no sé, como que el cielo es menos gris, ¿verdad?, y la miel sabe más dulce, y el frío en los ojos de la gente no nos hiere tan profundo. Y puedes pasarte veinte minutos seguidos sentado en un banco, contemplando cómo dos pájaros juegan, cantan, se persiguen...
Esos días dejamos de ser engranajes dentro de una máquina que ni alcanzamos a comprender y somos algo más, aunque solo sea por unos instantes. Nos convertimos en espectadores de esta obra de teatro sin presupuesto y descubrimos que, vista desde fuera, la vida es más majestuosa de lo que parece mientras giramos en la posición que nos corresponde.
Es verdad que esa alegría no dura demasiado. Que de pronto parpadeas y los cerezos en flor vuelven a parecerte una tontería, y los coches dejan de ser escarabajos metálicos de fantasía, y el frío de esta ciudad te abraza y se te clava hasta las entrañas.
Pero supongo que eso también es parte de su encanto, ¿no? Y que tal vez la felicidad vale tanto porque apenas tarda en irse de nuevo, y nunca avisa de cuándo va a volver.
Porque, si siempre fuésemos felices, ¿qué distinguiría un segundo del siguiente? ¿Qué llenaría de magia un bol de cereales? ¿Qué haría que un beso, un atardecer, una mañana de un verano cualquiera en el parque fuesen especiales?
No, la vida tiene más sentido así, siendo infelices. Soñando con que la felicidad vuelva a llamar a nuestra puerta en cualquier momento. Alimentándonos del recuerdo de la última vez que lo hizo.
Vivimos con la esperanza de que, en cualquier momento, el aire volverá a llenarse de canciones, y el sol nos calentará la piel, y respirar no nos llenará los pulmones de humo.
Y eso está bien.
Así tenemos una razón para, día a día, arrastrarnos fuera de nuestras camas, disfrazarnos de personas decentes y salir al mundo a seguir luchando.
Así tenemos una razón para seguir levantándonos.

domingo, 21 de abril de 2013

La importancia de lo que no es importante


Lo más importante del mundo es lo que a mí me resulta importante en este momento,
quizá ayer me daba igual y mañana ya lo haya olvidado,
pero ahora mismo lo más importante del mundo es lo que a mí me resulta importante en este momento.

No quiero un consejo y, sobre todo, no quiero que me digan que no es para tanto,
ya llegaré a esa conclusión yo solito cuando toque.
Sé que hay asuntos muchísimo más urgentes
y que ahí fuera debe de haber miles de millones de personas enfrentándose a situaciones enormemente más complejas, delicadas o peligrosas;
pero yo no soy ellos, yo soy yo
y ahora mismo lo más importante del mundo es lo que a mí me resulta importante
[en este momento.]

Si lloro porque tengo seis años y he colado una pelota en un tejado,
si lloro porque mi novio de quince años se ha liado con otra;
si lloro porque me siento incomprendido o porque ha perdido mi equipo,
no te quedes con el motivo, quédate con que estoy llorando...
y estoy llorando porque estoy dolido.

No me mires con condescendencia, no te burles y no me digas que es ridículo,
porque cuando para ti sea importante lo que para mí no lo sea, no querrás que te mire con condescendencia, ni que me burle, ni que te diga que es ridículo.

Nada es importante si no tiene que ver contigo,
porque todos los días niños cuelan pelotas en tejados, novias se sienten engañadas y hombres y mujeres se sienten incomprendidos.
Todos los días mueren padres, y madres, y parejas e hijos,
todos los días a alguien le diagnostican cáncer, a alguien le piden matrimonio y miles de mujeres dan a luz a miles de niños.

¿Es importante?
Para ti no... mientras no tenga nada que ver contigo,
pero al final todos sufrimos en nuestras carnes
la importancia de lo que no es importante.

Escarcha en las alas

Observaba a los pájaros volar desde el pupitre, antes de que supiera realmente que es estar triste De fondo las palabras vacías del profesor, Me hacía sentir bien imaginar su visión desde el cielo,
Hubiera cambiado hasta el baloncesto por ser como ellos, pocas veces vi al aburrimiento tan bello.
Sus migraciones llegando el invierno me recordaban que yo tambien tendría que irme lejos. siempre envidie
Su libertad, si me reencarnara Para ser un ave, donde no hay estupidez humana
Yo no se hasta que punto una golondrina puede estar triste, pero si que en su mundo el dinero no existe.

Crecí durante un tiempo, no les hice caso, no fuera que su trinar dejara muy mal estos cantos, no fuera que recordara lo distinto que era todo a como lo imaginé en aquella aula hace milenios..
Me dijeron que no hay nostalgia peor que añorar, lo que jamás sucedió ya que aquel día olvidé como volar
Con la tentación de olvidar las alturas siendo normal, mi hogar se lleno de buitres que devoraron las mariposas de mi estomago, ya solo habitaban gusanos que cada día me provocaban nauseas y arcadas y aguantar el peso de amores absurdos aun menos me elevaba.

Sin más nido que el pico podrido de un negro cuervo, Fui un Cuento de Alan Poe pero de final abierto, Hasta que ella llego y me dio clases de vuelo, a veces de vértigo tiemblo, pero logra que pase del miedo.
Aparco mis desfases y hago las paces con el tiempo, Los cerdos siguen en el suelo y yo desde arriba vuelvo a observar sin dolor extremo a las golondrinas ,ellas migran y aunque yo siga en esta cloaca, un día batiré las alas hasta sacarme la escarcha, donde no halla una prisión ni jaulas en cada esquina y volar no sea una libertad prohibida......

jueves, 4 de abril de 2013

IV

Me pregunto qué es lo que se rompe. Qué provoca el cambio de la más absoluta inconsciencia a la repentina comprensión de nuestra posición en el mundo. Del drama que nos rodea. En qué momento exacto dejamos de creer.

Mi madre siempre habla mucho. Como si tuviese una desesperada necesidad de rellenar cada espacio de silencio. Como si, al no hacerlo, existiese la posibilidad de tener que saldar algo consigo misma.

Si cierro los ojos me veo, pero no alcanzo a recordar. Qué sentía. Qué pasó. Qué perdí. La constante impresión de que una parte de mí, me protege de la otra.

domingo, 24 de marzo de 2013

Momentos de fragilidad


No, no te quiero. Eso sería estúpido.
¿Cuántas palabras hemos compartido? ¿Cuántas miradas de verdad? ¿Cuántos silencios? No, no puedo quererte, porque apenas sé nada sobre ti.
Pero lo que sí sé, lo que no te puedo ni me molesto en negar, es que te tengo ganas.
Tengo ganas de entender la meteorología de tu corazón para predecir el calor de tus sonrisas y evitar el viento huracanado de tu pestañear furioso, y de repasar con mis dedos la geografía de tu cuerpo para poder perderme a gusto en tus miradas, y de acariciar con la lengua el azúcar de tus labios hasta hacerme adicto.
Tengo ganas de arrancarte la ropa a mordiscos y llegarte al corazón entre aullidos de placer, de pasar mis dedos por tu pelo y apretarte contra mí para dormir, de esnifarte cada noche hasta que me de una sobredosis de tanto respirarte.
Tengo ganas de tu calor, de tus abrazos, de tus arañazos en la espalda, del latir desbocado de nuestros corazones en plena carrera, de la marca de tus dientes en mi hombro, de tus suspiros, de las notas de la Sonata de Claro de Luna en tu guitarra eléctrica, de la dialéctica de tus caídas de ojos.
Te deseo, tanto que da vértigo, y lo hago desde que, por azar o por destino, tropecé con tu mirada y se me ocurrió pensar que sería divertido devorarnos mutuamente; desde que oí a tus labios pronunciar mi nombre y me imaginé cómo sonaría susurrado en mitad de la noche entre gemidos y suspiros entrecortados de éxtasis.
Pero no, no voy a quererte, ni a dejar que me quieras.
Porque sé que puedo arrancarte la cordura a dentelladas y los suspiros de tres en tres sin apenas esforzarme, pero también sé que no puedo amarte como mereces que te amen. Como necesitas que lo hagan.
Yo solo sé de sexo, y tú... Tú "haces el amor".
Y supongo que podría ser egoísta, ¿no? Ir consumiéndote minuto a minuto, saciar con la tuya todos los demonios que rondan mi alma, y perforarte poco a poco hasta robarte el último gramo de confianza en el amor. Y no sería difícil hacerlo; porque aunque intentas negarlo, aunque intentas negártelo, sabes que a ti no te hace falta conocerme para quererme. Para tenerte bastaría con decirte que te amo, y caerías a mis pies, y te dejarías romper hasta derrumbarte.
Hace demasiado tiempo que no pruebas el amor, y ahora te conformas con cualquier cosa, ¿eh?
Pero no te preocupes, porque no pienso hacerlo. No voy a aprovecharme de tu debilidad para cumplir todas las fantasías que cruzan mi mente cuando nuestras miradas chocan y el aire se vuelve denso, que son muchas, ni pienso consentir que tú lo ofrezcas.
¿Que por qué?
Yo tampoco lo sé, no del todo.
Imagino que alguno podría decir que, a mi manera perversa y psicótica, te quiero y sé que no soy suficiente para ti; yo prefiero pensar que eres mi forma de demostrarme a diario que sigo siendo más fuerte que la bestia que despiertas con tus roces involuntarios.
Bah.
Será cuestión de perspectiva.