Una vez empiezas a mentir, decir la verdad deja de ser una opción.
Solo puedes seguir adelante, caminando entre el fango buscando a ciegas el camino a seguir.
¿Que duele? ¿Que no puedes seguir? ¿Que sientes que te asfixias? Deja de lamentarte por haber comenzado esta gran farsa, sonríe y salta de charco en charco para cubrir a los demás con la misma porquería que llena tus zapatos.
Porque si no lo haces, porque si los demás no están tan sucios como tú, ¿cómo sentirte superior entonces? Para eso le diste cuerda a esta gran máquina, ¿no es cierto? Por ser mejor que todos.
La verdad, como ya he dicho, no entra en esos planes de grandeza; contarla solo te hundiría más en el barro.
Si no puedes con tu alma, déjala a un lado. Si te pesa el corazón, átale un bloque de cemento y tíralo en este cenagal. Si tienes ganas de llorar... Bueno, si tienes ganas de llorar, llora, pero asegúrate de que nadie pueda verte.
No sirve de nada arrepentirse. Reconoce, pero en voz baja y a solas, tu error, como hicieron en su día todos los que están aquí tras años de enrevesados engaños; pero no te tengas lástima ni intentes desentenderte de todo. Si no puedes hacer nada por arreglar algo, ¿qué sentido tiene lamentarse? Sigue adelante, con la cabeza bien alta y el orgullo en los ojos.
Porque si alguien nota debilidad, si huelen tus heridas, si ven en tu mirada el miedo... entonces todo se habrá acabado para ti. Viviendo entre hienas, entre buitres, entre... entre gente como tú, la piedad no tiene lugar. El juego es simple: cuanto menos te manches y más ensucies al resto, mejor, y si llegas al final de la partida sin que nadie haya sido capaz de tocarte puedes empezar a sentirte un dios.
Querida amiga, debo ahora despedirme tras exponerte la parte de tus pensamientos que ignoras deliberadamente y que yo tan bien conozco; nuevas amistades me requieren y es posible que sepa guiarlas como corresponde en este mundo de sombras y de dudas.