Se fue.
Y no lo hizo de golpe, no, sino a poquitos. Dejó de mirarme, de suplicarme con cada suspiro que la besase, de crear encuentros "aleatorios" para poder devorarnos con una sonrisa. Dejé de chocar con su mirada, de entender el lenguaje secreto de sus labios mudos, de perderme por la ciudad para cruzarme con ella. Y a base de decepciones, dejamos de ser el uno para el otro.
Se marchó ‒la dejé irse‒ tan poco a poco, y me di cuenta tan tarde de que (también) ella se marchaba...
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