¿Qué ratones se empezaron a comer nuestra felicidad por las esquinas?
¿Fuiste tú? ¿Yo? ¿Ambos? ¿Ninguno?
Quizá no fue un alguien sino un qué.
¿Los celos? ¿El tiempo? ¿La desconfianza?
Sea como sea, para quitarnos el resquicio que nos queda tendrán que arrancarlo de mis dedos helados.
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