martes, 31 de diciembre de 2013

A ti

Y esto es lo que te has perdido, por tener las cosas tan claras antes de tiempo.

Tu corazon atercipelado llamo mi atención gracias a una melodia caramelizada, emanante de una puerta que se abría a placer, mientras que yo, ilusionado como un niño, esperaba a que se abriera.
Cada movimiento del reloj se reflejaba en el aumento de las ganas de volver a escuchar tu canto de sirena, pues, infinitos mantos de estrellas no supieron consolar el déficit que me producía tu ausencia.
Por placer del destino me convertí en marinero y capitán de tus mareas, mareas unas veces bravas, unas veces mansas, unas veces distantes y otras calidas. ¿Cómo se supone que debería de navegar si no disponia de barco ni yate, y mi unico móvil era un cascaron de nuez?
 Creí ser poseidón mientras que todo se escapaba entre las agujas de un rohido tridente,Pero una vez más el tiempo tardío como de costumbre me ha enseñado que no soy ni la mitad del cuarto que me y te corresponde
Así que, cuando llegaste con el oro de tus ojos y tus cabellos sedosos, oscuros como una noche sin luna, no me molesté en contenerme. Sí, te amé desde el primer momento y con todo mi ser, y no hice nada por remediarlo. Dejé que una mitad de mí se regodease en tu existencia, jugando a imaginar una vida juntos, diseccionando cada mirada, gesto o sonrisa que me dirigías. ¿De qué tenía que preocuparme? Mientras la otra mitad, la pragmática racional acostumbrada al desamor fuese la dominante, daba igual si una pequeña parte de mí se dedicaba a componerte poesías.
Pero te empeñaste en ser diferente, ¿no es cierto? Quisiste demostrar que se podía entrar en mi corazón, que había algún pasadizo secreto directo a mi alma.
“No pienso irme” dijiste. “Esperaré el tiempo que sea necesario”.Y cumpliste tu palabra. No te importaron el dolor que te causé ni mis intentos por alejarte; permaneciste ahí, día tras día, recordándome con cada respiración que me amabas tanto como yo pudiera amarte. Hiciste lo que yo nunca me atreví a hacer: te entregaste a mí, en cuerpo y alma, sin dudarlo un instante y sin buscar garantías. Te arriesgaste a darme tu corazón a sabiendas de que podría destrozarlo en cualquier momento.
Y, a medio camino entre la nostalgia y la borrachera, cogí el teléfono y te llamé.
Aquella noche recorrí cada centímetro de tu piel con mis dedos, hice un mapa de tus labios y saboreé cada recoveco de tu boca. Y con cada respiración, con cada grito de placer asfixiado, me fui enredando en esta locura como si fuese una tela de araña hasta que ya no pude salir.
Nos quedamos dormidos abrazados, con tu cabeza apoyada en mi hombro y el retumbar de nuestros corazones componiendo nuestra banda sonora particular. Y cuando desperté te vi así, tan cerca, tan frágil y, al mismo tiempo, tan fuerte...
Supongo que ahí fue cuando me di cuenta de que no quería seguir contemplando el oleaje desde la playa. Quería riesgo, emoción, olas enormes que me encogiesen el estómago y me levantasen hasta casi poder rozar el sol. Quería sufrir, y sonreír de verdad, y ser feliz.
Te despertaste, y clavaste en mí tu mirada, profunda y llena de vida, y sonreíste.
Y comprendí que no quería hacer nada de todo eso si no era contigo.


Intenté convencerme de que solo era una buena acción, que intentaba salvarte de convertirte en alguien como yo. Y tú seguías ahí, bien cerca, acariciándome con tus miradas y diciéndome cada cierto tiempo que me querías, como un recordatorio más. Juro que no sé cómo sucedió, ni cuándo. Solo sé que un día me desperté y no podía parar de pensar en ti. Daba igual lo que hiciera, si leía, si intentaba trabajar, si me ahogaba en alcohol... Tus ojos dorados no terminaban de difuminarse.

Quisiera prometerte el cielo y la tierra, la luna y el sol, el principio y el fin. Pero como sabes se me queda muy largo eso de ser Dios. Pero lo que si puedo hacer es amarte sin condicion ni pausa, sin tutela ni juicio, sin esperas ni desaliento

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