martes, 27 de mayo de 2014
Oh Well Oh Well
Bueno, todavía espero lo mejor, dí adiós y envíame un beso de despedida
Y yo te prometo que seré tan fuerte como pueda ser.
Así que aquí esta tu letra y me está retorciendo escribirla
Daría cualquier cosa por hacerte gritar y solo voy a sonreír para hacerme creer que no siento nada
Pero eso no funcionara conmigo.
Hay una imagen muy bonita que se me quedo grabada en la cabeza y estoy empezando a soñar
Cambiando los colores mientras duermo, quizás solo esté perdiendo el tiempo..
Quédate leyendo esto y te contaré como llego una flecha a mi corazón y no es fácil hablar de esto
Así que gritemos.
Solo me queda volar y esperar recordar los buenos tiempos cuando esto termine.
Creo que ya no puedo vivir conmigo mismo, así que subiré la ventana para llegar hasta tu cama
Y estaré siempre que me necesites, puedes llamarme en cualquier momento, solo mientras sigamos siendo amigos.
Cuando sonríes no tiene nada que ver conmigo
Yo no soy el que te escribe para hacerte dormir
Y he estado hablando con dios pidiendo un poco de ayuda contigo
Pero, no hay esperanzas.
No es la primera vez, pero esta realmente la tengo marcada.
Y yo te prometo que seré tan fuerte como pueda ser.
Así que aquí esta tu letra y me está retorciendo escribirla
Daría cualquier cosa por hacerte gritar y solo voy a sonreír para hacerme creer que no siento nada
Pero eso no funcionara conmigo.
Hay una imagen muy bonita que se me quedo grabada en la cabeza y estoy empezando a soñar
Cambiando los colores mientras duermo, quizás solo esté perdiendo el tiempo..
Quédate leyendo esto y te contaré como llego una flecha a mi corazón y no es fácil hablar de esto
Así que gritemos.
Solo me queda volar y esperar recordar los buenos tiempos cuando esto termine.
Creo que ya no puedo vivir conmigo mismo, así que subiré la ventana para llegar hasta tu cama
Y estaré siempre que me necesites, puedes llamarme en cualquier momento, solo mientras sigamos siendo amigos.
Cuando sonríes no tiene nada que ver conmigo
Yo no soy el que te escribe para hacerte dormir
Y he estado hablando con dios pidiendo un poco de ayuda contigo
Pero, no hay esperanzas.
No es la primera vez, pero esta realmente la tengo marcada.
lunes, 26 de mayo de 2014
Lejos de ti
Supongo que algún día
yo estaré muerto y tú viva,
e igual cuando te enteres,
estarás dando de comer a tus hijos
con otro hombre.
En un momento todas nuestras noches
golpearan los cristales de tu casa,
y tal vez te atrevas a volver a leer
los poemas que hace mucho te escribí,
cuando aun no te habías rendido.
En otro momento
la realidad no se dejará engañar,
y entonces sabrás
que nadie te sintió como yo.
Pero ya estaré muerto,
aunque muy a lo lejos
resuene el eco de todos los momentos
en que escondido en tus brazos
me sentí eterno
como si nunca fuera a morir
lejos de ti.
yo estaré muerto y tú viva,
e igual cuando te enteres,
estarás dando de comer a tus hijos
con otro hombre.
En un momento todas nuestras noches
golpearan los cristales de tu casa,
y tal vez te atrevas a volver a leer
los poemas que hace mucho te escribí,
cuando aun no te habías rendido.
En otro momento
la realidad no se dejará engañar,
y entonces sabrás
que nadie te sintió como yo.
Pero ya estaré muerto,
aunque muy a lo lejos
resuene el eco de todos los momentos
en que escondido en tus brazos
me sentí eterno
como si nunca fuera a morir
lejos de ti.
miércoles, 21 de mayo de 2014
En tus redes
Creí que sería fácil, ¿sabes? Que si me alejaba de ti y me convencía de que no te necesitaba acabaría olvidándote. Que tus recuerdos se los llevaría el viento, tu nombre lo borraría la lluvia y tu sonrisa la incineraría el sol. Siempre había sido así antes, ¿por qué esta vez habría de ser diferente?
Así que, cuando llegaste con el oro de tus ojos y tus cabellos sedosos, oscuros como una noche sin luna, no me molesté en contenerme. Sí, te amé desde el primer momento y con todo mi ser, y no hice nada por remediarlo. Dejé que una mitad de mí se regodease en tu existencia, jugando a imaginar una vida juntos, diseccionando cada mirada, gesto o sonrisa que me dirigías. ¿De qué tenía que preocuparme? Mientras la otra mitad, la pragmática racional acostumbrada al desamor fuese la dominante, daba igual si una pequeña parte de mí se dedicaba a componerte poesías.
Pero te empeñaste en ser diferente, ¿no es cierto? Quisiste demostrar que se podía entrar en mi corazón, que había algún pasadizo secreto directo a mi alma.
“No pienso irme” dijiste. “Esperaré el tiempo que sea necesario”.
Y cumpliste tu palabra. No te importaron el dolor que te causé ni mis intentos por alejarte; permaneciste ahí, día tras día, recordándome con cada respiración que me amabas tanto como yo pudiera amarte. Hiciste lo que yo nunca me atreví a hacer: te entregaste a mí, en cuerpo y alma, sin dudarlo un instante y sin buscar garantías. Te arriesgaste a darme tu corazón a sabiendas de que podría destrozarlo en cualquier momento.
Pensé en hacerlo, lo admito. Pensé en cerrar la mano y aplastarlo dentro de mi puño, romperlo y luego dejar que lo recompusieras como un puzle macabro hasta que aprendieses la lección y dejases de entregármelo. Pero no pude hacerlo.
Intenté convencerme de que solo era una buena acción, que intentaba salvarte de convertirte en alguien como yo. Y tú seguías ahí, bien cerca, acariciándome con tus miradas y diciéndome cada cierto tiempo que me querías, como un recordatorio más. Juro que no sé cómo sucedió, ni cuándo. Solo sé que un día me desperté y no podía parar de pensar en ti. Daba igual lo que hiciera, si leía, si intentaba trabajar, si me ahogaba en alcohol... Tus ojos dorados no terminaban de difuminarse.
Y, a medio camino entre la nostalgia y la borrachera, cogí el teléfono y te llamé.
Aquella noche recorrí cada centímetro de tu piel con mis dedos, hice un mapa de tus labios y saboreé cada recoveco de tu boca. Y con cada respiración, con cada grito de placer asfixiado, me fui enredando en esta locura como si fuese una tela de araña hasta que ya no pude salir.
Nos quedamos dormidos abrazados, con tu cabeza apoyada en mi hombro y el retumbar de nuestros corazones componiendo nuestra banda sonora particular. Y cuando desperté te vi así, tan cerca, tan frágil y, al mismo tiempo, tan fuerte...
Supongo que ahí fue cuando me di cuenta de que no quería seguir contemplando el oleaje desde la playa. Quería riesgo, emoción, olas enormes que me encogiesen el estómago y me levantasen hasta casi poder rozar el sol. Quería sufrir, y sonreír de verdad, y ser feliz.
Te despertaste, y clavaste en mí tu mirada, profunda y llena de vida, y sonreíste.
Y comprendí que no quería hacer nada de todo eso si no era contigo
Así que, cuando llegaste con el oro de tus ojos y tus cabellos sedosos, oscuros como una noche sin luna, no me molesté en contenerme. Sí, te amé desde el primer momento y con todo mi ser, y no hice nada por remediarlo. Dejé que una mitad de mí se regodease en tu existencia, jugando a imaginar una vida juntos, diseccionando cada mirada, gesto o sonrisa que me dirigías. ¿De qué tenía que preocuparme? Mientras la otra mitad, la pragmática racional acostumbrada al desamor fuese la dominante, daba igual si una pequeña parte de mí se dedicaba a componerte poesías.
Pero te empeñaste en ser diferente, ¿no es cierto? Quisiste demostrar que se podía entrar en mi corazón, que había algún pasadizo secreto directo a mi alma.
“No pienso irme” dijiste. “Esperaré el tiempo que sea necesario”.
Y cumpliste tu palabra. No te importaron el dolor que te causé ni mis intentos por alejarte; permaneciste ahí, día tras día, recordándome con cada respiración que me amabas tanto como yo pudiera amarte. Hiciste lo que yo nunca me atreví a hacer: te entregaste a mí, en cuerpo y alma, sin dudarlo un instante y sin buscar garantías. Te arriesgaste a darme tu corazón a sabiendas de que podría destrozarlo en cualquier momento.
Pensé en hacerlo, lo admito. Pensé en cerrar la mano y aplastarlo dentro de mi puño, romperlo y luego dejar que lo recompusieras como un puzle macabro hasta que aprendieses la lección y dejases de entregármelo. Pero no pude hacerlo.
Intenté convencerme de que solo era una buena acción, que intentaba salvarte de convertirte en alguien como yo. Y tú seguías ahí, bien cerca, acariciándome con tus miradas y diciéndome cada cierto tiempo que me querías, como un recordatorio más. Juro que no sé cómo sucedió, ni cuándo. Solo sé que un día me desperté y no podía parar de pensar en ti. Daba igual lo que hiciera, si leía, si intentaba trabajar, si me ahogaba en alcohol... Tus ojos dorados no terminaban de difuminarse.
Y, a medio camino entre la nostalgia y la borrachera, cogí el teléfono y te llamé.
Aquella noche recorrí cada centímetro de tu piel con mis dedos, hice un mapa de tus labios y saboreé cada recoveco de tu boca. Y con cada respiración, con cada grito de placer asfixiado, me fui enredando en esta locura como si fuese una tela de araña hasta que ya no pude salir.
Nos quedamos dormidos abrazados, con tu cabeza apoyada en mi hombro y el retumbar de nuestros corazones componiendo nuestra banda sonora particular. Y cuando desperté te vi así, tan cerca, tan frágil y, al mismo tiempo, tan fuerte...
Supongo que ahí fue cuando me di cuenta de que no quería seguir contemplando el oleaje desde la playa. Quería riesgo, emoción, olas enormes que me encogiesen el estómago y me levantasen hasta casi poder rozar el sol. Quería sufrir, y sonreír de verdad, y ser feliz.
Te despertaste, y clavaste en mí tu mirada, profunda y llena de vida, y sonreíste.
Y comprendí que no quería hacer nada de todo eso si no era contigo
lunes, 19 de mayo de 2014
Oportunidades
Me diste cientas, miles, millones.
Una tras otra, incansable, aguantando todos mis fallos y cada una de mis imbecilidades. Tuviste tanta paciencia que le robaste el título al santo Job.
Seguiste esperando, dejando que los días pasaran, y cada vez que te pedí una oportunidad, tú, como siempre, me la diste, regalándome una sonrisa inmerecida como extra.
¿Qué hice para merecerlo? ¿Realmente merecía la pena?
No lo creo, pero tú siempre fuiste un caso. Un caso especializado en casos perdidos.
Una tras otra, incansable, aguantando todos mis fallos y cada una de mis imbecilidades. Tuviste tanta paciencia que le robaste el título al santo Job.
Seguiste esperando, dejando que los días pasaran, y cada vez que te pedí una oportunidad, tú, como siempre, me la diste, regalándome una sonrisa inmerecida como extra.
¿Qué hice para merecerlo? ¿Realmente merecía la pena?
No lo creo, pero tú siempre fuiste un caso. Un caso especializado en casos perdidos.
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