Me diste cientas, miles, millones.
Una tras otra, incansable, aguantando todos mis fallos y cada una de mis imbecilidades. Tuviste tanta paciencia que le robaste el título al santo Job.
Seguiste esperando, dejando que los días pasaran, y cada vez que te pedí una oportunidad, tú, como siempre, me la diste, regalándome una sonrisa inmerecida como extra.
¿Qué hice para merecerlo? ¿Realmente merecía la pena?
No lo creo, pero tú siempre fuiste un caso. Un caso especializado en casos perdidos.
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