El ser humano tiende a ser crédulo y prepotente.
Crédulos, porque creemos en cosas que no podemos ver o comprobar: los átomos, las leyes de la ciencia, Dios, e incluso la misma historia. Creemos en lo que nos dicen que debemos creer, lo que es “obvio, evidente e indudable”, y no dudamos. No dudamos, porque es más cómodo así. Porque dudar de una cosa nos obligaría a dudar de todo.
Prepotentes, porque creemos creer en lo correcto. Creemos que la Tierra es redonda, que el Universo es infinito y que procedemos del mono con la misma vehemencia con que antes creían en Dios o en el modelo geocéntrico. Nos fiamos y nos sentimos superiores, pensando que sabemos mucho más que cualquier otro antes, apoyándonos en una ciencia que, a lo largo de la historia, no ha hecho otra cosa que ser rebatida y reenunciada. O en una religión en el nombre de la cual se han cometido verdaderas atrocidades.
Y así seguimos, generación tras generación, despreciando a todos los que no crean en lo mismo que nosotros.
Si todos creemos que algo es verde, el que lo ve azul es el enfermo; no existe la posibilidad de que sea el único acertado. Los siglos pasan y se sigue imponiendo la ley de la mayoría, y seguimos equivocándonos y teniendo que rectificar.
Ahora podría ser que Einstein no tuviera razón, que haya un tipo de materia más rápida que la misma luz, y entonces, ¿qué pasará con toda nuestra física? Si se confirma, si nos equivocamos en algo que vemos tan obvio, ¿cómo seguir creyendo sin replantearnos todo lo demás?
¿Cómo sabes que no puedes volar, si no te arriesgas a saltar al vacío?
