lunes, 12 de agosto de 2013

Dama Plateada

Buenas noches amada mía. Te he extrañado durante el día, como de costumbre. Últimamente cuento hasta los minutos que pasan sin verte. ¿Tú me has echado de menos? Calla querida, no digas nada, no hace falta. Claro que me extrañabas, ¿no es cierto? Debes de echar en falta alguien con quien hablar estando siempre tan sola… Ah, mi amor, cada uno de nuestros encuentros es tan dulce como breve, si pudiera acariciarte una sola vez, una sola… Pero al menos te veo, te siento cerca, tan cerca que parece que puedo cogerte tan solo con alzar la mano… Pero, ¡oh cruel!, juegas conmigo haciéndome creer que te alcanzo, que consigo acercarme a ti…
Hoy estás especialmente hermosa, mi amada, con ese vestido de plata que parece brillar sobre tu piel tan pálida que roza la irrealidad… Te cubres del frío con esa larga capa negra de brillos tan extraños como toda tú… pero no hay noche en que no me parezcas bella, incluso cuando te escondes de mis palabras, mis versos, mis cantos… las noches en las que no puedo contemplarte y hablarte y acariciarte si no con mis manos, con mis palabras…
¿Qué es lo que piensas de mí? ¿Qué soy un loco? Sí, quizá tengas razón, quizá haya perdido la poca cordura que me quedaba desde que duermo de día para poder hablarte en las noches, desde que apenas como y camino como sonámbulo… ¿Locura? ¿Amor?
Ambas querida mía, porque cuando el amor no es locura no es amor, digan lo que digan. Yo seguiré viniendo aquí cada noche, con mi violín y mis palabras, tratando de acercarme a ti y de buscar ese amor que se que también me profesas. Sé que amas porque acudes a mí cada noche, porque escuchas atenta mis versos y mis canciones. ¡Oh, mi dama! ¡Qué loco parezco aquí, en lo alto de esta montaña, hablando para ti aunque hable solo para el resto del mundo!
¿Loco? No, loco no mi vida, no has de preocuparte. Enamorado. ¡Enamorado! ¡Sí, princesa! Enamorado de tu imagen y tu brillo que me persigue en mis sueños diurnos, enamorado de un contacto que nunca llega, de unas palabras invisibles que creo que de ti resuenan, de lo dulce que es el viento cuando tú estás cerca.
¡Ay de mí, querida! ¿Qué será de este pobre loco? ¿Qué será de mí si sigo cada noche pegado a tus faldas a la espera de que te sientes a mi lado  y me abraces y me ames como yo a ti? Algún día seré un viejo, mi amada. Perderé la alegría por la vida de esta mi juventud, seré un hombre bañado en arrugas con los ojos cansados de tanto mirarte pero fieles a tu imagen que es la única que quiero contemplar el resto de mi vida. ¡Si, niña mía! ¡Yo permaneceré aquí por el resto de mis días, hasta que los años caigan sobre mi cuerpo y no haya hueso que no me duela! Seguiré aquí contigo, pequeña princesa, contándote cuentos y tratando de darte el amor que un hombre sencillo como yo puede darte.
Podría delirarte los versos más hermosos esta noche, podría, como dijo el artista, gritarte que te quiero hasta perder la voz, que te llevaría más allá de los sueños. Que tu amor me hace libre. Que no se ni quien soy desde que apareciste en mi vida, desde ese momento en el que puse tu nombre a cada suspiro que se escapa de mi boca. Podría, mi amada, pasar contigo la vida entera como lo hice en las pasadas…
¿Ríes querida? ¿O ha sido el viento? ¡Ah, sabio misterio! ¿Ha sido tu dulce risa de ninfa la que ha llegado a mis oídos o habrá sido el viento cruel y maldito que quiere engañar a mis sentidos? Pregunta sin respuesta, ¿no es cierto? Pues ahora en este bosque sólo queda el silencio.
¿Quieres que grite? ¿Quieres que con mi voz rasgada tiña el cielo con tu nombre? Está bien, mi amor, lo haré si es tu deseo. Porque es mi fin complacerte y caer rendido a ti como un títere, un simple muñeco a merced de un ser que todo lo puede. Tú mi máximo exponente. Déjame susurrar a voces tu nombre, teñir el mundo con la más bella palabra que ha existido y existirá.
Ahora escucha, no digas nada, déjame gritar.

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