Llevaba años manteniendo las apariencias ante el resto.
Sí, lo hacía, mentía a todo aquel que se acercaba un poco a él, y únicamente le mostraba la parte de sí mismo de la que no se avergonzaba. Una parte que, en definitiva, no era ni el uno por ciento de su verdadera personalidad.
Sin embargo, tras muchas ocasiones en las que sus mentiras le arrastraron en su caída, había aprendido que, consigo mismo, tenía que ser sincero.
Así que, por la noche, antes de cerrar los ojos y dormir hasta el amanecer, conversaba consigo mismo, en voz muy baja para que nadie le oyese.
Se confesaba todas aquellas cosas que, a su entender, el resto del mundo no merecía saber, y sentía que el peso a sus espaldas disminuía lo suficiente como para poder dormir tranquilo durante un tiempo.
Muchos dirán que era un cobarde, que tomó la solución fácil, que no pudo hacer nada tan malo como para tener que esconder el secreto bajo todas aquellas llaves. Yo solo creo que, a la hora de elegir, escogió el camino que le pareció el correcto.
Y que, al contrario que los demás, decidió seguir con su elección hasta el final sin importar las consecuencias.
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