Son los acordes de guitarra que gritan de una juventud echada a perder. Y el dolor que produce una melodía rota, de tantos golpes. Y son las cicatrices, que cuentan la historia de lo imposible. Aquello por lo que vivíamos, seguimos siendo los niños de la plaza, sólo que un poco más sabios y menos inocentes.
Y hemos aprendido a morir porque ya no queda nada, de esas manos pequeñas y rechonchas, de las mejillas rojas de la carrera. De tanto jugar al escondite algunos ya no aparecieron. Y en cada esquina una risa y un sueño, y el síndrome de Peter Pan, que nos hace creer que aún somos la sombra de lo que antaño fuimos.
Nos imaginamos en un cuadro, en colores pastel. Es sólo que el lienzo ha sido acuchillado por la falsa esperanza. El futuro nos es incierto y hemos aprendido que, por mucho que nos esforcemos, no depende de nosotros seguir avanzando. Y nos hemos puesto en pie, después de tantas derrotas, y está escrito. Que seguimos aquí y no nos rendiremos, por muy crudas que se pongan las horas.
Respiramos porque hemos muerto tantas veces que nada importa ya.
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