Pero no lo haces, No hasta que lo has visto, realmente visto y se pone debajo de la piel y vive dentro de ti.
También crees que sabes de la vida, te pones de pie en el borde de cosas y las ves pasar, pero no las estas viviendo, en realidad no, solo eres un turista,un fantasma, Entonces lo ves. realmente lo ves y se pone debajo de tu piel, vive dentro de ti y ya no hay escape, No hay nada que hacer y ¿sabes qué? es bueno, esto es una cosa buena y esto es todo lo que tengo que decir.
martes, 29 de octubre de 2013
jueves, 17 de octubre de 2013
(I)
Un bosque oscuro. Árboles altos, con altas copas y altas ramas. La corteza de los árboles tiene un color rojizo. Las hojas son grandes de un verde como el que se encuentra en lo más profundo de los más profundos bosques. La vegetación es intensa, casi no queda sitio para que pase la luz. Solo la justa y necesaria para que los árboles crezcan con normalidad. Parece que el bosque se te echa encima, te envuelve, te rodea, te limita, te abriga, te aisla, te abraza, te enreda, te cautiva.
Pasea por el bosque un joven muchacho de unos 18 años de edad. Va perdido en sus propios pensamientos, pensamientos sobre muerte y sobre vida. Pensamientos perdidos sobre la inhumanidad de la humanidad. Pensamientos sobre la yerma y fría mente con que actúa la sociedad. Aun que claro, que él tampoco sabía lo que era la sociedad. No vivía una época en la que pudiese llamarla así. Iba vestido de verde, rojo y negro. Acorde con el bosque. Acorde con sus pensamientos de vida, sangre y muerte. Tiene los hombros anchos, unos brazos acostumbrados a trabajar (aun que no en el campo, no eran desproporcionados), el pelo negro le tapa los ojos; ojos verdes, verde como las hojas de los árboles; manos grandes y mandíbula cuadrada.
Mientras iba sumido en sus propio pensamientos, una dulce voz le saca de su ensimismamiento. La voz está cantando. Y es de esas voces que llegan hasta lo más profundo de tu ser, que te revuelven las entrañas y no tienes más remedio que escuchar atentamente por miedo a que el hechizo se rompa. El muchacho se va acercando poco a poco hacia esa cautivadora voz, pero sin querer hace un ruido pisando una rama y la voz cesa de golpe. Pero estaba lo suficientemente cerca como para poder guiarse hacia la voz. Encuentra una roca plana con un anillo encima. El anillo es de plata y cuando se acerca para verlo mejor descubre que es muy simple. Tiene una forma muy parecida al retorcido tronco de un árbol. Cuando se acerca a cogerlo su intuición le dice que hay alguien detrás y se da la vuelta rápidamente.
Se encuentra directamente de frente con unos ojos verdes que le miran inquisitivos. El chico, sin poder evitarlo da un salto hacia atrás tropieza, pierde el equilibrio y se agarra rápidamente a un árbol para no caerse.
-Me has dado un susto de muerte. ¿Tú te crees que esa es forma de acercarse a alguien?-dijeron los bonitos ojos verdes mostrando irritación.
-Yo...yo...yo...-fue todo lo que fue capaz de articular el chico.
De repente los ojos verdes desvelaron una sonrisa que quitaba el aliento, una de esas sonrisas que sabes que salen del corazón y que son realmente preciosas.
-Lo siento, creo que yo también te he asustado
-Un poco- dijo el chico- pero creo que sobreviviré.
El muchacho estaba bastante aturullado. Se había quedado sin aliento al verla con esa cara de irritación. Y es que, a esa sonrisa y esos bonitos ojos verdes, los acompañaban un talle delicado, unas curvas silenciosas y un pelo rubio, rizado en algunas partes, formando bucles en otras, ondulado en otras, una nariz delicada y unos labios rojos y jugosos. Iba vestida con un sencillo vestido azul y no llevaba ningún adorno.
-Creo que sería una buena idea que me devolvieses mi anillo- dijo ella sonriendo mientras tendía la mano.
Él, le dio el anillo mientras intentaba pensar algo que decir que no le hiciese queda como un auténtico imbécil.
Pasea por el bosque un joven muchacho de unos 18 años de edad. Va perdido en sus propios pensamientos, pensamientos sobre muerte y sobre vida. Pensamientos perdidos sobre la inhumanidad de la humanidad. Pensamientos sobre la yerma y fría mente con que actúa la sociedad. Aun que claro, que él tampoco sabía lo que era la sociedad. No vivía una época en la que pudiese llamarla así. Iba vestido de verde, rojo y negro. Acorde con el bosque. Acorde con sus pensamientos de vida, sangre y muerte. Tiene los hombros anchos, unos brazos acostumbrados a trabajar (aun que no en el campo, no eran desproporcionados), el pelo negro le tapa los ojos; ojos verdes, verde como las hojas de los árboles; manos grandes y mandíbula cuadrada.
Mientras iba sumido en sus propio pensamientos, una dulce voz le saca de su ensimismamiento. La voz está cantando. Y es de esas voces que llegan hasta lo más profundo de tu ser, que te revuelven las entrañas y no tienes más remedio que escuchar atentamente por miedo a que el hechizo se rompa. El muchacho se va acercando poco a poco hacia esa cautivadora voz, pero sin querer hace un ruido pisando una rama y la voz cesa de golpe. Pero estaba lo suficientemente cerca como para poder guiarse hacia la voz. Encuentra una roca plana con un anillo encima. El anillo es de plata y cuando se acerca para verlo mejor descubre que es muy simple. Tiene una forma muy parecida al retorcido tronco de un árbol. Cuando se acerca a cogerlo su intuición le dice que hay alguien detrás y se da la vuelta rápidamente.
Se encuentra directamente de frente con unos ojos verdes que le miran inquisitivos. El chico, sin poder evitarlo da un salto hacia atrás tropieza, pierde el equilibrio y se agarra rápidamente a un árbol para no caerse.
-Me has dado un susto de muerte. ¿Tú te crees que esa es forma de acercarse a alguien?-dijeron los bonitos ojos verdes mostrando irritación.
-Yo...yo...yo...-fue todo lo que fue capaz de articular el chico.
De repente los ojos verdes desvelaron una sonrisa que quitaba el aliento, una de esas sonrisas que sabes que salen del corazón y que son realmente preciosas.
-Lo siento, creo que yo también te he asustado
-Un poco- dijo el chico- pero creo que sobreviviré.
El muchacho estaba bastante aturullado. Se había quedado sin aliento al verla con esa cara de irritación. Y es que, a esa sonrisa y esos bonitos ojos verdes, los acompañaban un talle delicado, unas curvas silenciosas y un pelo rubio, rizado en algunas partes, formando bucles en otras, ondulado en otras, una nariz delicada y unos labios rojos y jugosos. Iba vestida con un sencillo vestido azul y no llevaba ningún adorno.
-Creo que sería una buena idea que me devolvieses mi anillo- dijo ella sonriendo mientras tendía la mano.
Él, le dio el anillo mientras intentaba pensar algo que decir que no le hiciese queda como un auténtico imbécil.
sábado, 12 de octubre de 2013
La luz se apaga
Hay una mano fría que me agarra y me aprieta el tobillo por debajo de la sábana justo cuando estoy cerrando los ojos, justo cuando estoy a punto de dormirme.
No me hace daño. Propulsa mi corazón de cero a cien, pero tengo la sensación, el extraño convencimiento de que no quiere hacerme daño.
Si pudiera verla… Si pudiera encender rápido la luz de la mesita de noche y conseguir atrapar con la mirada su silueta escurridiza debajo de las sábanas estoy seguro de que su rostro sería una sonrisa. Sardónica. Pero no, no puede hacerme daño.
Esto se produce con la misma periodicidad que el movimiento de rotación de la tierra. Al final de cada periodo de mi yo consciente. Cada noche. Cuando todo está oscuro, en silencio, el lugar que habito conspira para que no duerma.
Me levanto a mear, todavía con el tobillo helado y el corazón descendiendo en rápel por la garganta hasta su lugar habitual en el pecho. Enciendo la luz del pasillo. Miro a mi espalda. No hay nadie. Pero algo se escurrió por el rabillo del ojo. Seguro.
Enciendo la luz del cuarto de baño. Me acerco al váter y meo sin mirar a la taza. La mirada fija en la puerta. No hay nadie… Pero sé que está ahí, mirando, sonriendo en el marco de la puerta. Mancho la tapa, consigo colar la mayoría de líquido pero algo se derrama. Accidente periódico.
Termino. Apago la luz del baño. Enciendo simultáneamente con la otra mano la luz del pasillo. Me apresuro y recorro sin mirar atrás el metro y medio escaso que me separa de la habitación. Me doy la vuelta rápidamente al llegar a la luz que se escapa de la hoja entreabierta. Alargo el brazo y apago la luz del pasillo. Ahí está, pero no le veo. Noto como se alarga hacia mí para atraparme, pero estoy en la luz. Los rayos del sol siempre anulan la lumbre de una vela…
Me meto en la cama. Apago la luz. Me tapo hasta el pecho, que se expande y se contrae frio, debajo de la sábana. Vacío, sin cabeza durmiente que repose sus besos en el que parece un bosque sombrío, lleno de malas hierbas capilares. Sin depilar.
En la oscuridad, cierro los ojos preparando el cuerpo para el próximo sobresalto. El tobillo. El gato que no tengo, subiéndose a la cama. Las cosquillas en las axilas. El aliento en el oído…
Todo está oscuro. En silencio.
En la planta baja se escucha el crujir de una botella de plástico. El ruido del motor del frigorífico. Alguna moto al pasar, quien sabe sin con un conductor con la cabeza en llamas. Suenan los mosquitos estrellándose contra las mosquiteras, como kamikazes contra portaviones insumergibles. Se puede oír perfectamente el sonido de las antenas de las cucarachas chochando contra el metal al trepar en legión por las cañerías. Asediando y ganándole terreno a la zona antiséptica de la cocina.
Hasta mi llega el sonido de los muelles que emite el sofá al soportar el peso de los que, en la más completa oscuridad, se sientan y conspiran para no dejarme dormir. Debaten en silencio, como lapidas en fila. El salón es un cuartel general…
Mis oídos captan los pasos incorpóreos sobre los escalones. Subiendo, haciendo ruido. Es como si los viera. Sombras de cuerpos sinuosos, tambaleantes. En el rostro una sonrisa sardónica, de dientes blancos. Una dentadura brillando como único faro, un rompeolas luminoso y mortal, soportando el envite continuo del oleaje de la oscuridad.
Tengo los ojos cerrados. Siento como resbalo y caigo a cámara lenta en el sueño. Y entonces, lo peor de todo: Tic tac, tic tac, tic tac, tic tac, tic tac, tic tac.
El despertador yace sepultado a tres metros de distancia con dos cojines por encima y aun así se oye. Tic tac, tic tac, tic tac. Abro los ojos y enciendo la luz.Tic tac, tic tac, tic tac.
Voy a por él. Lo exhumo y ahí está. Las tres de la madrugada.
Las 3:33 para ser exactos. La maldita hora punta…
Un tren se escucha cada vez más fuerte, cada vez más cerca. Otro tren nocturno cargado de pensamientos.
jueves, 3 de octubre de 2013
Tengo la mala costumbre de pensar que hemos venido a Vivir, con todo lo que eso implica. No creo que hayamos sido creados para ser felices, como solía decir CocaCola. Ni logro entender a quien considera que la parte dura de las circunstancias, es triste.
Todo lo que nos marca es hermoso.Trascendente. Con la suficiente fuerza como para dejar una huella imborrable en alguna parte de nuestra anatomía.
Respeto, con un matiz casi solemne, todo aquello que me recuerda mi fragilidad. Mi capacidad para desaparecer algún día. Porque son precisamente esas cosas las que nos empujan a vivir como si todo esto fuese algo temporal y hubiésemos caído de repente en la cuenta de que el tiempo se nos escapa de las manos.
Tú respiras sin pensar, yo no dejo de pensar en respirar.
Todo lo que nos marca es hermoso.Trascendente. Con la suficiente fuerza como para dejar una huella imborrable en alguna parte de nuestra anatomía.
Respeto, con un matiz casi solemne, todo aquello que me recuerda mi fragilidad. Mi capacidad para desaparecer algún día. Porque son precisamente esas cosas las que nos empujan a vivir como si todo esto fuese algo temporal y hubiésemos caído de repente en la cuenta de que el tiempo se nos escapa de las manos.
Tú respiras sin pensar, yo no dejo de pensar en respirar.
sábado, 28 de septiembre de 2013
Mentiras de papel
¿No lo sabes? Los sentimientos que hacen latir más rápido el corazón están prohibidos aquí. ¿Que dices que no habías visto el cartel en la entrada?¿Qué has recorrido un largo camino para llegar aquí? Lo siento, pero es que no puedo dejarte pasar.[...] Sí, ya sé que a la tristeza la he dejado pasar y al dolor también, lo sé. Pero es que no puedo dejarte pasar, entiéndelo, perdería mi trabajo. Me pagan para que proteja a este corazón de sentimientos como ésos que están ahí sentados. Si realmente no pretendes irte deberías hacerles compañía.[...] Todos ellos dijeron lo mismo, pero al final, siempre se marchan, siempre.[...] Sé que tú no tienes intención de marcharte, pero entiende que este corazón sea escéptico, le han abandonado tantas veces esos sentimientos que ha decidido que ya no volverá a acogerlos.[...] Así que tú mantienes que eres para siempre ¿eh? No sé, no creo que consigas convencerme con esos argumentos. Fíjate bien, ¿ves quiénes están ahí sentados? La lujuria, la felicidad, el amor, el odio...[...] Sí, aun que te resulte extraño el odio también ha sido desterrado para siempre de éste corazón, pero es que hace que lata demasiado deprisa, y su dueño no quiere que nada perturbe esa paz que ha creado para él. Por cierto, aún no se tu nombre, así que dime, ¿cómo te llamas?
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