miércoles, 25 de febrero de 2015

¿El chico triste no enamora verdad?

Quiero sentir tus dedos recorriendo cada centímetro de mi cuerpo, acariciando cada cicatriz mientras nuestros labios se enfrentan buscando conquistarse mutuamente.
Quiero notar tu respiración agitada sobre mí y aplastar tu cuerpo contra el mío hasta ser la mitad de un algo perfecto, indescriptible.
Quiero un instante de éxtasis absoluto, un estallido de placer que se lleve la soledad y desmigaje las cenizas de este universo hueco y apagado.
Quiero sentirme vivo.
No te confundas conmigo, por favor.
Nunca va a pasar nada entre nosotros, ni siquiera si fueras algo más que la silueta de una ilusión enterrada en lo más profundo de mi mente.
De vez en cuando me permito soñar contigo, me concedo unos momentos de falsa realidad y finjo que soy algo más que una estatua de hielo. Unos momentos jugando a ser débil y vulnerable antes de volver a dejarme arrastrar por el embriagador efecto anestésico de la gélida morfina que corre por mis venas.
Aún no sé por qué lo hago, la verdad. Por qué me permito seguir creyendo que soy un humano de verdad, aunque solo sea a veces.
Mi teoría es que me encantaría serlo siempre, que en lo más profundo de mi ser deseo ser como los demás y no un robot que navega por este océano de insensibilidad, pero a la vez me da miedo el dolor que eso generaría.
Si solo permito que las emociones me dominen un instante y luego me dejo envolver por la seguridad de esta neblina narcótica no hay riesgo de hacerme daño. Puedo sentir un instante de romanticismo, como una descarga de felicidad directa al corazón, y luego regresar a la calma y la estabilidad con mis sentimientos intactos.
Sé que es algo cobarde, ¿para qué mentir? Cuando no aguanto más el tedio de la tranquilidad plena hago una apuesta sin riesgo y consigo la cantidad justa de emoción para convencer a mi corazón de dejarse invadir por la anestesia. Y, para más seguridad, esa emoción procede de una ilusión que únicamente existe en algún lugar recóndito en lo más profundo de mi imaginación.
¿Que podría ser más feliz si me arriesgase? Lo sé, lo sé perfectamente. Sé que, en comparación con la felicidad de verdad, este chute de alegría ficticia no es más que una mota de polvo sin valor. Pero también sé que mi tristeza se reduce a una leve melancolía fácilmente ignorable, y que la de verdad es como una montaña gigantesca que se te cae encima y te aplasta los huesos, te rompe el alma y se lleva todo como un huracán furioso. Sé que hay gente que nunca se recupera de eso.
Y a lo mejor fue eso lo que me pasó, aunque no lo recuerde. Tal vez un día desperté y había llegado al límite, y ya no quería sentir más. Quizás decidí que era preferible no sentir nada a sentir demasiado. O puede que naciera siendo un monstruo, no lo sé.
Lo único que tengo claro es que, por ahora al menos, me basta con esto. ¿Por qué intentar arreglar algo que no está estropeado?

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