domingo, 20 de mayo de 2012

Cosas húmedas




Si hay algo por lo que desde siempre he sentido una afinidad, es por los días nublados. No sé de ningún instante de mi vida, desde que empecé a recordar a medias mi insignificante existencia en este abismal planeta, en donde me haya apesadumbrado ante el  cielo pincelado por tonos grises . Siempre me motivó el querer salir a caminar en jornadas como esas. Respirar lo máximo posible el olor a tierra húmeda y evitar hacer uso del paraguas si la lluvia es apenas una caricia. De niño no entendía muy bien la falta de ánimo o los comentarios negativos que los adultos reproducían ante el panorama de un día de lluvia. Pero respetaba sus opiniones. De manera brumosa entendía que los adultos debían cumplir responsabilidades y actividades que abarcaban más allá de lo que yo, siendo niño, apenas podía apreciar en su totalidad. Veía que la lluvia para ellos era una barrera natural contra sus planes. En cambio yo me conformaba con pegarme a la ventana empañada y hacer dibujos en ella con el telón de fondo de unas tímidas gotas o un atemorizante diluvio. Me costaba percibir la lluvia como un enemigo u otro ente que quisiera verme encerrado, oscuro y triste. De hecho en ciertas ocasiones, y si los descuidos de mi mamá me lo permitían, arrancaba de la casa para salir a mojarme. La perspectiva que me brindaba caminar por una calle vacía, me otorgaba falsos aires de superioridad. Me creía importante al comprobar que era de los pocos caminantes que desafiaba la lluvia que otros miraban con recelo desde la guarida de sus hogares con un té humeante entre sus templadas manos.

En todo caso, y sea invierno o no, una actividad que disfruto es la de caminar. No me intimida la idea de salir a empaparme con el exterior. De las pocas veces en que estoy de visita en lugares que no son los míos, me voy a dar una vuelta por ahí. De alguna manera que no entiendo por qué, me gusta saber lo que saben otros. Conocer la realidad  con la que convive el habitante de un lugar en específico. 

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